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Rafael Soto | Las gotas de agua

Beatriz Arahal trabajaba en un despacho. Sus gafas redondas reflejaban la pantalla del ordenador nueve horas diarias durante cinco días por semana. Sus tareas resultaban repetitivas y alienantes, aunque su escuálido cuerpo había aguantado algo más de veinte años trabajados –quince, según la Seguridad Social–, sin mayor desgaste que el que todos se tienen que dejar por el camino.


Mujer solitaria, sin familia y abandonada a sí misma, se refugiaba en sus rutinas y en la televisión para olvidar sus vacíos. Una forma de proceder que asumía pocas excepciones y que casi siempre imponían circunstancias externas.

Un mal día, sintió un fortísimo pinchazo en ambos ojos mientras que trabajaba con una hoja de cálculo. El dolor fue tan intenso y continuado que una compañera se ofreció a acercarla a las urgencias del hospital más cercano. La atendieron seis horas más tarde.

No tenía nada perceptible. La retina estaba intacta y no había señales de nada que justificara el dolor. Sin embargo, afirmaba sentir una hilera de agujas colocadas en precisión alrededor de la pupila de ambos ojos. La dejaron ir con la precaución de una cita urgente con el especialista en seis meses.

Bodegas Pérez Barquero - Grandes Vinos de Montilla-Moriles desde 1905

Por suerte, el dolor cesó en cuanto llegó a casa. Una tregua que duró tanto como el tiempo que tardó en fichar en el trabajo. El dolor se extinguía cuando volvía a casa y, por eso, pensó que un colirio hidratante sería la solución. Por desgracia, no fue así.

Trabajar se convirtió en un martirio cotidiano. No comía durante los almuerzos y el dolor la volvió brusca con sus compañeros. Al final, unas palabras desafortunadas de un superior desencadenaron una discusión que, a su vez, concluyó en un despido disciplinario.

Lejos de resolver su problema, tras el despido, el dolor del ojo invadió también su tiempo de ocio. Incluso soñaba con su dolencia. Tampoco ayudó que la empresa pretendiera regatearle el finiquito, con la consiguiente necesidad de meterse en abogados.

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Sola y sin aficiones, el dolor se convirtió en una obsesión. Apenas tocaba la comida y los médicos no sabían decirle qué le ocurría. Desesperada, rezó por primera vez en décadas. Sin embargo, ni el cielo ni la tierra parecían interesados en sus ruegos.

Meses después del despido, en una de sus muchas noches de insomnio, sufrió el sonido de una gota de agua que se estrellaba en el fregadero. Cada pocos segundos, el ruido se repetía inmisericorde, a pesar de los diferentes intentos de la buena mujer de apretar la llave del grifo.

Por fin, logró dormir una hora. En sueños, observa las gotas de agua que se acumulan sobre las hojas de los árboles. Para ellas, la superficie de los haces se torna en una espalda inclinada y resbaladiza sobre la que se ven obligadas a deslizarse. El nervio central de las hojas sirve de tobogán para el preciado líquido, empujado por la gravedad y obligado a dejar parte de su ser en las escasas irregularidades de la superficie.

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Si las gotas tuvieran voz, quizá gritaran de angustia hacia lo alto. Y, al igual que nosotros, no encontrarían respuesta a sus plegarias, inquietudes, odios y amores. Al final, antes o después, es inevitable que lleguen, ya reducidas, al ápice de la hoja. Y, como todo lo finito, son arrojados a la tierra o a los ríos que, quizá, sean el despertar.

El sonido del fregadero volvió a levantarla de la cama. Insomne, hambrienta y dolorida, se dirigió a la cocina entre gritos y lágrimas. Entonces, su mirada se encontró con una cuchara encima de la encimera y se le ocurrió un desesperado remedio a su situación.

Buscó una cuchara limpia y se dirigió al cuarto de baño. No titubeó: utilizó el cubierto para perder la vista corporal. Lo más penoso es que el dolor que le provocó la mutilación fue inferior al que sufría antes de tan desesperado acto.

Como pudo, ensangrentada, Beatriz Arahal se sentó sobre la tapa del inodoro. Sonrió. Nunca más volvió a escuchar el sonido de las gotas de agua en el fregadero. Y, aunque su vida había cambiado por completo, sentía una extraña satisfacción consigo misma.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO

FINCA LA CAÑADA - PÉREZ BARQUERO - BODEGA DE MONTILLA-MORILES