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20 de marzo de 2022

  • 20.3.22
Cuando se inicia una guerra, o se ataca a un Estado independiente, como sucede en la actualidad con Ucrania, el país agresor busca razones que apoyen y den sentido a su actuación militar. Es difícil pensar que se comienza un ataque de las dimensiones de las que acontecen en la actualidad, que nos sitúa en la incertidumbre de un posible conflicto bélico de dimensiones internacionales, si no se cuenta con apoyos, no solo políticos, militares o económicos, sino también ideológicos. Y, llegado el caso, también habría que incluir los de tipo religioso.


En la actualidad, por los distintos medios periodísticos, se nos informa de los oligarcas que, junto a la cúpula militar, forman el círculo más cercano de Vladimir Putin; aunque, bien es cierto que todas las miradas, como no puede ser de otro modo, se centran en el presidente ruso, debatiéndose, incluso, sobre las posibles patologías mentales que pudiera tener.

Complicada tarea esta última, dado que lo que Carlos Castilla del Pino llamaba el espacio de la propia intimidad psicológica es difícil de conocer. No sabemos qué piensa y qué siente. De todos modos, no es necesario ser un experto en psicología para entender que es un sujeto lleno de odio y que carece de sentimientos básicos como son el de la compasión o el de la empatía, o, lo que es lo mismo, saber ponerse en la situación de los demás. Esto es algo común en los seres cargados de megalomanía o delirios de grandeza.

No obstante, tal como apunto, estos personajes necesitan verse arropados por otros que en la población tienen gran predicamento por el rango que ostentan. Es lo que sucede con el apoyo que ha recibido por parte de Kirill (o Cirilo I), patriarca de la Iglesia ortodoxa rusa en su ataque a Ucrania, justificándolo con algo que nos resulta insólito.

Pero antes de que veamos cómo el patriarca ruso ha defendido la guerra contra Ucrania, conviene que retomemos algunas declaraciones que tiempo atrás realizó a la agencia rusa de noticias RIA Novosti (recogidas por Europa Press) contra el feminismo y los avances sociales de la mujer.

Según Kirill (cuyo nombre original es también Vladimir), “el feminismo es muy peligroso, ya que proclama una falsa libertad para las mujeres para que sean puestas por encima del matrimonio y la familia”. Más adelante añade, “la ideología feminista no se centra en la familia o en traer hijos al mundo, sino en una función diferente de la mujer que se sitúa frecuentemente contra los valores familiares (…), por lo que no es casualidad que la mayoría de las líderes feministas sean mujeres solteras (…) Las mujeres han de ser ante todo el centro de la vida familiar, las guardianas del hogar”.

Más allá de las invectivas contra los avances de los derechos de las mujeres, en un sermón del domingo 6 de marzo, y según recoge el diario italiano Il Corriere della Sera, Kirill justificó el ataque contra Ucrania diciendo nada menos que “es correcto luchar en una guerra contra el lobby gay”.

No deja de ser insólito que culpe a los homosexuales y justifique que Putin haya dado la orden de atacar a un país soberano porque, en sus propias palabras, la prueba fehaciente de la decadencia moral de Occidente es “muy simple y a la vez terrible: es un desfile gay”.

Parece que al patriarca Kirill los desfiles gais, que anualmente se dan citas en ciertas ciudades de países occidentales (y que supongo se habrá realizado en alguna de Ucrania), resulta ser la palpable demostración de que, según sus propias palabras, “se trata de imponer por la fuerza un pecado condenado por la ley de Dios, y por lo tanto, obligar a las personas a negar a Dios y su verdad”.

Ante tanta majadería, resulta muy saludable acudir a los dos últimos libros del teólogo Juan José Tamayo, uno de los grandes referentes españoles de la Teología de la Liberación. Llevan por título La Internacional del odio y La compasión en un mundo injusto. Tras sus lecturas, no me queda más remedio que pensar que el patriarca ruso, y su amigo Vladimir Putin, están del lado de quienes odian la libertad de las mujeres y de los homosexuales, convirtiéndolos en el centro de los males que tiene la humanidad.

No quiero extenderme mucho, por lo que traería unas de citas extraídas de los libros este gran teólogo para que entendamos que esas soflamas no tienen nada que ver con la liberación de las personas, ni siquiera desde una perspectiva religiosa.

“Algunas manifestaciones de odio de los movimientos religiosos integristas”, apunta Juan José Tamayo, “están impulsadas con frecuencia por sus dirigentes, en alianza con los políticos y organizaciones de la derecha y de la extrema derecha”.

Sobre la mujer nos dice: “La responsabilizan de la autonomía, la libertad y el empoderamiento de las mujeres, a quienes no reconocen como sujetos religiosos ni morales ni teológicos, sino como inferiores, dependientes, subalternas (…). En este sentido puede hablarse de las religiones en sus manifestaciones patriarcales como ‘opio de las mujeres’”.

Sobre la homosexualidad, destaco algunas frases: “El discurso de odio se extiende a las personas gais, lesbianas, bisexuales, intersexuales. La homosexualidad se considera una práctica sexual pecaminosa, más aún perniciosa”. Y también, como ejemplo, “El odio a las personas homosexuales ha llevado al pastor evangélico peruano Rodolfo González Cruza a afirmar que ‘los homosexuales son gente podrida, corrompida e infeliz y están condenadas a muerte’”.

Para cerrar, resulta curioso que patriarcas y pastores de sitios tan alejados entre sí, como son Rusia y Perú, odien con tanta visceralidad a los homosexuales y los “condenen a muerte”, de modo que a ellos nos les importen las atrocidades de las guerras más despiadadas, pues, a fin de cuentas, serían para exterminar a la “gente podrida y corrompida”.

Como vemos, Putin no solo tiene el apoyo de esos oligarcas o magnates mafiosos que se hicieron supermillonarios a partir del hundimiento de la antigua Unión Soviética, sino que también cuenta con personajes tan poderosos como son algunos líderes religiosos a los que la gente escucha creyendo oír en ellos la voz divina. Y esto segundo no me cabe la menor duda que es un auténtico problema, pues el odio, el fanatismo y la ignorancia se unen a la misoginia y la homofobia como si fuera una antigua plaga bíblica que no toca en la actualidad padecer en pleno siglo XXI.

AURELIANO SÁINZ

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