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2 de enero de 2023

  • 2.1.23
No puedo sino comenzar esta columna rogando el perdón de los lectores por incumplir mi palabra. Hace poco más de dos años me despedía de ellos mediante un artículo en el que confesaba, tras más de diez años publicando una columna semanal, que ya no tenía nada nuevo que contar. Pensaba que me repetía. Pero he aquí que traiciono lo dicho y, encima, por escrito. Vuelvo a las andadas.


La culpa no es solo mía. Algo tiene que ver en esta reaparición la amistad que me une con el editor de estas cabeceras digitales, Juan Pablo Bellido. Ya lo explicará él, si lo cree conveniente, en cualquier ocasión. Lo cierto es que, atendiendo a su solicitud –junto a la de familiares y mis propios deseos–, aquí me hallo: inaugurando y reanudando otra etapa de mi vida.

Esos gerundios aclaran en parte las causas de este retorno. Por un lado, porque inauguro nueva década existencial, una década en la que comienzo a sobrevivir, desde el primer día de enero, la provecta edad de los septuagenarios, lo que me lleva a pensar que ya no solo soy mayor sino irremediablemente viejo. Viejo en edad biológica y apariencia física, pero no tanto en capacidad cognitiva y claridad mental. Que todo hay que decirlo.

Y, por otro lado, porque reanudo aquella colaboración que mantenía con los medios de Andalucía Digital que tanto he echado de menos. Acaso esa nostalgia se deba a que un periodista, aunque envejezca, nunca deja de escrutar la realidad para intentar comprenderla, y ésta tampoco deja de presentar nuevos aspectos y aristas que requieren comprensión y explicación.

Por tanto, inauguro la séptima década de mi vida con una percepción del “tiempo de ayer” vertiginosamente fugaz. Y es que, al cabo de tanto tiempo, parece que fue ayer cuando estuve en el colegio y en la universidad, cuando me eché novia y aparecieron los nietos; cuando presumía de pelambrera azabache que devino nívea, cuando… tantas cosas se fueron acumulando en mi mochila que, al rememorarlas, es como si acabaran de ser obtenidas o realizadas.

Sin embargo, esa sensación acelerada del tiempo no es igual con las experiencias nuevas. Al contrario, se enlentece hasta el punto de que, lo que sucedió hace solo un par de años, se recuerda como si fuera mucho más antiguo. Se difumina de la memoria reciente.

De ahí que los viejos siempre anden contando batallitas que conservan intactas en la memoria remota. Y de que a mí me parezca que fue mayor el tiempo que he estado ausente de la tribuna de firmas de este periódico. Por lo que sea, siento que debo aceptar la generosa invitación de mi amigo para volver al redil de colaboradores. Solo espero que Bellido no se arrepienta de su decisión ni que los lectores se vean defraudados por este retorno.

Para ser honestos, debo señalar que lo que expondré en este espacio será la visión crepuscular de un incrédulo que no es experto ni especialista en nada, salvo de haber transitado por situaciones y expectativas similares a las que nos depara el convulso presente.

Pero no se alarmen: no me gusta pontificar ni aventurar consejos no solicitados. Me limitaré a ser testigo forzoso de lo que pasa para intentar comprender la realidad con mis propios recursos, es decir, desde mi humilde opinión de veterano fisgón y cascarrabias.

Durante el lapso de tiempo que he permanecido alejado y mudo, han acontecido hechos a cual más sorprendente e inquietante. El peor de todos, la guerra en suelo europeo. Algo inimaginable y que, no obstante, ahí está, desarrollándose ante nuestros propios ojos, matando gente inocente, violando leyes y acuerdos internacionales, amenazando con usar armamento nuclear, chantajeando economías de terceros países, tomando como rehén al resto del mundo y despojando a la humanidad de su mayor logro, la racionalidad y la sensatez en las relaciones entre países y entre seres humanos.

Una guerra en el corazón de la civilizada Europa que nos retrotrae a las vetustas y sanguinarias trifulcas territoriales, y que ignora todos los mecanismos existentes (desde la ONU hasta la legalidad internacional y los pactos, convenios o acuerdos multilaterales) para dirimir disputas y conflictos mediante el diálogo y la diplomacia de manera pacífica.

Al parecer, dos guerras mundiales no han sido suficientes para aborrecer en esta parte del mundo esta forma de matarnos entre nosotros por meras lindes geográficas, lingüísticas o geopolíticas. Tampoco ha bastado siquiera la certeza absoluta de una mutua aniquilación asegurada, en caso de conflagración nuclear, que nos abocaría a lo más terrible de nuestras peores pesadillas.

