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14 de febrero de 2021

  • 14.2.21
Todavía resuenan los ecos de la enorme nevada que se produjo en la mayor parte de nuestro país a principios del pasado mes de enero. Bien es cierto que los que vivimos en el sur de la península no llegamos a sufrir el intenso temporal de nieve y frío que otras ciudades y comunidades conocieron, generando grandes problemas en la gente y llegando a atrapar a conductores en muchas carreteras.


De forma global somos un país cálido, puesto que al encontrarnos en el extremo suroeste de Europa y cercano al continente africano nos libra de los fríos tan penetrantes que padecen algunos de los países del centro y del norte de nuestro continente.

Curiosamente, las nevadas pueden recibirse de dos maneras: como una pesadilla que hay que afrontar puesto que afecta al campo, al trabajo, a las salidas del hogar; o como una gran sorpresa de la que es posible disfrutar, como suele sucederles a los niños que ven una magnífica ocasión para jugar con la nieve.

Habría que apuntar una tercera opción, que es la que impregna a la mirada de los artistas: contemplar la belleza de los campos nevados, dado que es una de las manifestaciones más hermosas que nos ofrece cíclicamente la naturaleza.

Esta es la postura mayoritaria dentro de los pintores. No obstante, hay casos como el del cuadro La nevada, que nuestro insigne Francisco de Goya pintó en 1786 y en el que expresa los efectos de un temporal de nieve sobre un grupo de cinco caminantes que transportan un cerdo ya sacrificado a lomos de un mulo. Son ellos los verdaderos protagonistas de esta escena invernal.

Hemos de tener en cuenta que Goya fue un gran cronista de su época, dado que su pintura abordaba la vida tanto de los estratos más humildes de la sociedad a los personajes de la corte. No es de extrañar, pues, que los protagonistas de este cuadro sean trabajadores sufrientes que tienen que caminar en medio de un gran temporal de nieve para trasladar al animal porque forma parte de su trabajo. No era, pues, la contemplación estética del paisaje nevado lo que conduce al pintor de Fuendetodos a la realización de la obra, tal como acontecería años después con los impresionistas franceses.

El planteamiento de los artistas franceses del siglo XIX sería muy distinto al de nuestro gran pintor: ellos centran su mirada en la singular belleza de los espacios nevados. Así, para los impresionistas galos, no serán los personajes los protagonistas de las escenas que plasman con esa mirada fugaz que los caracteriza, sino los elementos de la naturaleza –caminos, calles, árboles, etc.- que aparecerán rociados con impolutos blancos, convirtiéndose en objetos de admiración por la belleza que muestran al ser contemplados.


Esto ya se aprecia en el lienzo de Alfred Sisley (1839-1899), titulado sencillamente Nevada. El blanco de la nieve que cubre el camino contrasta con los tonos ocres oscuros de los árboles, al tiempo que las figuras de los personajes apenas están insinuadas por el trazado rápido y la pincelada amplia característica de los impresionistas.

Pero sería Claude Monet (1840-1926) el pintor impresionista que registró con mayor frecuencia las intensas nevadas del norte francés. De este admirador incansable de la naturaleza he seleccionado tres cuadros suyos que paso a mostrar.


El más significativo de los que Monet realizó sobre esta temática es el que lleva el nombre de La urraca. Es un lienzo de una enorme belleza, dado que una pequeña ave se convierte nominalmente en la protagonista de la escena. Así, en la magnitud de la nevada que plasmó el pintor galo, el blanco se extiende por todo el cuadro, remitiéndonos al esplendor de un paisaje cubierto de nieve, al tiempo que, en medio de la fría soledad, es posible un soplo de vida plasmada en un pequeño pájaro.


Uno de los rasgos de los impresionistas era la captación de la fugacidad y lo instantáneo a la mirada del artista. Esto daba lugar a que en muchas ocasiones se vieran obligados a terminar sus cuadros en el estudio, donde se articulaban la experiencia directa vivida y la memoria visual para crear una nueva realidad. Es lo que sucede en este lienzo titulado Tren en la nieve que parece acercarse rápidamente al espectador. En la actualidad, la instantánea fotográfica podría recoger esta escena, algo que no era posible en el último tercio del siglo XIX.

En esta ocasión el blanco de la nieve se torna en tonos un tanto impuros por la presencia de la máquina que va desprendiendo humos sucios que impregna el ambiente por el que va pasando. En contraste con los otros lienzos, la naturaleza acaba siendo afectada por la mano del hombre que altera sus propios ritmos.


Monet, durante una época de su vida residió en Argenteuil, una ciudad francesa en la orilla del Sena y situada a 11 kilómetros al noroeste de París. En este lugar son frecuentes las nevadas invernales, por lo que el pintor aprovechó su estancia para plasmar en diversos lienzos la belleza de los espacios cubiertos de nieve. Este, de 1875, que acabamos de ver lleva por título Nevada en Argenteuil. En esta ocasión el blanco de la nieve se torna rosáceo, como si el artista quisiera manifestarnos que la luz del sol empieza a modificar los tonos blanquecinos que cubren el paisaje.

Quisiera cerrar este breve recorrido por la mirada del pintor cuando se enfrenta a situaciones singulares de la naturaleza reiterando que es posible contemplarlas con una visión diferenciada a las que llevan a cabo la mayoría de la gente que se centra en los aspectos más tristes o sombríos. Paradójicamente, en medio del desastre es posible encontrar un trozo de belleza.

AURELIANO SÁINZ

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