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17 de enero de 2021

  • 17.1.21
Tradicionalmente, uno de los rasgos del carácter de las personas que genera mayor admiración es el de la valentía, como se demuestra que a lo largo de la historia y en las distintas culturas se haya expresado la fascinación que suscita quien posee los valores del coraje y la fuerza interior para enfrentarse a las situaciones difíciles.


Esto lo vemos cuando comprobamos que una parte significativa de los grandes relatos que configuran el imaginario colectivo que da identidad a los distintos pueblos es la apelación a los héroes, ya que son referentes que sirven como modelos a admirar y a imitar. Se nos muestran como seres dotados de cualidades especiales, muy por encima del resto de los mortales. En ellos el miedo parece que no hace mella, por lo que los entendemos carentes de este sentimiento negativo que paraliza a las personas.

De este modo, cada país, cada cultura, tiene varios personajes, reales o míticos, que sirven para aportar sentido de pertenencia a esa comunidad. Tradicionalmente, han sido los militares o los guerreros los que se encontraban en ese reducido grupo de celebridades de los que se habla de ellos con gran respeto, por lo que es habitual recordarles homenajeándoles con esculturas o bustos que perpetúen sus memorias. Son nombres que casi nos salen espontáneamente, puesto que han quedado grabados en nuestra memoria como símbolos y paradigmas del valor y el coraje.

Lamentablemente, en esa amplia pléyade heroica no cabe el género femenino; pareciera que el valor y el coraje son atributos exclusivamente masculinos, dado que la mujer quedaba tradicionalmente relegada a los valores maternales y domésticos, por lo que se la ha considerado como un ser inseguro, frágil y temeroso, necesitado del apoyo masculino para que pueda transitar con cierta seguridad por la vida.

Esta injusta valoración en los últimos tiempos ha sido muy cuestionada, puesto que el valor estrictamente asociado al ámbito castrense o a profesiones de alto riesgo ha perdido parte del peso que había tenido tradicionalmente. Ahora consideramos que no es necesario encontrarse dentro de conflictos bélicos o de alto riesgo físico para mostrar una actitud de fortaleza y decisión, entendiendo, de este modo, la valentía como una cualidad que en principio todos podemos tenerla, ya que también está ligada también a valores como la capacidad de resistencia, la sinceridad y la honestidad.

Y es que tal y como decía el psiquiatra Carlos Castilla del Pino: “No hay que ser un héroe. Ya es bastante con vivir el día a día”. Con esto, alguien que conocía bastante bien la mente humana, nos venía a decir que, en ocasiones, la propia vida nos coloca ante situaciones tan difíciles y adversas que hay que tener un gran coraje para salir bien parados de esos estados en los que no quisiéramos vernos.

Siguiendo este nuevo criterio, en la portada ha aparecido Nelson Mandela, Premio Nobel de la Paz en 1993. No es necesario que diga nada de la valentía de este hombre de raza negra que estuvo encarcelado durante 27 años por su oposición al régimen racista que existía en su país: Sudáfrica.


Pero no debemos olvidar que un año antes que, en 1992, una mujer indígena, de la etnia maya quiché, la guatemalteca Rigoberta Menchú había recibido también premio Nobel de la Paz. Y en este caso, quienes conocemos la historia más reciente de Guatemala y hemos estado en conexión con las comunidades campesinas mayas sabemos el enorme coraje que hay que desplegar en un país en el que la población indígena era y es sometida a las sistemáticas violaciones de los derechos humanos.

De cualquier forma, no es necesario tener la enorme resolución de estos dos grandes personajes para mostrar valores como la entrega, la entereza y la honestidad, dado que en estos tiempos de pandemia hemos aprendido a afrontar dignamente el trabajo en una situación colectiva enormemente adversa y desconocida.

Son ejemplo de ello los profesionales sanitarios, los cuidadores de mayores, los docentes y todos aquellos que soportan distintas situaciones infaustas (paros, cierres, aislamientos, enfermedades, fallecimientos, etc.) Y es que el esfuerzo responsable y la superación del miedo acaban siendo fundamentos de la valentía.

A todo esto habría que añadir la virtud de la empatía con los que se encuentran en las situaciones más adversas, ya que una valentía egoísta, que no considera a los demás, en última instancia se muestra como una expresión del narcisismo personal, base de la intolerancia o del fanatismo, por no decir la bravuconería, tal como la hemos visto y sufrido en un personaje tan nefasto cono Donald Trump, para quien las mentiras eran sencillamente unos meros instrumentos para alcanzar o mantenerse en el poder.

Entendemos, de esta forma, a la valentía como virtud humana que supone una actuación responsable, cargada de altruismo y de generosidad. Esto no implica que las personas que actúan bajo estos valores no sientan ningún tipo de miedo y no tengan en cuenta sus propias necesidades, puesto que es casi imposible que un acto que implica riesgo o posibles pérdidas personales no asomen los sentimientos menos deseables que subyacen en todos nosotros.

Por otro lado, hemos de considerar que los valores humanos no están aislados unos de otros. Así pues, en estos tiempos, cualidades como el compromiso, la prudencia, la paciencia, la empatía, etc., deben ser asumidos; no como rasgos que colindan con el miedo o la cobardía, sino con algo tan sencillo como es la sensatez y el sentido de que los héroes de este tiempo son aquellos o aquellas que asumen conscientemente su trabajo en estos tiempos con unos riesgos que mirando hacia atrás no los conocíamos.

Y es que no podemos esperar, tal como se nos contaba en los relatos heroicos o como hemos visto cientos de veces en el cine, a que venga un ser singular o con dotes sobrenaturales venga a solucionar un problema colectivo como es la pandemia en la que nos encontramos inmersos. Ahora es responsabilidad de todos salir de este atolladero.

AURELIANO SÁINZ

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