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24 de diciembre de 2022

  • 24.12.22
Nos resistimos a tomar medicación –yo, la primera– y preferimos sufrir, algo totalmente absurdo porque para eso está la ciencia: para aliviar el sufrimiento humano. Se va conociendo cada vez más cómo funciona nuestro cerebro y la importancia que tienen las hormonas en nuestra felicidad o, mejor dicho, bienestar.


¿Por qué no ayudar al cuerpo cuando tiene déficit de alguna secreción necesaria para que tengamos una existencia más o menos estable? La gente positiva ha nacido con un chute de serotonina que les permite vivir más tranquilos. ¿Debemos el resto conformarnos acaso a subsitir? No tiene sentido "ir tirando" si hay una pastilla que nos ayuda a levantarrnos.

¿Por qué lo vemos como un fracaso? ¿Por qué nos catigasmos por no haberlo conseguido por nosotros mismos? En el tema de las enfermedades mentales somos incomprensibles. A un diabético no se le ocurre sentirse mal por tener que pincharse insulina o tomar pastillas: acepta que su cuerpo no segrega esta hormona como debería y da gracias porque exista algún método que ayude a su cuerpo a procesar mejor los glúcidos.

Quizá la respuesta esté en que siempre se ha considerado un estigma tener algún problema mental. Nadie quería ir a un psicólogo porque "no estaba loco": prefería malvivir e ir con un flemón en la cabeza a traspasar la puerta de la consulta de un "loquero". Si el flemón estaba en la boca, sí buscaban al dentista, como si el dolor físico no fuera igual al dolor del alma.

Tampoco hay información en la educación reglada sobre qué cosas nos hacen daño, qué pensamientos y actitudes nos nos ayudan. Crecimos creyendo que el fuerte es el que se venga, el que hace sufrir, sin entender que la revancha y su planificación nos hace daño a nosotros mismos porque nuestro cuerpo segrega cortisol, una hormona que nos hace estar en tensión y hace creer a todo nuestro sistema que estamos en peligro.

La fortaleza real radica en dejar pasar, dejar ir a los que te hicieron daño para que la vida se ocupe de ellos y no pueblen nuestras cabezas con sus actos para siempre. Hay que soltar la mochila y seguir solamente para cuidar de nosotros mismos.

No hablo de no poner límites a las agresiones ajenas: la diginidad siempre debe estar ahí. Pero sí planteo olvidar por nuestro bien. Difícil reto. "¿Quieres ser feliz o tener razón?". Y, muchas veces, elegimos la sinrazón de la segunda elección.

Igual que se moldea el cuerpo, podemos moldear el cerebro: ya sabemos que las neuronas no se mueren sin más, sino que establecen nuevas conexiones y, por ello, se habla de la plasticidad del cerebro. Es como una plastilina compleja.

Leyendo y aprendiendo, en ello estoy, dejando atrás el blanco y el negro, rompiendo los cuadrados cerrados que componían mi mente y tratando de hacerme amiga de mis pensamientos. A mis 50 años ya quiero ser feliz, aunque pierda la razón.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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