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17 de abril de 2021

  • 17.4.21
Alma crece a la velocidad de la luz. Hace solo unos meses andaba agarrándose a la mesa y ahora vuela con su patinete. Es maravilloso ver en ella las etapas de evolución del ser humano. Primero te arrastras por el suelo, luego gateas, te vas izando y, un buen día, andas sola. Le puedes al miedo a la gravedad y corres, saltas y bailas.


Hasta hace dos semanas solo hablaba una especie de japonés. Me miraba con sus grandes ojos azules, gesticulaba con sus manecitas y soltaba sonidos esperando que yo la entendiera. Soltó un "papá", luego un "mamá" y ahora ya dice "abuela" y "tita". Y saluda. Aprende palabras por días.

Pero aún huele a bebé y tiene ese calorcito de vida que enternece. Cuando sus bracitos rodean mi cuello y me dan un "ay", me derrito y soy consciente de que soy feliz. El tiempo se para y ya me concentro en sentirla.

Físicamente, Alma es muy fuerte y, a veces, casi kamikaze. Pero luego es un pajarito asustado cuando ve a alguien nuevo o va a un sitio desconocido. Se agarra a sus padres o a su abuela buscando refugio mientras sus ojos se vuelven enormes por el miedo y su cuerpecito tiembla.

Cuando la veo reír y jugar con cualquier cosa, mi corazón se expande y descubre que el paraíso está en una infancia querida y protegida. Bendita risa y bendita inocencia. Mi muñeca, mi Alma, mi reina, mi sitio favorito del mundo... Me hace pensar que hubo un tiempo en que siempre éramos felices y la vida era fácil.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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