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26 de noviembre de 2022

  • 26.11.22

Entre idas y venidas se me iba consumiendo la tarde. Compraba un bocadillo en la charcutería Hermanos Díaz, situada una manzana más abajo, a la vuelta de la calle donde estaba mi oficina, cuando recibí la llamada del profesor Segura.

–Comunicaba usted.

–Suele sucederme. Dígame –tenía hambre y estaba de malhumor.

–Pues verá… He copiado el texto para leerlo de seguido… He de decir que me ha gustado. Mucho… Pero me temo que esto a usted le resulta indiferente, ¿no?

–Pues…

–Veamos… es solo una impresión, ¿eh?, a vuela pluma, el tema es complejo. Hay, es notorio, un grito. De angustia. ¿Recuerda el archifamosísimo cuadro del noruego Munch? –lo recordaba porque algún grito reprimido, de impaciencia, se colaba entre las sartas de embutidos y bandejas con chacinas–. ¿Su vano intento de diseccionar el alma, etcétera? Bien. Lo menciono por el tema de la angustia. Aquí, el grito se desarrolla… Hablo de primera impresión, sin los necesarios matices. Su expresión queda implícita en el contexto. La confecciona el sujeto en tanto ha comenzado a gritar. Y lo peor, para él, claro, descubre el origen del grito mientras grita. Así pues, resultado irremediable, no cabe otro: queda el ser vertido en grito, entra en él y solo se circunscribe a la situación que se describe; el sujeto que lo padece narra en tanto desaparece. Una tragedia, intensa, auténtica, breve. Su desarrollo: un momento, el gorgoteo del ahogado, el frote de los pasos que conducen a lo invisible, oscura materia que sorbe la energía, liberada por conducto de un reflejo. Digo grito porque, en improvisada lectura, la expresión…

–Profesor… –la hermana Díaz me entregaba las vueltas en plena discusión con el hermano Díaz–, lo llamaré después. Le informaré de un fenómeno extraño, creo que se refiere a esto que me cuenta.

–¡Ah…! Pero, oiga, ¿se pelea usted con alguien? –se escandalizó.

–No, lo que oye son expresiones de cariño entre hermanos. Pero, dígame, ¿usted imprime sus fotografías?

–No. Las mando imprimir –replicó desconcertado.

–¿Para esta fotografía… –esquivé un carrito para la compra y a la ancianita que lo guiaba– se ha utilizado el mismo papel que en las otras?

–Eh… sí, papel baritado, grueso, sin blanqueador óptico.

Aquello me sonaba a chino.

–¿Y le queda alguna copia de esta fotografía?

–Naturalmente. Al menos dos, en mi archivo.

–¿Podría enviarme una, de inmediato, por correo urgente?

–Pues… sí, por supuesto. ¿Qué ocurre?

–¿La luz puede imprimir una imagen en ese papel?

–Es papel fotográfico para impresora. Preparado para fijar gotas de tinta. Naturalmente, no voy a explicarle todo el proceso.

–¿Está usted muy ocupado?

Mi pregunta le extrañó

–Digamos… que bastante, sí –se previno.

–Pues se me está ocurriendo que si le viene bien y trae usted mismo esa foto, contemplará un fenómeno muy interesante.

–Aunque de natural curioso, no soy amigo de fenómenos. ¿Cuál?

–Tiene que verlo con sus propios ojos. Además –añadí el aliciente–, tendría la oportunidad de dedicarle el tiempo que necesite al cuaderno del señor Castilla, sin intermediarios.

–Me intriga usted, no digo otra cosa. Un fenómeno que justifique cuatrocientos kilómetros, ochocientos ida y vuelta. Más el cuaderno…

Las académicas impresiones, en el fondo terribles, del profesor, el ajetreo del día, más la deshora, me quitaron las ganas de hincarle el diente al bocata. Pero deshice el paquetito y me obligué a masticar con los codos apoyados en el escritorio. En el patio la luz era un rescoldo que se apagaba. Lo más sensato era dar por concluido mi trabajo. Salvo que me enviaran a Antananarivo y allí continuara la búsqueda de Castilla, un hombre indocumentado y por tanto clandestino –una probabilidad tan remota como idiota–, mi pesquisa había terminado. Solo me quedaba redactar el informe, adjuntar la nota de gastos y…

Estriduló mi teléfono; así me lo pareció, por importuno y desagradable.

–La orden de búsqueda está en marcha. Alguien, desde arriba, empuja –me informó Longui.

–Creo que será inútil –le transmití mi pesimismo–. Castilla ha desaparecido, definitivamente.

–Eres muy rotundo. ¿Tan lejos te ha llevado la investigación?

–Es extraño; todos los caminos conducen a su casa, ninguno a la inversa. Su documentación está allí; el pasaporte está caducado; los pantalones cuelgan de una silla en el dormitorio, los mueves y suena la calderilla en los bolsillos. Y parece que se tomaba un café cuando sucedió lo que sucediera. Resulta evidente que Castilla no está en su casa; pero afirmaría que no salió de ella, si de algún modo fuera posible separar cuerpo y presencia. Porque hay, o lo noto, es una sensación… inquietante, en el reposo de los muebles y de todas sus pertenencias, algo de animal doméstico que aguarda la caricia interrumpida sin aviso en un instante concreto…

–¡Te has guillado! –se burló Longui–. Esto suena a desaparición voluntaria. Se rompen las relaciones, cualquier vínculo con el pasado, para comenzar otra vida allá donde se pueda o venga bien. Una pretensión descabellada y, por desgracia, frecuente. Al año se dan miles de casos, la gran mayoría voluntarios, y casi todos se resuelven.

Puede que, influido por la lectura de unos cuanto folios, la razón me hubiera descabalgado y Longui la tuviera por completo; pero estaba convencido de que Castilla no se había ido lejos.

–He visitado a unos cuantos vecinos –justificaba mi teoría– y tengo esa impresión de que su preocupación es llegar a fin de mes sin averías. Además, la mayoría de ellos es gente mayor. No creo que haya tenido un tropiezo con alguno. De todos modos, te voy a pasar una lista con sus nombres para que le eches un vistazo.

–Guárdatela, va de suyo. ¿Y no has encontrado un pasaporte nuevo?

–Ni por asomo.

– Pues lo renovó el año pasado, en noviembre.

–¡Ah!

– No sabemos si lo ha utilizado.

–Eres muy amable.

–A mandar, zoquete. Y guarda la imaginación para asuntos agradables.

Zoquete

Comencé a teclear ante la pantalla del ordenador.

HG MANUEL

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