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10 de noviembre de 2020

  • 10.11.20
El personaje de Mafalda me conmovió siempre y, aunque parezca mentira, lo he sentido como si fuera un personaje real. Sin embargo, pensándolo bien, se trata de una niña tan perfecta que sería imposible que existiese alguien como ella.


Hace unas semanas Mafalda quedó huérfana y Quino nos dejó a todos un poco abandonados. El dibujante hizo sus tiras de comic desde 1964 hasta 1973, pero Mafalda siempre será una niña eterna, al igual que su manera de ver el mundo. Sus ideas sobre los poderosos y los humildes, sobre la libertad y la vida o sobre los derechos humanos nunca pasarán de moda. 

La característica principal de mi querida Mafalda no es otra que la de adoptar un punto de vista adulto, pero con una inocencia infantil. Esto la hace profundamente dulce y humana. Mafalda está en todas las tragedias humanas. Y mira que son muchas. Demasiadas.

La niña reflexiona de forma que hace que su propio pensamiento nos perturbe por medio de textos muy breves. Así, con “Comienza un día con una sonrisa y verás lo divertido que es ir por ahí desentonando con todo el mundo” hace una crítica feroz al mundo y a la sociedad que nos rodea. Cuando quiere ser política lo es: “Señores, no es cuestión de romper estructuras, sino de saber qué hacer con los pedazos”; o antipatriarcal: “Lo malo de la familia humana es que todos quieren ser el padre”.

La sabia Mafalda decía que “la mejor edad de la vida es estar viva”. Ella lo está y lo seguirá estando eternamente: sus tiras humorísticas siempre estarán de actualidad porque nada ha cambiado en este mundo en 56 años que cumplía Mafalda hace unos meses.

La nena terrible, simpática y muy atrevida deslumbró a jóvenes y mayores. Porque Mafalda no es una niña cualquiera: es un compromiso con la humanidad; le preocupa tanto el mundo que no entiende cómo los adultos pueden hacerlo tan mal. 

Combina la inocencia de su mundo infantil con unos altos ideales. Es una luchadora social que comunica sus ideas desde su sillita con una inocente falta de inocencia. Joaquín Salvador Lavado (Quino) reflexiona a través de su personaje del mundo y de las gentes que lo habitamos.

Mafalda nació hace más de cincuenta años, pero sus pensamientos son muy actuales. Ha sido combativa en temas relacionados con la guerra, la maternidad, la niñez y también el feminismo. Mafalda: femenino singular es una recopilación de las viñetas que hizo Quino y convierten a su personaje en una niña que lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. 

Está tan presente hoy en día como hace cincuenta años, pues todo lo que denunciaba sigue de la misma forma. El mundo que Quino, a través de su Mafalda, acusa de esa manera tan dura y triste sigue estando igual que antes, con las mismas miserias que manifestaba nuestra protagonista. Por eso está tan vigente su legado.

De niña leía las viñetas de Mafalda y el gato Garfield, de Jim Davis. Me identificaba totalmente con Mafalda: yo no era de príncipes y princesas. Aunque los temas más universales y algunas otros no los entendía, esa rebeldía y, sobre todo, esa curiosidad, esas preguntas inteligentes y con doble sentido, me acabaron acercando al personaje. 

Se hacía preguntas sobre las injusticias, los peligros que acechaban y acechan a la tierra, la relación de esta sociedad con respecto a la mujer... Lo que más me gusta de ella, ahora que no soy tan niña y sigo leyéndola, es esa impertinencia y esa divina curiosidad. Esa misma rebeldía frente a la monotonía que hacía que odiara la sopa es la que tendríamos que mostrar todos frente a las injusticias de este mundo.

Se quedó en mi corazón y en el de mucha gente, posiblemente porque trata temas cotidianos: las relaciones entre padres e hijos, entre amigos. La familia de Mafalda es como la de muchos de nosotros, con sus defectos y sus virtudes.

Gabriel García Márquez, el Nobel de Literatura, escribió sobre Quino en 1992: “Lleva muchos años demostrándonos que los niños son los depositarios de la sabiduría. Lo malo para el mundo es que, a medida que crecen, van perdiendo el uso de la razón; se les olvida en la escuela lo que sabían al nacer; se casan sin amor, trabajan por dinero, se cepillan los dientes, se cortan las uñas y, al final, convertidos en adultos miserables, no se ahogan en un vaso de agua sino en un plato de sopa. Comprobar esto en cada libro de Quino es lo que más se parece a la felicidad”. Nada más que añadir. 

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