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17 de noviembre de 2022

  • 17.11.22
Reconozco que esta columna tiene un título extraño: Vivir sin coche. Algunos dirán: "nunca he tenido carnet y vivo tan feliz". Otros: "¿Y por qué iba yo a pensar en vivir sin mi coche?". En primer lugar, me gustaría aclarar que tengo coche. Es más: hay dos coches en casa. De modo que nadie podrá acusarme de ser un talibán anticoches, aunque me encantaría poder quitarme uno de los dos de encima –el más viejo, que tiene más de 20 años y se lo robamos a mi padre porque, a pesar de su edad y discapacidad, se empeñaba en seguir conduciendo–.


Los coches cuestan lo que no está en los escritos. Me hace gracia la gente que solo cuenta la gasolina cuando compara el precio de un billete de tren o de autobús con lo que cuesta ir en coche. Si Hacienda permite a los profesionales desgravar de la Renta hasta 19 céntimos por kilómetro de coche, seguro que el precio real es el doble: de hecho, Alemania permite desgravar 0,38 euros por kilómetro. Porque a la gasolina hay que sumar letras, seguros, talleres, multas (ejem…) e imprevistos varios.

El otro día, mi esposa sufrió el reventón de un neumático en plena autovía, de noche, cuando estaba a 200 kilómetros de casa. Ayer tuvimos que llamar a la grúa porque no arrancaba. Es decir, más sustos, más gastos, más contaminación y más cabreos. Pero también libertad de movimiento, que se traduce en poder ir donde uno quiera, en el momento que quiera.

Como ya les dije en mi columna anterior, vivimos en un precioso pueblo granadino de 800 habitantes y somos familia numerosa, con hijos en la universidad, en Formación Profesional, preparando oposiciones... Y, aún así, repito la pregunta: ¿es posible vivir sin coche? Incluso, ¿es deseable vivir sin coche?

¿Me permiten la pedantería de ponerme de ejemplo? No me sobra el tiempo. Tengo una empresa –ya puestos, obtuvo el Premio Nacional de Movilidad en 2021–, soy presidente de una asociación que agrupa a 300 pequeñas y medianas empresas, tengo familia numerosa, debo escribir esta columna…

Precisamente por eso me encanta viajar en transporte público. ¡Precisamente porque tengo tan poco tiempo! ¡Precisamente porque me gusta el confort! Puedo dormir, trabajar, leer y enviar mensajes de WhatsApp, disfrutar del paisaje, tener la seguridad de que alguien se hace cargo si el autobús se queda tirado…

¿Uso el coche? Claro que sí. ¿Me gusta conducir? Más o menos, aunque odio ir de copiloto. ¿Prefiero viajar sin coche? ¡Mil veces! En España, desgraciadamente, el transporte público no metropolitano es la cenicienta de las políticas de movilidad. No es fácil viajar en transporte público por estos territorios.

Y lo peor es que existe una flagrante discriminación por lugar de residencia: en las áreas metropolitanas, el transporte público se subvenciona en algunos casos con más de 100 euros por habitante y año. En las zonas rurales, que son las que más apoyo necesitarían para frenar la despoblación, la cifra es desoladora: cero euros por habitante y año.

Por desgracia, hay todavía políticos con la mentalidad de considerar el transporte público no como una inversión sino como algo molesto, “para los pobreticos y los ancianos que no tienen coche”. Debería ser obligatorio moverse sin coche para cualquier cargo público relacionado con la movilidad. Ni oficial ni particular. Otro gallo cantaría.

Por cierto, estoy escribiendo esta columna en un stand de la Fira de Barcelona, mientras se está celebrando  Tomorrow Mobility World Congress, una de las ferias de movilidad más importantes del mundo. En frente tengo un microbús autónomo, sin conductor. Aquí está ya lo que en los próximos años se convertirá en nuestra vida normal. Y sí, hay muchas soluciones para poder vivir sin coche.

RAINER UPHOFF
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