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1 de noviembre de 2020

  • 1.11.20
Una de las cuestiones que siempre ha inquietado al ser humano es el constante e imparable transcurrir del tiempo, por lo que ha buscado los distintos modos de comprenderlo, de controlarlo o, si fuera preciso, de derrotarlo. Pero, en esta época de pandemia, cada vez sentimos con mayor intensidad que nos encontramos atrapados en un tiempo del que deseamos salir lo más pronto posible, recordando aquel en el que nos movíamos cotidianamente sin las amenazas ni las restricciones que ahora forman parte de nuestras vidas o con la esperanza de que entremos en una especie de normalidad con el coronavirus controlado.


El vocablo tiempo tiene muchos modos de interpretación, pero podemos entenderlo como los cambios y transformaciones que se producen en la realidad externa, o física, y en la mental, o psicológica, de cada uno de nosotros. Bien es cierto que para la externa nos guiamos por instrumentos que hemos creado como son los relojes; pero esto no deja de ser una convención humana, dado que la naturaleza no presenta unidades de medida.

Quizás el tiempo mental o psicológico, individual o colectivo, sea el que más incide en nuestras emociones, de ahí que para poder conciliarse con su transcurrir los humanos crearan deidades que les ayudaran a ejercer ese control que en la realidad física no pueden hacerlo.

Emocionalmente, solemos dividir el tiempo en tres modalidades: pasado, presente y porvenir o futuro. Si, por ejemplo, nos detenemos a pensar, cualquier instante en el que nos encontremos inmediatamente se convierte en pasado, de modo que para vivir en el presente tenemos que olvidarnos de él o imaginarlo como el periodo o duración comprendida en distintos momentos. Así, nos resulta posible hablar de la mañana, de la tarde, de la noche o del día para tener la sensación de estar en el presente.

Paradójicamente con nuestro modo de pensar y de sentir, el gran físico Albert Einstein nos dice que el tiempo no existe objetivamente dentro de la estructura de la materia y la energía que configuran el universo, por lo que sostiene que es una invención humana. Y habrá que creer a esta mente privilegiada de que el tiempo como tal no existe; pero las personas no podemos entender la realidad que nos envuelve sin aceptar un pasado, un presente y un futuro en el que creemos vivir.

Pero comenzamos a entender y a sentir el inapelable paso del tiempo cuando nos hacemos conscientes de que los seres vivos, y entre ellos nosotros, tienen un origen y un final, es decir, que nacen y les llega un momento en el que fallecerán. Este sentimiento de fugacidad temporal lo plasmó de modo magistral Salvador Dalí cuando pintó La persistencia de la memoria, imagen con la que he ilustrado este escrito, ya que ni siquiera los relojes sobreviven en ese despiadado viento que nos arrastra a todos.

Sobre esta cuestión el suizo Jean Piaget, padre de la psicología evolutiva, en sus estudios de la mente infantil llegó a la conclusión de que las preguntas sobre la muerte en los niños suelen aparecer a los 7 u 8 años. Hasta esos momentos se tiene el sentimiento de eternidad, o mejor dicho, de que no existe un final definitivo para las personas.


Tal como he apuntado, en ese deseo de dominar el tiempo, los humanos en las distintas culturas crearan dioses para saber que hay un ser superior que tiene su control y dominio. De ahí, por ejemplo, que en la antigua Grecia atribuyeran estos poderes al dios Cronos, y que trasladado al mundo latino fuera Saturno, dios también de la agricultura y las cosechas.

La representación de Cronos, o de Saturno, ha sido habitual en la pintura clásica. Una de ellas es la del pintor italiano Giovanni Romanelli (1610-1662), titulada Cronos y su hijo. Este lienzo adquiere su verdadero sentido a la mirada del adulto, puesto que, como sabemos, los pequeños hasta cierta edad carecen de sentido del tiempo, viviendo felizmente en el presente. Esta es una de las razones por las que siendo mayores, en ocasiones, se eche una mirada nostálgica hacia la infancia como tiempo feliz en el que se vivieron los años de la inocencia.

