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8 de septiembre de 2021

  • 8.9.21
Quiero comenzar por explicar las razones que me llevan a escribir sobre un tema tan "frívolo" como los títeres. Y digo esto porque, salvo unos cuantos titiriteros y tres o cuatro personas más, prácticamente nadie hoy en día considera este tema lo suficientemente serio como para dedicarle atención.


La verdad es que no siempre ha sido así y hay excepciones destacables entre escritores y músicos que sí mostraron gran interés por esta forma de comunicación: Shakespeare, Cervantes, García Lorca, Valle-Inclán, G. B. Shaw, Haydn, Falla…

Pero no necesito apelar a precedentes tan ilustres para justificar este artículo, sino únicamente al inmenso placer personal que me han transmitido los títeres, tanto en la niñez como en la edad adulta y por vías diferentes: de carácter casi mágico en el teatro de marionetas de la infancia y por su fuerza plástica y poética en los espectáculos que he podido disfrutar posteriormente.

¿Pero qué son exactamente los títeres? Su existencia ha ido evolucionando a lo largo de la historia. Hay quien dice que el títere nació cuando el hombre descubrió su sombra y jugó con ella. Esta es una afirmación difícil de comprobar, pero lo que sí parece probable es que, en sus orígenes más remotos, el títere tuviera una función ritual.

Pruebas de la importancia que los muñecos han tenido en los ritos y creencias las encontramos en toda una serie de mitos que hacen referencia a muñecos u objetos que cobran movimiento y vida por la influencia de algún dios.

En el Edda escandinavo, la primera pareja humana se crea cuando Odín da forma humana y alma a dos troncos. Para los quiché centroamericanos, los primeros seres humanos proceden de unos muñecos de madera construidos por los dioses. En el Popol Vuh podemos leer: “Y al instante fueron hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superficie de la tierra. Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijos, tuvieron hijos los muñecos de palo…”.

En el contexto de las creencias animistas, a algunos objetos y fenómenos naturales se les atribuye vida y voluntad propia. El títere pudo haber nacido en el momento en que las figurillas se construyeron con algunas partes móviles, de tal forma que, al ser manipuladas por el sacerdote o iniciado, producían la ilusión de un movimiento autónomo. Los movimientos del muñeco se utilizarían como recurso para potenciar la fuerza expresiva de la representación y evocarían la animación vital del ente representado.

Los títeres, como teatro popular, tienen un aspecto prodigioso en cuanto los espectadores se olvidan de que están contemplando simplemente un muñeco, al oír "su" voz o al ver cómo se mueve, convirtiéndose así en criaturas con existencia autónoma.

Los espectáculos de títeres han existido en casi todos los países y periodos históricos. En Europa hay documentos escritos al respecto desde 500 a.E.C, por ejemplo, en el Symposium de Jenofonte. Cuenta Heródoto que en Grecia se daban representaciones con títeres en las fiestas báquicas y, respecto a las costumbres egipcias, narra la existencia de muñecos articulados que representan dramas divinos en los templos.

También menciona unas singulares procesiones: "Las mujeres, en lugar de falo, paseaban de pueblo en pueblo unas estatuillas de la altura de un codo, cuya parte sexual, igual en tamaño al resto del cuerpo, se movía por medio de hilos. Un flautista precedía, y las mujeres le seguían cantando...".

Existen antiguas tradiciones de representaciones de títeres en China, India y otras partes de Asia. En Java, el Wayang constituye uno de los primeros espectáculos de títeres sagrados que se conocen y consiste en la materialización de la imagen de los dioses sobre unos trozos de piel de búfalo pintada y articulada. Así, se proyecta luz sobre estas figuras y los espectadores solo ven sus sombras sobre una pantalla.


Los nativos americanos utilizaban figuras semejantes a títeres en rituales mágicos. En los ritos animistas de los taínos de las Antillas, el hechicero se comunicaba con los cemis, representaciones en piedra, hueso o madera de los espíritus familiares.

En lo que hoy en día es Colombia existen antecedentes de los títeres desde el siglo VI a.E.C. De hecho, los restos arqueológicos demuestran la existencia de máscaras y objetos animados por diferentes artificios; más tarde, los quimbayas construyeron figuras en oro articuladas con el objeto de ser animadas.

En los países árabes y musulmanes se introduce en el siglo XI el teatro de sombras de origen chino y los turcos crean el Karagoz (o Karakiz), que nunca ha tenido un papel religioso, lo cual es lógico teniendo en cuenta la especial prevención de los musulmanes hacia las imágenes como posible vehículo de idolatría. Aunque un hadit aclara: "Los teólogos admiraban las marionetas a condición de que, como las muñecas, no se parecieran al original y, además, porque hay un agujero para que pase el hilo".


En la Europa medieval, los títeres se utilizaban para la educación religiosa en los atrios de las iglesias, representando los "misterios". Por tanto, parece claro que, universalmente, la primera función de los títeres fue de carácter mágico y religioso y solo posteriormente surgió un uso profano que, poco a poco, fue desplazando el uso religioso, aun conservando el carácter dramático de los títeres. Sobre ello hablaremos en una próxima entrega.

JES JIMÉNEZ

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