Me avergüenza lo que ocurre en Ucrania. Y siento un asco nauseabundo de la actitud del líder de Rusia por agredir a un país que, aunque comparte historia y sangre eslava, busca su propio camino autónomo y democrático como nación independiente. Que ello suponga un peligro para la vieja madre rusa, que reacciona enrabietada a zarpazos, solo pone de relieve la debilidad y los complejos de Rusia, no la fortaleza de una Ucrania que se defiende a costa de sacrificios inmensos.

En estos instantes, cuando escribo estas líneas, existe cierto estancamiento en los enfrentamientos y emergen tibias posibilidades para una negociación. Pero nadie sabe cómo salir de esto. Ni siquiera Putin, quien solo dispone de dos opciones: o arrasa Ucrania, con lo que la imagen y la fiabilidad de Rusia quedarán maltrechas durante lustros, o abandona las hostilidades y regresa a sus fronteras, consiguiendo idéntico resultado para su imagen y fiabilidad a escala internacional y, lo que es peor, el quebranto de su autoridad como mandatario en su propio país. Ninguna de las dos es de su agrado. El tiempo y las circunstancias determinarán su elección.

Otro hecho sorprendente, inesperado por la eternidad de su protagonista, fue la muerte de la reina de Inglaterra, una señora longeva como persona y como monarca, que sobrevivió incólume a gobiernos, guerras y múltiples conflictos nacionales y familiares en su patria.

Su desaparición causó conmoción en un Reino Unido todavía sumido en la mala digestión del abandono del proyecto de una Europa en común, pues nada de lo que prometieron los euroescépticos se ha cumplido ni ha servido para que la “pérfida Albión” recobre su antiguo e imperial esplendor.

El nuevo rey Carlos III no atina, pese a su dilatada preparación como príncipe, a portar la corona con la “majestuosidad” que cabía esperar, pues no hace más que meter la pata incluso para firmar un papel. Si el futuro se presenta negro para Europa, no menos oscuro pinta para el Reino Unido, donde se suceden primeros ministros incapaces de administrar las consecuencias de un desdichado Brexit. Dios salve a todos, ingleses incluidos.

Y en nuestro país, tras todas las crisis posibles, Pedro Sánchez continúa gobernando. ¿Quién lo habría adivinado? Va a acabar la Legislatura contra todo pronóstico, en especial, el catastrófico que pronosticaba esa derecha “trifásica” del PP, Ciudadanos y Vox. Según ella, el Gobierno Frankenstein, con sus socios bolivarianos, filoterroristas y separatistas, tenía los días contados por ilegal, usurpador del poder, okupa de las instituciones, derrochador de caudales públicos, traidor a la patria, antimonárquico, embustero e insolvente.

Y ahí lo tienen, sacando leyes que parecían imposibles para una coalición gubernamental tan nefasta: subida espectacular del salario mínimo, recuperación del convenio colectivo en la negociación laboral, incremento de las pensiones en función del IPC, los ERTE y la vacunación frente a las amenazas económicas y sanitarias de la pandemia. Tampoco conviene dejarse atrás los topes (vía reducción de impuestos, excepcionalidad ibérica y subvenciones) a las alzas de precio energéticas o el reconocimiento de nuevos derechos, entre otras.

Un balance que despierta perplejidad por las condiciones en que ha tenido que hacerse. No seré yo quien lo haga, pues se acerca un apretado período electoral que propiciará la rendición de cuentas por unos y otros. Aun así, será difícil disentir de algunas de esas iniciativas, incluida la exhumación de Franco de aquel mausoleo vergonzoso para su exaltación en la Basílica de Cuelgamuros.

Por eso solo diré que, sin ser transexual, ni obrero con salario mínimo, ni becario, ni mujer agredida por violencia machista, ni necesitado del Ingreso Mínimo Vital, sino simple ciudadano que tiene la suerte de comparar la situación actual con la de nuestros padres y abuelos, que la cosa no es tan catastrófica. Dista mucho de ser la peor época de España. A pesar de la opinión de quienes reclaman ayudas para el dentista sin dejar de costearse móviles de última generación o gama.

A estas alturas de mi vida, me atrevo sugerir que sean ustedes críticos y no permitan que la propaganda les enmascare la realidad. Podrán equivocarse, pero no serán fácilmente manipulados. Y eso es ya, de por sí, una gran avance, como opinión pública, que beneficia al conjunto de la sociedad. Justamente, lo que intento y pretendo compartir con ustedes desde hoy. Si me lo permiten, claro.

DANIEL GUERRERO

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