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HG Manuel | La fotografía (XXXI)


–El terreno está en Las Cañadas, cerca de la playa –me informó don Hugo–. Pero no se moleste, mandaré a alguien del estudio.

–Si puede ser pronto… –sugerí.

–Claro, mañana mismo.

–Pero ¿quién iba a estar al tanto de eso? –objetó don Mariano.

–Cualquiera de ustedes –respondí rápido, quizá demasiado.

No se lo tomaron muy bien.

–Pero… –se enojaba el militar.

–Tiene razón. Es lógico y es su trajo: sospechar de todos los que rondan a la víctima –atenebró la guasa don Fernán.

–Y va por derecho: entra, vivo, diligente… –intervino, siempre jovial, el señor Alatorre–. Joven, con trapío… Este señor encontrará a Castilla, lo reafirmo, ya lo he dicho.

Entre la burla y el optimismo, ambos contribuyeron a disipar el malestar.

–Oye, no se te habrán pasado las ostras –se alarmó el farmacéutico ante el militar.

–¿Por qué? ¿Crees que me flojea la memoria, pesado? Comenté tu inútil recado con el experto –don Mariano se refería a don Fernán.

–Nada mejor que un militar recadista –se cachondeó.

–¡Si te arreo un guantazo, recluta de intendencia…! –amenazó de mentirijillas, el brazo a la altura de la barbilla.

–Mejor una torta, la guardaré para el desayuno –se burló el señor Alatorre.

–Por más que te repitas Juanín… Ni me he molestado. A Gerardo le basta una llamada para encontrar lo mejor –aclaró, con gesto cansino, don Fernán.

–Me voy a buscarlo –se ofreció don Hugo.

Camisa a rayas abolsada por la floja barriguita, los puños remangados, el hombre presentaba surcos de gomina en el escaso pelo, papada bien rasurada y un aire amargo con ojeras que le decaía el rostro. Observaba yo todo esto cuando abandonó trabajoso la silla para dirigirse, a paso blando de zapatillas, hacia la puerta cristalera por donde entraba y salía el camarero.

–Presumir de memoria… Cuanto recuerdo inútil… –iba refunfuñando.

Con el manso reniego del arquitecto, y en cuanto a mi propósito, yo estaba de acuerdo…

–Ese señor, ahí donde lo ve, ha sido un gran atleta. Y en cuestión de juerga, si hay que arrancarse, nadie le llega –desde su silla, mal me miraba don Mariano; al parecer y sin que yo lo notara, me debió captar alguna conjetura inadecuada cuando la silueta del arquitecto se traslucía hasta desaparecer.

Le devolví la mirada, inocente como la de un querubín, y abandoné mi copa vacía sobre la mesa.

Parece que esto, mi dócil disposición, le dio confianza. Me ofreció la botella, que le acepté.

–El señor Castilla tiene suerte con los amigos –comenté, quizá se me notó algo de envidia.

No se hizo esperar la siguiente anécdota; comenzó a referirla el militar:

‒Estábamos en el descampado aquel, cerca del instituto. Allí se levantaron unos bloques de edificios…

–Donde tiene el bufete Perals –localizó don Fernán.

–…Exacto, eso es. Jugábamos un partido futbol, y unos capulletes de un curso superior que se habían fumado las clases…

–Como nosotros.

–…como nosotros, nos quisieron echar de allí para jugar ellos. Entonces, os acordáis, me enganché con el que llevaba la voz cantante…

–¡Qué tío! –se burlaba el señor Alatorre.

–…La pelea empezaba a ir mal, porque después de tanto correr yo estaba cansado. Y vosotros, sí, vosotros –acusó–, con el resto de gallinas os quedasteis en el cacareo.

–¡Kikiriquí! –se rio el farmacéutico.

–¡Hace el gallo, gallina idiota! Fue Castilla, el cegato Castilla, el único que arriesgó sus gafas por unir sus fuerzas contra el enemigo ventajista…

–¡Tararííí! –clarinazo del farmacéutico.

–…Desde entonces, aparte de amistad, siempre ha tenido mi respeto.

‒Bah, exageras ‒intervino don Fernán‒. Tú batallas huelen a trementina, irritan los oídos, como las de aquel profesor de historia que tuvimos en primaria. Cuando narraba las hazañas del Cid, nunca eran menos de doce por lanzada los enemigos ensartados.

