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2 de marzo de 2021

  • 2.3.21
El lenguaje es para nosotros, los seres humanos, un mecanismo de supervivencia. La complejidad que ha ido adquiriendo nuestro sistema de sonidos, signos y símbolos es un ejemplo claro de la importancia que posee el lenguaje en nuestra vida. Y si nos remontamos a nuestros ancestros podemos observar que su sistema de organización, cultural y de creencias, ha ido avanzando gracias a la herencia del lenguaje, aunque siempre ha estado ligado al sistema cultural predominante.


De hecho, es el lenguaje, tanto hablado como escrito, el que marca las pautas primeras de un núcleo de habitantes. El idioma es vital para una sociedad, ya que determina su forma de pensar y qué pensar. Es una realidad la diferencia existente entre el pensamiento de un portugués al de un alemán, ya que sus estructuras y procedimientos mentales están organizados de forma distinta. Aunque el significado llegue a ser el mismo, el significante varía. 

En definitiva, el lenguaje nos marca de forma inimaginable en nuestra cotidianidad y nuestro quehacer. Incluso una rama de la Psicología estudia tal fenómeno, ya que las consecuencias de un mal uso o de un uso inapropiado del lenguaje puede llevar a un determinado condicionamiento. 

Asumida la importancia de la herramienta principal de nuestra comunicación, veamos la situación actual en la que se encuentra nuestro objeto de reflexión. En primer lugar, debemos ser conscientes de que se ha impuesto a lo largo de los últimos años un sistema de comunicación alternativo al convencional, es decir, al lenguaje directo entre una persona y otra o más personas. 

La implantación de Internet en nuestro día a día ha modificado nuestros métodos de comunicación ya que, aunque el contacto sea directo, el acto de comunicación carece de elementos informativos importantes como el tono, la expresión corporal, los gestos, el volumen... Prevalecen, en cambio, los mensajes cortos con mucha información, las imágenes, lo efímero y lo actual. 

Demos por hecho, pues, que la forma de comunicarnos y nuestro lenguaje están cambiando y nosotros nos encontramos en la cúspide del auge de la nueva era, la de la comunicación. Pero, ¿nos comunicamos correctamente? 

Para responder esta pregunta debemos analizar las variantes situacionales del propio lenguaje, es decir, según la situación, el contexto y los individuos se aplican unas fórmulas u otras del lenguaje. No es lo mismo lo dicho en una entrevista de trabajo que en una cena con los amigos. Cuando la situación genera estrés o presión al emisor, su comunicación se ve afectada, por lo que éste utiliza un lenguaje con mucha más precisión, acentuando los procedimientos de puntuación y con una pronunciación correcta, aunque son inevitables las distorsiones dialécticas, ya que son patológicas. 

Cuando el emisor, en cambio, actúa sin presión, el lenguaje, con frecuencia, carece de validez. Se abusa de las impropiedades lingüísticas. Nuestra mente, ya relajada, olvida las estructuras y normas aprehendidas y surgen los modelos innatos, las redes que forman nuestro lenguaje más primitivo. 

Cuando nacemos y empezamos a hablar utilizamos mecanismos de repetición de sonidos. No pensamos en la grafía. Articulamos palabras de forma inconsciente porque nuestra voluntad así lo precisa. Algo tan primario como comer, orinar o dormir. Aprehendemos y no aprendemos, ya que es algo que adquirimos de forma constante. 

Nos desborda el cambio paulatino del lenguaje pero ¿y los sentimientos? Es aquí donde reside el gran problema del ser humano: racionalizar mentalmente, a través de palabras, algo irracional. Todo lo que nos rodea, objetos todos, es obra del ser humano por no poder expresar lo que siente con unas palabras exactas. 

Necesitamos personificar lo que somos y eso no se hace con palabras. En una entrevista de trabajo podemos esforzarnos por hablar bien. En una reflexión como ésta me he obligado a expresarme acorde con las reglas de la lengua que hablo e intento mostrar, también, algo de lo que soy. Pero el tiempo deteriorará la interactividad que posee este documento, por lo que pierde su esencia total. 

Sin embargo, algo tan cotidiano como Whatshapp soluciona de una tajada este problema temporal. Pero adolece de imprecisión. La comunicación es inexacta y fría: los sentimientos se muestran pálidos; se utilizan estructuras predeterminadas que recuerdan a nuestro aprendizaje innato. 

Vemos, por tanto, que cuando no existe una presión en los interlocutores, el lenguaje es vulgar y con abundancia de imprecisiones léxicas. Necesitamos de un carácter formal para hacer un buen uso de la lengua. ¿Qué sucedería si, en situaciones donde nos encontramos cómodos, usáramos un registro formal y cuidado? Ocurriría que la conversación dejaría de ser fluida, aunque seguro que no se maltrataría la lengua que hablamos. 

Imaginemos, por un momento, que hablásemos con nuestros parientes más cercanos como si de una obra de Shakespeare se tratara. Deberíamos dar por hecho que la educación, la buena educación escolar, es igual para todo el mundo, sin tener en cuenta el nivel socioeconómico o la procedencia demográfica. En ese caso, las variaciones de la lengua surgirían solamente por las zonas geográficas, por lo que utilizaríamos el mismo lenguaje tanto en una situación formal como en una informal. 

Pero la duda llega de nuevo. ¿Lograríamos expresar los sentimientos adecuadamente? Ni con la mejor educación conseguiríamos dar en el clavo con la palabra exacta de lo que sentimos. Cada sensación, cada sentimiento o cada emoción son únicos y diferentes, por lo que, cuando utilizamos una expresión como “¡qué feliz soy!” estamos aludiendo a una palabra comodín que se acerca al significado que sentimos. 

Por ello, por ser tan efímeros e ínfimos los sentimientos, no logramos expresarlos correctamente y, si podemos hacerlo, es pasado el tiempo. Por desgracia, se han conjugado dos variables: las nuevas técnicas de comunicación y la expresión de nuestros sentimientos, creyendo que la segunda se soluciona con la primera, aceptando la pantalla como vía adecuada para expresar lo que sentimos, siendo la más viable al poseer interactividad directa y precisión, dejando a un lado las variables lingüísticas. 

Como he dicho, el gran problema del ser humano que piensa su pensar son los sentimientos y, con este tipo de lenguaje y comunicación, tan solo se autoengaña, eliminando todo el calor que una persona puede dar.

Tendemos hacia el perfeccionismo, pero hay que ser conscientes de que lo perfecto es frío y sin sentimientos, que se mueve por la lógica. ¿Para qué queremos una comunicación con un lenguaje perfecto si las personas no muestran su alma? Y en cuanto al alma, me refiero a la esencia, a nuestro ser. Sin duda, las mutaciones del lenguaje permiten que una persona, cualquier persona, pueda racionalizar sus emociones.

DANY RUZ

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