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2 de diciembre de 2020

  • 2.12.20
Vimos en el artículo anterior como, entre los siglos XVII y XIX, empresarios y comerciantes españoles fraguaron sus inmensas fortunas mediante la trata y/o el uso de esclavos negros. Pero, previamente, la esclavitud era una realidad cotidiana y plenamente aceptada en los reinos de la península ibérica.


Como podemos comprobar con lo afirmado por Sancho Panza: “¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá más que cargar con ellos y traerlos a España, donde los podré vender y adonde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar algún título o algún oficio con que vivir descansando todos los días de mi vida?”. 

Los esclavos eran principalmente “los otros”, los diferentes en religión o cultura: musulmanes (moriscos, magrebíes y otomanos) y negros eran esclavizados en los reinos cristianos; los negros y europeos cristianos eran esclavizados por los musulmanes. Se utilizaban fundamentalmente para tareas domésticas, agrícolas o trabajos artesanales, pero también como esclavas sexuales o eunucos, etcétera.

Al final de la Edad Media, la esclavitud (en un sentido estricto) prácticamente ha desaparecido en Europa, excepto en la península italiana, en los países del reino de Aragón, en algunos lugares de Portugal y de Castilla y, sobre todo, en Andalucía. 

Tal y como sugieren las investigaciones de Alfonso Franco Silva, catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Cádiz, Sevilla ocupó una posición preminente en el negocio esclavista, que además se vio acrecentado con el descubrimiento de América. Al puerto de Sevilla llegaban esclavos berberiscos, guanches y negros que eran vendidos por las calles.


Algunos esclavos, muy pocos, consiguieron eludir su dramático destino. El que aquí vemos, magistralmente retratado, es Juan de Pareja, morisco natural de Antequera, que perteneció a Diego Velázquez en calidad de esclavo hasta 1650 en que fue manumitido, eso sí, con la condición de permanecer a su servicio durante cinco años más.

Gracias a su nueva condición de liberto pudo dedicarse profesionalmente a la pintura, aprovechando los conocimientos obtenidos en los largos años como esclavo del pintor sevillano. Y entre sus obras hay una Vocación de San Mateo (en el Museo del Prado) en la que aparece autorretratado en el extremo izquierdo de la imagen.

Es curioso, y significativo, observar las diferencias de rasgos y color entre las dos representaciones del mismo rostro. Juan de Pareja se ha querido mostrar con la tez más clara y con una fisonomía más “europea”. Aunque en el retrato de Velázquez el sujeto está revestido de gran dignidad, a pesar de su condición de esclavo, Juan de Pareja es consciente de que sus facciones y el color de su piel lo pueden situar en la marginación social al hacer patente su origen étnico. Y decide “blanquearse”, como Michael Jackson, entre otros muchos.

Otro esclavo que alcanzó la emancipación y destacó de forma notable fue Juan Latino: procedente de Etiopía y vendido, junto a su madre, en el mercado de Sevilla. Fue comprado por la viuda de El Gran Capitán y llegó a ser, en su madurez, catedrático de Gramática y una figura muy relevante en el entorno cultural de la época –es incluso mencionado en los sonetos de introducción al Quijote–.

Pero creo que a quienes realmente debemos destacar es a todos aquellos que lucharon para acabar, o al menos intentarlo, con esta terrible lacra que convierte a las personas en meras cosas. Todos aquellos que pensaron que la dignidad y libertad humanas no pueden menoscabarse con la justificación de las diferencias étnicas o de creencias religiosas.

Hay algunos precedentes que aparentan una cierta voluntad de evitar la esclavitud. En 1435, Eugenio IV, jerarca máximo de los católicos, prohíbe esclavizar a los nativos de las Islas Canarias, pero solamente a los que se conviertan al cristianismo. En 1493, Isabel, reina de Castilla, prohíbe la esclavización de nativos americanos, pero en 1512 las leyes de Burgos establecen el régimen de las “encomiendas” y en 1542 el “repartimiento” que constituyen, de hecho, verdaderos trabajos forzados.

Bartolomé de las Casas, con la publicación en 1553 de su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, se convierte en un auténtico precursor de los derechos humanos. Ya a finales del siglo XVIII, se extienden en Europa las ideas sobre la abolición y ésta se produce efectivamente en Inglaterra (1833), Francia (1848), Estados Unidos (Enmienda de la Constitución de 1865). 

En España, los diputados Alcocer y Argüelles proponen incluir la abolición en la Constitución elaborada por las Cortes de Cádiz, pero fracasan. José María Blanco White fue otro de los defensores del abolicionismo. 

En 1865 se crea en Madrid la Sociedad Abolicionista por Julio Vizcarrondo y de la que formaron parte Práxedes Mateo Sagasta, Emilio Castelar y el escritor Juan Valera. No duró mucho: al año siguiente, el Gobierno del general Narváez ordenó su cierre. La revolución de 1868 posibilitó su recuperación con figuras tan destacadas como Nicolás Salmerón, Estanislao Figueras, Manuel Becerra y José Echegaray. En ese mismo año, Céspedes y otros propietarios cubanos liberan a sus esclavos en Cuba.

No lo tuvieron fácil, pues los intereses de los esclavistas eran poderosos y contaban con amplios apoyos políticos sin ser el menor el de Antonio Cánovas del Castillo. Finalmente, en octubre de 1886, el Gobierno dispuso la total abolición de la esclavitud en Cuba, último territorio colonial español en el que estaba vigente.

En 1888 se decreta la abolición en Brasil, último país americano en hacerlo, aunque todavía quedaban regímenes esclavistas en otros lugares del planeta como Arabia Saudí (hasta 1962), Emiratos Árabes Unidos (1964), Omán (1970) o Mauritania (abolición en 1981).


Y nuevas formas de esclavitud fueron surgiendo, como los campos de trabajo de la Alemania nazi o la despiadada explotación de los prisioneros de guerra por parte del Gobierno del general Franco. Y con las mismas justificaciones ya utilizadas en el pasado: la redención de penas por el trabajo.

Paul Preston nos cuenta que, ante la escasez de mano de obra en la España de postguerra, los prisioneros eran alquilados, como mano de obra forzada, a grandes empresas privadas –Banús, San Román, Huarte, Agromán, Dragados, Duro Felguera, Astilleros de Cádiz, etcétera, etcétera– que obtuvieron fortunas inmensas gracias al trabajo esclavo.


La esclavitud continuó y continúa de diversas formas –trabajos de construcción e industriales y, como en el pasado: tareas domésticas, agrícolas y sexuales–. Cambian los nombres, pero siempre con la realidad de unos seres humanos sometidos a discriminaciones legales, salariales, de capacidad de movimiento... 

Ciudadanos privados de decidir sobre su destino y sometidos a la voluntad de otros que carecen de empatía y no tienen otro objetivo que la codicia y la satisfacción de sus deseos. Eso sí, siempre se podrá justificar, hipócritamente, con las diferencias culturales o étnicas.

JES JIMÉNEZ

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