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28 de agosto de 2022

  • 28.8.22
Baena Digital se hace eco en su Buzón del Lector de un artículo del economista José Javier Rodríguez Alcaide, Hijo Predilecto de Baena. Si desea participar en esta sección, puede enviar un correo electrónico a la Redacción del periódico exponiendo su queja, comentario, sugerencia o relato. Si quiere, puede acompañar su mensaje de alguna fotografía.


A fin de marzo de 1949 yo cumplía en Baena mis once años de edad. Había cursado segundo año de Bachillerato en el colegio de los jesuitas, sito en calle Mesones, con éxito, como examinando en el Instituto de Jaén. En ese año, la Diputación de Córdoba editaba el libro, escrito por mi padre, titulado Baena en la historia, orientado a escolares de Baena. En una de sus ilustraciones aparecía un dibujo a plumilla que representaba la fuente de Baena tal como se disfrutaba y era útil en aquel momento.

La fuente en aquel instante fue un monumento desconocido para mí, que había nacido en la plaza vieja, al otro lado del monte sobre el que se levanta mi pueblo, pues la fuente está a levante y mi barrio se ubica al poniente de la ciudad de Baena.

Desde los siete años mi recorrido hasta los nueve fue desde Puerta Córdoba, donde yo residía en su número 2, hasta el grupo escolar Juan Alfonso de Baena, que se ubicaba junto al parque. Desde mis diez años en bicicleta, sin conocimiento de mis padres y con otros compañeros de Bachillerato, exploramos la estación de ferrocarril, de difícil acceso por su empinada cuesta, y en verano nos acercábamos a la finca de los Valdelomar y con uno de ellos nos bañábamos en su piscina que era, además, fuente de riego.

Jamás con esos compañeros de estudio nos acercamos por el camino a Cabra al río Marbella y a la bella Fuente de Baena. Tras contemplarla en el libro de mi padre, le pedí que me llevara hasta allí. Tengo dos recuerdos nítidos de ese lugar a mis once años de edad. Sus numerosos caños de agua, la mujer que llenaba el cántaro, otra que lavaba ropa, y que no pudiera mi padre aseverar que el agua de la fuente procedía del manantial del Marbella.

La segunda curiosidad fue indagar a dónde se dirigía el agua que se vaciaba en un aliviadero, que era un agujero redondo, tapado con una rejilla de hierro. Imaginé que por un largo túnel afloraba en la represa del Marbella, que da agua a las huertas cercanas a San Francisco. Más tarde, ya residente en Córdoba, supe que esa Fuente de siete chorros se levantó a mediados del siglo XVI y fue importante fuente de abastecimiento para aquellos vecinos hasta mi niñez.

Vuelven los recuerdos hacia esa fuente pero no a la Fiesta de los Garbanzos Tostados que se celebra en agosto. Recuerdo de mi niñez haber comido garbanzos tostados durante el jubileo del primero de agosto, que se celebraba en la plaza vieja y a la que yo me acercaba para montar en los caballitos de cartón, dado que mi casa estaba muy cerca, en la calle Mártires, que siempre fue Puerta de Córdoba, topónimo que se recuperó, años más tarde, tras la transición a la democracia.

En aquellos agostos de mi infancia, los segadores habían ya recolectado las mieses, que eran llevadas a las eras para ser trilladas y aventadas. Regresaban al pueblo y durante el jubileo se celebraba el fin de esa tarea agrícola. La plaza de Valverde y Perales apenas se iluminaba, el tiovivo giraba, la música sonaba en un espacio con tenderetes de turrón y golosinas cerca de la cárcel y del Tinte.

Siempre logré subir a los caballitos cada día del jubileo una sola vez y, sobre todo, poder probar y comer garbanzos tostados, blancos por los restos de la ceniza del horno. Exigían disponer de una buena dentadura porque de hambre estábamos bien surtidos.

De mi padre supe que aquellos garbanzos eran tan buenos porque procedían de las tierras de Fuentidueña, que era una pequeña población de Baena, sita entre Albendín y Valenzuela y cercana a Cañete de las Torres. Pero algunos años él decía que procedían de las tierras de Cañete, que tenía muy buenas fincas para barbecho de garbanzos.

De mi madre, hija de médico, supe que los garbanzos eran muy ricos en proteína y que los necesitábamos para crecer y para reforzar la memoria. Eso se lo oí decir en la escuela de párvulos en la que enseñaba y de la que yo fui su alumno hasta los seis años. De mayor supe que no me engañaba y que los garbanzos tienen mucho contenido proteico y que ayudan a nitrificar los suelos en los que se siembran.

Pero en mi niñez en Baena hasta 1950, en cuyo julio me trasladé a Córdoba, nunca supe de la existencia de esa Fiesta del Garbanzo Tostado. Y, menos aún, que se celebrase en la fuente renacentista de mi pueblo. Reconozco que los años cuarenta del pasado siglo en Baena no eran propicios para fiestas, salvo la citada del jubileo en la plaza vieja y, luego, la de octubre que se celebra en el parque.

Solo recuerdo el gozo del jubileo de agosto, los caballitos, los garbanzos tostados que satisfacían mi hambre, que se había despertado a los siete años por el largo paseo desde mi casa al grupo escolar Juan Alfonso de Baena, que estaba en la línea norte del parque.

Siento gozo al conocer que, por iniciativa cofrade, se desee recuperar esta tradición de festejar al garbanzo y que se celebre en la Fuente de Baena. Debería festejarse al garbanzo de Fuentidueña. Me queda la curiosidad respecto de la antigüedad de esa tradición de Baena.

JOSÉ JAVIER RODRÍGUEZ ALCAIDE
FOTOGRAFÍA: AYUNTAMIENTO DE BAENA


NOTA: Los comentarios publicados en el Buzón del Lector no representan la opinión de Baena Digital. En ese sentido, este periódico no hace necesariamente suyas las denuncias, quejas o sugerencias recogidas en este espacio y que han sido enviadas por sus lectores.



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