–Sí, don José, lo acuerdo. Con su panza y echado hacia atrás –evocó alegre, mano en la barriga, el señor Alatorre–. Un profesor entrañable. Por cierto, ese que dices, el de la pelea, no me viene ahora su nombre, se hizo maestro, después lo traté, porque fue amigo de Castilla, resulta que también padecía la vocación poética. Pues a ese le dieron un premio por una oda a Pasionaria, lo leí en un dominical; para mí que se la inspiró Miguel Hernández. Pero el meollo de la noticia, no te lo pierdas, era que tanto él como su señora, otra infectada con la fiebre poética: anterior ganadora del mismo certamen, ya digo, se atribuían propiedades magnéticas ¡innatas! Aparecían fotografiados con unas cucharas colgándoles de la frente, de las orejas, de los brazos, de las solapas… ¡Lo que regala la edad!

Seguían con nuevos «¿Te acuerdas?» cuando decidí despedirme. Pero regresó don Hugo. Lo acompañaba un señor obeso, de estatura mediana, vestido con chaquetilla abotonada y pantalón blancos. Cara redonda y mofletuda, de riente simpatía; le brillaban la calva, los apuros del sudor y el bigotillo negrísimo.

–¡Muy buenas tardes, señores! ¡Todo listo! –anunció–. Imposible terminar antes. Los retrasos en la entrega, ¡no les quiero ni contar! Les acompaña Nené, que ya está a bordo. Y nada, ya saben, lo que ustedes dispongan.

–Gracias, Germán, gracias –agradecía don Fernán.

–¿Y las ostras? –se interesó el señor Alatorre.

–¡Ah, qué pregunta, don Juan! –se dolió el cocinero–. Planas, la mejores, de Arcade, y las gillardeau francesas; algunas le he puesto escabechadas y para las otras su salsa de cítricos o con aliño japonés. Elijan ustedes. Ha habido suerte, don Fernán, le he conseguido unas pocas fine de claire verte.

–¡Que grande eres, Gerardito! –se alegró–. ¡Venga, escapa de los fogones y embarca con nosotros!

–¡Ah, ja, ja! –rio encantado–. Imposible, ya quisiera. Aparte, ustedes lo saben, me pongo borrachito perdido. ¡Ah!, la botellita de sake, casi helada, también la llevan.

–¡Maravilla de las maravillas! –se regodeó Alatorre.

–Me sientan mal –encenizó don Hugo.

–¡Joder! –se desesperó el militar–. ¿Aviaste mi consomé, Gerardito?

–Ni se pregunta. De solomillo de buey, don Mariano.

–Dios te lo pague, so genio.

–Mejor ustedes, que ya tienen la costumbre. Hoy son menos, ¿no? –se extrañó el cocinero–. No veo a don Francis. Don Julio Perals tiene reserva en el salón Coral para esta noche. Por el señor Castilla ni les pregunto; aunque me dice aquí don Hugo que anda desaparecido.

–Así es, querido Germán. Voló. No sabemos de él y estamos preocupados –le aclaró don Fernán.

–Si no está de escapada en vete a saber dónde –aportó su parecer el arquitecto.

–Este señor tiene el encargo de encontrarlo –me presentó don Mariano.

–Lo lamento –se frotaba el cocinero las manos como si las tuviera bajo el grifo–. Tuve el placer de saludarlo allá por febrero. Lo acompañaba una señora muy vistosa, muy elegante. Su cara, fíjense, me sonaba…

–¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¡Cuenta, cuenta! –se sucedieron las voces sin que yo abriera la boca.

Resultó más productiva la declaración del cocinero que la incesante charla del grupo de amigos. Visitaba una feria gastronómica invitado por uno de sus proveedores y, casualidad, había coincidido con el señor Hernández en el hotel donde se hospedaba, y se explayaba con las virtudes de sus productos…

Fue el momento –ya les había proporcionado un buen tema de conversación que en el mapa de la memoria se había desmigado por aquí y por allá.

Entre las populares aclamaciones «¡Qué callado!», «¡No puede ser!», «¡Golfante!», «¡Adonis disfrazado!», me levanté, prometí, agradecí, me largué, creo que desapercibido.

HG MANUEL

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