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26 de diciembre de 2022

  • 26.12.22
Soy un amante de las estadísticas, de las cantidades, de los porcentajes. Embellecen el idioma y dotan al lenguaje de una precisión inaudita y necesaria. A diferencia de la metáfora, que oscurece la lengua si bien es cierto que la dota de belleza, los números certifican y convencen, desechan toda duda y son herramientas útiles en los pronósticos, en las aseveraciones, incluso en las dudas.


El número es una entidad abstracta que representa una cantidad. Lo sabemos, pero en ocasiones lo olvidamos. Los números sirven de contraseñas, de códigos, de indicadores de orden. A veces leo el periódico, y me gusta encontrar números, porque las declaraciones las encuentro imprecisas y sospechosas, proclives al engaño, fáciles de manipular y de elaborar.

Los números, por el contrario, siempre se muestran más tercos a la hora de elaborar resultados tendenciosos de uno u otro tipo. La naturaleza del número es exacta, a diferencia de los sentimientos, que son volubles y caprichosos.

Una cabeza fría vale más que un corazón atenazado. La inteligencia encuentra su materia seductora en los números; el corazón, sin embargo, huye de las planificaciones y las demoras. No obstante, busca la estabilidad de los sentimientos y se asienta sobre tierra firme antes que dejarse llevar por los azotes de cualquier huracán.

Soy un fiel amante del equilibrio, de la coherencia en las narraciones, de los párrafos medidos, de los finales imprevisibles pero lógicos. No me asustan las sorpresas, pero detesto la improvisación, los poemas sin rima, la música recurrente y repetitiva con que nos castiga buena parte de las emisoras de radio.

El desconocimiento de la norma no es óbice para caer reo de la justicia. Los accidentes de tráfico, por ejemplo, muestran unas estadísticas a todas luces escalofriantes e incomprensibles, prueba evidente de una falta de respeto a los demás ciudadanos. Llámese exceso de velocidad, dos copas de más o adelantamiento imprudente.

Las excusas no restan cadáveres en las cunetas ni devuelve la felicidad a la viuda o a los familiares de la víctima. La vida se torna absurda cuando estas negras estadísticas las alimentan los errores o los descuidos, la felicidad efímera de un trago innecesario, el abrazo inoportuno en el mismo instante en que la curva se nos muestra áspera y resbaladiza.

Me gustan los números porque gracias a ellos cuantifico la amargura de los proyectos frustrados, la tristeza de los sueños intangibles, del tiempo venidero que se nos va sin poder atraparlo un solo instante.

Gracias a los números detesto los sentimientos indomables, los hábitos subterráneos, las inclinaciones tendentes a la melancolía. Gracias a los números modulo los sentimientos a mi antojo, los conduzco como si fuesen un turismo o una bicicleta. Los sentimientos son artefactos controlables, herramientas útiles si se las domina con probabilidades, si se las seduce con altos porcentajes.

La vida no es vida solo con números, pero gracias a ellos construimos edificios sólidos, abrazamos cuerpos ciertos, identificamos las imprecisiones y las traiciones. Los números delatan las conspiraciones, expían las dobleces, condenan los malos augurios.

El amor no es una cifra, sino un sentimiento cuantificable. Ésa es la ventaja, en todo caso. Es cuestión de medir sus posibilidades, de atesorar sus cualidades no en abstracto sino en datos concretos, descuartizado en estadísticas, abierto en canal como un cerdo aún humeante de vida. Limpio de toda la sangre, el amor, como cualquier otro sentimiento, está preparado para el consumo. Más pasado o menos pasado. El fuego, como es lógico, también se puede cuantificar para doblegar. Quién lo diría en estos tiempos.

Columna publicada originalmente en Montilla Digital el 20 de junio de 2011.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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