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7 de diciembre de 2020

  • 7.12.20
Hemos andado todos estos años con la muerte al lado, como si nos importara nada, sin darle la importancia que realmente tiene: fin de ciclo. No iba con nosotros. En la sociedad se instaló el culto a la productividad, al beneficio, a la belleza. No cabían en esta nueva estética el dolor ni la enfermedad, la imperfección ni mucho menos la muerte. Las residencias de ancianos representaban el escenario idóneo donde abandonar a nuestros mayores. Libres una vez más de obligaciones innecesarias, la vida se abría a nuestros pies como el edén soñado.


Pero de golpe, la pandemia nos mostró de nuevo el rostro de la muerte. La creíamos arrinconada en los bajos de este edificio incólume de la producción y, de pronto, como un terremoto que mueve todas las fichas de este dominó del éxito, el exterminio posible mostró sus garras apretando nuestras gargantas. Otra mirada al vacío nos cambiaría para siempre.

El escritor francés Frédérie Beigbeder ha escrito: “Las enfermedades contagiosas no se han inventado en 2020. He pillado gripes, gastroenteritis, enfermedades de transmisión sexual. La noche me ha ofrecido siempre aquellos regalos asquerosos que descubría el día siguiente de la fiesta. Y aún así sonrío con nostalgia solo de pensar en esos microbios. ¿Por qué nos la pelaba en 1985 y hoy nos cagamos de miedo hasta el punto de parar la vida de países enteros?”.

Tal vez, y no es poco, porque ahora hemos tomado consciencia y conciencia de que, en realidad, podemos ser rehenes de cualquier enfermedad y de toda muerte en cualquier instante. Porque la fragilidad de la existencia ha debilitado nuestra enajenación por la belleza suprema, por los paisajes más exóticos, por los rendimientos económicos plausibles pero prescindibles.

Incluso ya no se trata de morir, sino de morir bien, sin dolor, rodeado de los seres queridos. Montse Esquerda, experta en duelo, teme que nuestras prisas por pasar página hagan que el dolor de esta crisis quede encapsulado. Ella dice: “Conseguir que la gente muera bien no es un tema solo del sistema sanitario, sino de la sociedad, que lo acepte”.

Claro, que la sociedad lo acepte. Que nosotros lo aceptemos. ¿Morir es un fracaso, una necesidad, una adicción, un ensueño, otra etapa de un camino que apenas hemos recorrido? La vida, en sí misma, sigue siendo una incógnita a cuyo conocimiento nos sometemos cada día. Cada día es un arma muy vulnerable para luchar solos cada uno y juntos todos contra la pandemia.

Dice Esquerda: “Aún hoy en día se nos mueren los pacientes. No se mueren, se nos mueren. La muerte con dolor sí es un fracaso, pero la muerte en sí misma no lo es. Si no, fracasaríamos al 100%”. Antes, Motse pensaba, como cada uno de nosotros, que la pandemia nos había abierto los ojos ante la muerte. Ahora cree que no: “Con las muertes que hemos tenido, debe de haber más de 100.000 personas en duelo, pero son difíciles de visualizar”.

Cada cual encapsulado en su propio duelo, en espacios compartimentados, sin rasguños en estas heridas del alma, adheridos a una soledad sin brechas, que no nos purifica, sino que nos hunde en el marasmo del delirio más íntimo y más desasosegado. Morir en soledad. Morir con dolor. Antes sabíamos que muchos seres humanos vivían en soledad. Ahora también mueren en soledad. Antes vivían con dolor. Ahora también mueren con dolor.

La pandemia nos ha arrancado la máscara del rostro y la ha sustituido por la mascarilla, y ahora vemos que la tragedia ajena también nos es propia, que nadie escapa al nubarrón del exterminio, a la sospecha legítima de reconocer que el sistema se está cayendo a nuestros pies.

Mortse Esquerda reconoce que la pandemia ha creado situaciones muy deshumanizadas, que ha habido momentos en los que no había elección entre dejar morir con dolor o morir en soledad, o las dos cosas al mismo tiempo. Dice: “Una alumna nos comentaba el frío que hacía en el hospital de Ifema, o que las personas no tenían enchufe junto a sus camas. Muchos profesionales se llevaban 20 móviles para cargar en casa. Metafóricamente, los profesionales nos hemos llevado muchos móviles para casa para compensar esta falta de enchufe”.

Todo, obviamente, en lenguaje figurado. En nuestra vida vulgar, arrancarnos el móvil de las manos es sacarnos el corazón a pecho abierto, sin anestesia, dejarnos solos cruzando la última noche invernal de los días que restan a la existencia. Morir sin dolor y sin soledad tal vez ya sea un lujo para ricos, una aspiración inocente de las clases medias que se derriten y desaparecen con cada crisis.

Nos quedamos después viendo las vías vacías de un tren que no está en ninguna parte, como si despertáramos de un sueño que nos han usurpado en la noche y nos dejan desnudos con la vida a secas, con la enfermedad mordiendo el aire que respiramos, con la sombra de la muerte torciendo las calles del viejo París, como diría la canción, torciendo aquellas calles que alimentaban los amores más inhóspitos y los vendavales más íntimos de los que no lográbamos ni queríamos salir.

La noche, siempre, es una moneda con su cara y su cruz. Ahora, desde adentro de la casa, resguardados de la intemperie, la noche no esconde ya momentos mágicos, porque solo miramos impacientes a que rompa el día, aunque también esté nublado.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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