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3 de enero de 2023

  • 3.1.23
Estamos en tiempo de Navidad. Los cristianos celebramos el momento histórico en el que Dios –hasta el nacimiento de Cristo, un ser distante y juez temible– pisa la Tierra e impone como única ley la del amor, la fraternidad y la cooperación entre los seres humanos.


Los no cristianos, o los que lo dudan, también celebran la Navidad como una fiesta entrañable, en la que la luz y el calor empiezan a vencer a la oscuridad y al frío del invierno –al menos, en el hemisferio norte–, como una fiesta de tradición milenaria que nos une a nuestros mayores y antepasados lejanos, que reúne familias y nos da el pretexto para retomar el contacto con viejas amistades, aunque solo sea con un Whatsapp.

También es un momento para reconocer con humildad la debilidad y la dependencia que caracteriza la vida humana. Nacemos desnudos y sin nombre y si no tuviéramos a nadie que nos vista y nos llama con cariño e ilusión, moriríamos. Esa condición de dependencia mutua entre todos los seres humanos, a niveles cada vez más complejos, nos acompaña durante toda la vida. Sin los demás, no podríamos existir.

El transporte es, como todas las realidades humanas, una expresión de que “estamos hechos por y para la solidaridad”: sin conductores, alimentados por agricultores, que nos llevan en vehículos construidos por trabajadores con materiales sacados de la tierra por mineros por una vía diseñada por ingenieros, construida por obreros y pagada entre todos, seguiríamos viviendo en las cuevas.

La Navidad es un buen momento para agradecer lo bueno que nos trae la vida precisamente a través de los demás y reflexionar acerca de nuestra implicación personal en esta eterna “cadena de favores”. No quiero desaprovechar la sensibilidad especial que todavía genera la Navidad para detenerme un momento y dar las gracias, de corazón, a todos los que trabajan para hacer posible que nos podamos desplazar diariamente para estudiar y trabajar o, en ocasiones especiales, para reunirnos con nuestros seres queridos o conocer lugares nuevos.

Gracias a los conductores y maquinistas que nos llevan; a los técnicos que organizan los servicios; a los mecánicos que garantizan el buen estado y la seguridad de los vehículos. Y gracias, por supuesto, a los sufridos empresarios de autobuses, esas pequeñas y medianas empresas familiares con arraigo en nuestros pueblos que mantienen sus servicios contra viento y marea, incluso en lo peor de la pandemia y, muchas veces, teniendo en frente a Administraciones indolentes e insensibles a las necesidades del mundo rural cuyo transporte público, a diferencia del que gozan las áreas metropolitanas, no subvencionan.

Todos sabemos que los seres humanos “somos como somos” y que la realidad se ve a menudo ensombrecida por la desidia, el egoismo, el afán de figurar o el deseo de acumular riquezas y acaparar poder a costa de los demás. Pero ya habrá tiempo para reflexionar sobre eso. En estas semanas toca pensar en razones para estar agradecidos y mostrar ese agradecimiento a quienes se lo merecen. También en el complejo mundo del transporte público.

RAINER UPHOFF

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