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24 de noviembre de 2022

  • 24.11.22
Resulta paradójico que este Gobierno, tan versado en las teorías marxistas, haya caído en el error de mercantilizar las leyes. Tanto que reivindican su valor social, las ha convertido en mercancías con un precio y con un plan de mercadotecnia asociado.


No es una cuestión jurídica, sino de valores ciudadanos. Concebir la política como un juego tiene como consecuencia que el fin justifique los medios. Sin embargo, puede ocurrir que el juego te estalle en la cara donde y cuando menos te lo esperes. Y eso es lo que nos lleva pasando desde hace tiempo.

La polémica cuestión del ‘solo sí es sí’ es la punta del iceberg. Es lo que se ve porque es lo más humano, lo que más duele y lo más contradictorio. Sin embargo, ha habido otras novedades legislativas que han sido perjudiciales y que no tienen la misma visibilidad.

Frente a la ridícula sacralidad que el Ejecutivo de Mariano Rajoy mostró ante las leyes, nos encontramos ante un Gobierno que las desprecia. Y no por su contenido, lo que es muy legítimo, sino como instrumentos en sí. Con rango de ley o no, una norma es un instrumento que emana de la voluntad popular y que afecta a la vida de las personas, sea buena o mala. Por tanto, no es cosa con la que se pueda mercadear el Poder Ejecutivo, que ya no entiende de separación de poderes.

Elaborar, modificar o abolir una norma requiere de un estudio serio y sereno, que bajo ningún concepto puede estar sometido a la ley de la oferta y la demanda. La política siempre ha sido un circo pero, al menos, se había respetado el valor de las leyes.

Hemos tenido partidos políticos sentenciados por corrupción y, de hecho, en Andalucía tenemos a dos presidentes autonómicos sentenciados. Sin embargo, jamás nadie se ha enorgullecido de saltarse la ley o de despreciarla. Y eso está ocurriendo en este momento.

Ya no existe respeto ni por las normas, ni por los legisladores, ni por los juristas, ni por los jueces que deben aplicarlas. Si no hay respeto por las leyes –cuyo contenido puede y debe ser siempre objeto de debate–, ¿qué instrumentos para el progreso social nos quedan? Porque con Twitter no se progresa, y la calle es de todos, piense igual que el amado líder o no.

Jamás he visto tanta publicidad institucional, tanta propaganda, ni tanta comunicación cortoplacista. Cara nos está saliendo la imagen de este Ejecutivo. Todo tiene un precio en este mercado que se han montado en el templo de la Carrera de San Jerónimo y no creo en los mesías que prometen su expulsión.

Si todo vale, si la ley es una mercancía con un precio, y solo respetamos a unos pocos, la democracia se nos va a pique. Y ojo: cuidado con los mesías, que están al acecho.

Haereticus dixit

RAFAEL SOTO

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