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Aureliano Sáinz | Alburquerque en la obra de Luis Landero

En un par de ocasiones he escrito en este medio sobre Luis Landero, en artículos que llevaban por título El huerto de Emerson y Reconocimiento a Luis Landero. La razón de hablar de este autor se debe a que ambos nacimos, en el mismo año, en el bello pueblo extremeño de Alburquerque y en la misma calle, muy cerca el uno del otro. En su caso, pasados los años y siendo adolescente, se desplazó a Madrid con su familia y, en el mío, ya algo mayor, a Sevilla, dado que allí realicé los estudios de Arquitectura.


A quienes les gusta la lectura saben que Landero es uno de los grandes escritores de nuestro país y que inició su andadura novelística hace algo más de tres décadas con Juegos de la edad tardía, en la que aparecen expresiones y nombres muy ligados a Alburquerque.

A partir de esta genial novela vinieron otras en las que pudimos ver que los recuerdos y las huellas que habían marcado su infancia continuaban, de un modo u otro, en cada una de ellas. Eso sí, tendría que exceptuar Lluvia fina que se aleja de esos personajes cargados de fantasía y de sueños que protagonizan sus relatos, ya que la trama de esta novela la sitúa en un mundo digital en el que los móviles forman parte de ese relato duro y amargo, alejándose de los personajes soñadores y buscadores de metas finalmente imposibles.

Sin lugar a duda, en las dos obras suyas de autoficción en las que Alburquerque se encuentra muy presente son El balcón en invierno y El huerto de Emerson. No son propiamente memorias ya que en ellas mezcla recuerdos con ficciones y fabulaciones que las sitúa, como suele ser en él, en un tiempo ya pasado. Como todos sabemos, en el 2022, Luis Landero recibió el Premio Nacional de las Letras Españolas, por lo que no ha tardado mucho en que veamos su última novela: La última función.


Antes de explicar cómo continúa acudiendo a recuerdos de Alburquerque para insertarlos en este relato, quisiera destacar las cuidadas portadas que la editorial Tusquets propone para sus novelas. En este caso se trata de una imagen del fotógrafo estadounidense Rodney Smith, quien nos presenta a dos personajes que, con vestimenta de otras décadas, se encuentran dentro de un automóvil que porta tres maletas en su cubierta.

Es el modo de indicarnos que vamos a entrar en un relato en el que un grupo de jubilados regresa a un pueblo de la sierra norte de Madrid, colindante con Guadalajara y Soria, para iniciar un proyecto que revitalizaría a una de esas villas de la España vacía.

Debo apuntar que con estas líneas no pretendo hacer una síntesis de la novela, sino de dar unas pinceladas para que nos acerquemos al mundo de soñadores que pueblan el imaginario de Landero. En el caso de La última función se comienza de este modo:

Ernesto Gil Pérez (Tito para más señas, o como mucho, Tito Gil) entró en el bar restaurante Pino al anochecer en un domingo de enero, unos dos meses antes de la llegada o, más bien, de la aparición de Paula, y estas dos figuras, y los hechos que ocurrieron en ese tiempo, son la materia principal de esta historia. Todo esto y más sucedió entre el invierno y la primavera del año 1994, en San Albín, o solo Montealbín, que de las dos formas se puede llamar a este lugar…”.


No voy a describir los nombres de personajes que a mí me remiten a Alburquerque; aunque sí me parece oportuno indicar que el pueblo, San Albín, se corresponde con una conocida calle de Alburquerque. Landero escuchó muchas historias de los mayores del pueblo, de modo que no es de extrañar que de esas historias que se transmitieron oralmente haya bebido mucho para sus novelas. Y en ellas, qué duda cabe, se encuentran la de los personajes que él mismo describe en los inicios del capítulo 9:

Hay muchas historias que, cada una a su manera, cuenta siempre la misma historia: el caso singular de un vano intento, de un sueño que tarde o temprano desembocando en la inmisericorde realidad, con todo lo que de heroico, de lastimoso, de inútil, de cómico, de trágico y hasta de ridículo, según el sueño sea o no más fuerte que la realidad misma”.

Sigue a continuación: “Y aunque se trata de un asunto viejo, mil y mil veces repetido, resulta siempre nuevo, porque cada vida humana lo hace suyo, como si fuese cosa de estreno y nunca visto. Y ese era precisamente el caso de Tito”.

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Así pues, la historia que se cuenta en La última función no deja de ser uno de los sueños que habitan en múltiples personajes que finalmente terminan conociendo “la inmisericorde realidad”, tal como el propio autor nos dice, de forma que esas historias de potenciales e ingenuos quijotes que pululan por la piel de toro acaben asumiéndolas como sueños inútiles que sirven para reunirse y charlar sobre ellas, tal como se nos describe en los inicios del último párrafo de este relato de Landero:

En cuanto a nosotros, los contadores de esta historia, ya viejos y desmemoriados, nos reunimos en alguna tarde en un café de Madrid, y a veces, cuando llega el buen tiempo, nos acercamos al pueblo, y aquí entre la soledad y el abandono, recordamos los viejos tiempos, y sobre todo aquellos meses y días de gloria…”.

Así se va cerrando la historia narrada de manera colectiva por ilusos o soñadores que quisieron ver reverdecer un pueblo abocado al triste abandono y que ellos imaginaron que podían cambiar el rumbo de una realidad implacable que se ceba con muchos de ellos.

AURELIANO SÁINZ
FOTOGRAFÍAS: CRISTINA VARA (CEDIDA) / AURELIANO SÁINZ

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