Así, Romanelli nos presenta a un dios envejecido y alado portando una guadaña, instrumento que se utilizaba en la recolecta de las cosechas. En su eterno vuelo, porta a su hijo, un bebé que cogido por una pierna se nos muestra aterrorizado ante la velocidad en la que se mueve el dios-padre. Contemplamos, pues, la infancia y la vejez, como los dos extremos de la vida humana y de los que no es posible desprenderse, puesto que ellos configuran la realidad de la existencia.

Aparte de las obras plásticas, podemos preguntarnos: ¿Qué nos dicen los distintos autores sobre la experiencia del tiempo, es decir, del pasado, del presente y del futuro?

En el campo de la literatura podemos acudir a obras cuyos títulos ya nos anticipan el valor que se le da al tiempo por parte de sus creadores. Así, la genial obra del autor francés Marcel Proust En busca del tiempo perdido no deja de ser una mirada atenta y nostálgica sobre el pasado que se fue. Otras como La caída en el tiempo, de Emil Cioran, filósofo francés de origen rumano es una manifestación abierta del pesimismo que él desarrolla a lo largo de sus obras.

Las ideas sobre el tiempo son tan variadas como el pensamiento y el carácter de quienes han escrito sobre este aspecto de la realidad que asumimos como una condición de la existencia. Es por lo que me parece adecuado realizar una selección de breves frases que nos muestran distintas miradas sobre el tiempo y la condición humana.

Sobre el pasado, esa época que se nos ha ido de las manos, y que la recordamos con nostalgia o con pesadumbre, podrían ser:
  • “No querer saber lo que ha ocurrido antes de nosotros es como seguir siendo niños” (Cicerón). 
  • “El pasado siempre está presente” (Maurice Maeterlinck).
  • “Cuando decimos que todo pasado fue mejor, condenamos el presente” (Francisco de Quevedo). 
  • “Nadie puede cambiar su pasado, pero todo el mundo puede contarlo al revés” (Noel Clarasó).
Optimismo y pesimismo se mezclan cuando miramos hacia el pasado, pues, ciertamente, la vida es una mezcla de gratos y tristes recuerdos. Es lo que encontramos también en la descripción del presente:
  • “Imagina que cada día es el último que brilla para ti, y aceptarás agradecido el día que no esperabas vivir ya” (Horacio). 
  • “El futuro nos tortura y el pasado nos encadena. He aquí por qué se nos escapa el presente” (Gustave Flaubert). 
  • “No perdáis el tiempo ni en llorar el pasado ni en llorar el porvenir. Vivid vuestras horas, vuestros minutos. Las alegrías son como las flores que la lluvia mancha y el viento deshoja” (Remy de Gourmont). 
  • “Se me encoje el corazón al pensar cómo todo pasa sin apenas dejar huella” (Giacomo Leopardi).
El futuro o el porvenir quizás sea el tiempo no conocido que, por un lado, nos inquieta, pero, por otro, en él proyectamos nuestros sueños y nuestras esperanzas:
  • “Solo las figuras cargadas de pasado están ricas de porvenir” (Alfonso Reyes). 
  • “Me gustan más los ensueños del futuro que las historias del pasado” (Thomas Jefferson). 
  • “Me gusta el futuro porque en él voy a pasar el resto de mi vida” (Charles F. Kettering). 
  • “Cada día morimos y cada mañana volvemos a nacer: cada día es una vida” (Edward Young). 
  • “El futuro está oculto detrás de los hombres que lo hacen” (Anatole France).
Aparte de la descripción del pasado, el presente y el porvenir, también podríamos hablar del tiempo como ritmo de la vida que llevamos ahora y el que se desarrollaba en épocas pasadas. En la actualidad, la aceleración, la urgencia, la novedad y el ritmo demencial están presentes en una forma de existencia que nos deshumaniza. Así, la obsesión continua por la novedad, sin la forma pausada que nace de la tradición, nos ha llevado a un terreno en el que el impacto de las nuevas tecnologías y el afán de consumo nos envuelven sin dejarnos tiempo para la reflexión… Pero esto sería otro tema sobre el que hablar.

AURELIANO SÁINZ

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