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24 de marzo de 2021

  • 24.3.21
Hace ya bastantes años que leí Ensayo sobre el cansancio de Peter Handke, de quien amaba todos sus libros, breves y perfectos, pero sobre todo sus ensayos, más breves y más perfectos. El libro que cito “toma este estado como excusa o punto de partida para hilvanar en primera persona ideas que van más allá del mismo, en un discurso en el que lo que se busca no es tanto lo exacto ni lo riguroso como la relación personal con lo que se explica”. Es lo que dice la editora del libro. Y es cierto.


Muchas veces sentí cansancio en mi vida, no de mi vida. Y no era físico. Se trataba de ese otro cansancio que está en el cerebro pero que se deja sentir en los huesos. Como si fuéramos rehenes de un sobreesfuerzo físico, pero que en realidad se trata de las secuelas que nos deja la tristeza de este mundo metidas tan adentro.

Mi generación se ha vuelto muy comprensiva, sin saber por qué misterio de la naturaleza humana, con los cambios y motores tecnológicos que harán añicos nuestra vida de ayer para ponernos de frente en un mundo ignoto y enigmático.

Un día le dije a un amigo de la juventud que no le correspondía a nuestra generación defenestrar el papel de nuestras vidas, porque siempre lo vi muy comprometido con los productos digitales, un entusiasmo que nunca compartí y que acepté porque los tiempos, obviamente, cambian, para bien y para mal.

Ahora sé que quienes no vivieron en el papel pueden leer versos incluso en una caja de galletas o en el cristal empañado de un autobús. Curiosamente, son los mismos que ahora, agonizando, defienden el trabajo telemático. Sin la conciencia, desgraciadamente, de que en la pantalla del ordenador se nos escapa el ángulo de la mirada.

El filósofo y ensayista surcoreano Byung-Chul Han, que imparte clases en la Universidad de las Artes de Berlín, escribe con acierto: “También el teletrabajo cansa, incluso más que el trabajo en la oficina. Causa tanta fatiga, sobre todo, porque carece de rituales y de estructuras temporales fijas. Es agotador el teletrabajo en solitario, pasarse el día sentado en pijama delante de la pantalla del ordenador. También nos agota la falta de contactos sociales, la falta de abrazos y de contacto corporal con los demás”.

Efectivamente, porque, como diría él, la distancia social destruye lo social. Pero me da miedo cómo abrazamos el teletrabajo y, sobre todo, cómo los profesores justifican estos escenarios laborales y cómo esconden en el reflejo de la pantalla la mirada desvaída de un mundo que les atemoriza.

Hay un cansancio que siempre viene de dentro, de allí donde duermen nuestras frustraciones, los sueños rotos, las esperanzas chamuscadas, sobre todo el miedo a los otros, a los alumnos, a quienes necesitan de nuestra empatía para crecer y estar en el mundo que aprendemos a deshabitar incomprensiblemente cada día.

Y ya no son solo los profesores. Los alumnos también se están acostumbrando a parodiar a sus profesores en sus actos de ausencia y justifican su actitud con el convencimiento de que la vida después, no sabemos cuándo, volverá a ser como lo era ayer. Y no lo será. Porque el sistema cada día más se empeña en segregarnos y en dejarnos en casa a tiempo completo, lejos los unos de los otros, con deberes laborales en demasía y un horizonte de sueños a temperatura ambiente.

Hay un cansancio en nosotros que no es nuevo, que crece y se renueva en nuestras vísceras como si fuera nuevo y no lo es, pero que en realidad venimos acumulando desde el día siniestro que tuvimos conocimiento de la infelicidad. Y ahora la pandemia ha venido a traernos trozos intangibles de aquellos días usurpados y de una morriña sin agujeros que acumula en nuestras venas el tiempo perdido para siempre. La pantalla del ordenador nos encierra en casa y nos aísla del mundo, porque, además, el mundo comienza a ser ya un planeta inexplorado y ausente.

Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano, escribe que también nos agotan las videoconferencias que nos convierten en videozombis, que nos cansa contemplar nuestro propio rostro en la pantalla, porque estamos demasiado tiempo frente a nuestro propio rostro. Pero él ironiza: “No deja de ser una ironía que el virus haya aparecido justamente en la época de los selfis, que se explican sobre todo por ese narcisismo que se va propagando por nuestra sociedad. El virus potencia el narcisismo. Durante la pandemia todo el mundo se confronta sobre todo con su propio rostro. Ante la pantalla nos hacemos una especie de selfi permanente”.

Lo grave de todo, en cualquier caso, es nuestra capacidad de asimilación y de reemplazo de un modo de vida por otro, de hallar en la pantalla del ordenador el espejo de nuestros secretos hasta ahora silenciados, nuestra apuesta interesada y desinteresada al mismo tiempo por un escenario que el teletrabajo reducirá a la cocina de casa. Hay en este convencimiento inconfesable y perverso una rendición íntima de nosotros mismos que no me gusta.

Hay en mí, al menos, un cansancio que intento vencer cada día contra el mundo impostado, telemático, on line o virtual que pretenden imponernos y que, desde luego, en poco se parece a la vida. Al menos a mí, los alumnos me encontrarán siempre en el aula, a esa hora intempestiva que se precipita antes del amanecer y que nos encuentra a todos devorando los últimos ardores del sueño y la sensación siempre luminosa del conocimiento.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

GRUPO PÉREZ BARQUERO


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