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José Antonio Hernández | La epidemia de la superficialidad

Tengo la impresión de que, en el ámbito laboral, en el de la cultura, en el de las relaciones políticas e, incluso, en el de la convivencia social y familiar, se está extendiendo de forma progresiva el surf, ese deporte marítimo que practican muchos jóvenes y que consiste en deslizarse por encima del mar sorteando las crestas de las olas.


Es posible que en esta moda influyan las estrategias publicitarias y las condiciones de vida pero, sin duda alguna, uno de los factores decisivos es el avance invasivo de esos ruidos ensordecedores, de esa agitación frenética y de esas llamadas delirantes que nos distraen e impiden la concentración.

El hecho cierto es que las herramientas que, en principio, deberían servirnos para mejorar la calidad de nuestras tareas y, en general, para vivir la vida de una manera más intensa navegando, nadando e, incluso, buceando en las actividades más valiosas y más provechosas, nos están distrayendo y alejando del bienestar personal y del éxito profesional que exigen entrar y “concentrarse” en el interior de nosotros mismos.

En el libro titulado Céntrate (Deep work) (Barcelona, Península, 2022), el profesor de Ciencia Computacional, Cal Newpot, nos explica con detalle, con sencillez y con rigor la importancia de la concentración para las tareas profesionales que exigen pensar, y analiza minuciosamente las crecientes dificultades con las que tropezamos precisamente con las tecnologías digítales cuya finalidad debería ser facilitar nuestros trabajos. Señala cómo, mientras las tecnologías avanzan a una endiablada velocidad, nuestras habilidades mentales se ralentizan: “las máquinas son cada vez más inteligentes y nosotros cada vez más torpes”.

Nos explica de manera clara –muy clara– los valores, la escasez y la eficiencia del “trabajo a fondo”, y la necesidad de que nos entrenemos para desarrollar destrezas y para llegar al máximo de aprovechamiento de las capacidades mentales y, en palabras textuales, “para fortalecer el músculo mental”.

Ese es el camino directo e inevitable para lograr que nuestras tareas sean más eficientes, más gratificantes e, incluso, más rápidas. Nos proporciona unas pautas concretas y sencillas como, por ejemplo, meditar, memorizar, planificar, cuantificar las actividades, aislarse, fijar horarios y ritmos de trabajo o abandonar las redes sociales.

A mi juicio, además de sus análisis minuciosos, de sus razonamientos coherentes y de sus explicaciones claras, son de agradecer sus amenos relatos de comportamientos que ilustran sus teorías. Su conclusión es terminante: “Comprometerse con el trabajo profundo no implica una postura moral ni es una aclaración filosófica. Es, eso sí, un reconocimiento pragmático de que la capacidad para concentrarnos, es una destreza que nos permite hacer cosas valiosas”.

JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GUERRERO
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