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29 de octubre de 2020

  • 29.10.20
El 26 de octubre de 1898, justo hace 122 años, Santiago Ramón y Cajal se lamía las heridas que le había infligido la pérdida de los últimos territorios de Ultramar. Unas heridas que, además, le afectaron en lo personal, pues había servido como médico en uno de los conflictos que asoló este territorio en las últimas décadas del siglo XIX.


Esta luminaria de la Ciencia española, aparte de ser un gran científico, era un patriota en un tiempo en el que eso era una virtud. En Recuerdos de mi vida, Cajal recuerda el año 1898 de la siguiente manera: “Fue el año de la funesta y vesánica guerra con los Estados Unidos; guerra preparada por la codicia de nuestros industriales exportadores, la rapacidad de nuestros empleados ultramarinos y el orgullo y cerril egoísmo de nuestros políticos”.

El afamado científico se sintió en la obligación moral de acudir a la llamada de la prensa, en especial de El liberal y Vida Nueva, que solicitaron a intelectuales y profesionales españoles que dieran su opinión sobre el desastre y la dirección del país.

Uno de los diferentes textos que publicó se conserva en la Biblioteca Nacional de España y es consultable aquí. Su presentación por parte de El liberal no pudo ser más crítica con la sociedad española: “Prosiguiendo nuestra tarea da dar a conocer lo que piensan, sobre la situación de ruina en que ha caído España, los hombres más eminentes de nuestra ciencia, publicamos hoy las opiniones del Dr. D. Santiago Ramón y Cajal, catedrático de Histología e Histoquimia normales, cuyos méritos insignes están tan probados, que fueron los primeros los extranjeros en descubrirlos y en estimarlos”.

Su posición con respecto a las causas del resultado de la guerra era clara: “Hemos caído ante los Estados Unidos por ignorantes y por débiles. Éramos tan ignorantes, que hasta negábamos su ciencia y su fuerza. Es preciso, pues, regenerarse por el trabajo y por el estudio”.

Sus remedios a los males de España reflejan su participación en el movimiento regeneracionista: “Renunciar para siempre á nuestro matonismo, á nuestra creencia de que somos la nación más guerrera del mundo. Renunciar también á nuestra ilusión de tomar por progreso real lo que no es más que un reflejo de la civilización extranjera; de creer que tenemos estadistas, literatos, científicos y militares, cuando, salvo tal cual excepción, no tenemos masque casi estadistas, casi literatos, casi sabios y casi militares”.

Esta y otras opiniones le valieron terribles críticas. En su mencionada autobiografía señala con amargura: “Los regeneradores del 98 sólo fuimos leídos por nosotros mismos: al modo de los sermones, las austeras predicaciones políticas edifican tan sólo a los convencidos”. ¡Actualidad absoluta!

Cajal no tenía la verdad absoluta, pero en algo contribuyó, como otros de su generación. Y no fue la primera vez. Una de las grandes polémicas de la Ciencia española es la que le enfrentó a Jaime Ferrán durante una epidemia de cólera en 1885. Cajal realizaba su actividad docente e investigadora en la Universidad de Valencia, y fue allí donde empezó a dudar de la eficacia de una vacuna propuesta por Ferrán.

Al respecto, Cajal afirmó en su autobiografía: “Como de costumbre, mostróse en el debate ese dualismo irreductible de viejos y jóvenes, de misoneístas y filoneístas […]. En fin, ciertos devotos fervientes de Ferrán llevaron su celo higiénico hasta organizar un comité o sociedad encargada de hacer propaganda, fabricar en grande escala la vacuna, gestionar del Gobierno y de las autoridades autorización para ensayar la nueva inmunización y, en fin, una vez logrado el permiso, efectuarla sistemáticamente en todas las provincias atacadas”.

Ese “comité” presionó a Cajal, que ya contaba con cierto reconocimiento, pero que todavía no había realizado sus trabajos más revolucionarios. La cuestión llegó a la prensa y la presión social fue importante: “Pocos conservamos, durante aquella efervescencia pasional, la serenidad de espíritu necesaria para juzgar, donde los intereses luchaban con más encarnizamiento que las ideas, la serenidad de espíritu necesaria para juzgar”.

Llegados a este punto, Cajal realizó un experimento que trató de demostrar los riesgos de la vacuna de Ferrán. Al final, un informe enviado al ministro de Gobernación, Francisco Romero Robledo, ocupando ya plaza en Zaragoza, dio el tiro de gracia a la vacuna de Ferrán, que no obtuvo apoyo internacional alguno. Todavía hoy, no faltan quienes continúan la citada polémica, como podemos ver en el medio supremacista catalán 'Nacional.cat'.

Hemos comprobado en los dos ejemplos anteriores que muchos intelectuales y profesionales de prestigio, entre ellos Cajal, se vieron en el pasado en la obligación de participar en la vida pública en tiempos de crisis y catástrofe.

Hoy, los intelectuales y profesionales españoles tienen ese mismo deber moral de contribuir con sus opiniones motivadas a mejorar la realidad política, económica y sanitaria española. Pero… ¡ay, amigo! ¡En el siglo XIX no había redes sociales! ¿Quién se va a atrever a criticar al gobierno “progresista”? Si Ferrán logró polarizar a parte de la sociedad en el siglo XIX, ¿qué no hubiera hecho hoy con Facebook, Twitter y otras redes sociales?

En nuestro actual contexto de pandemia, los científicos que criticaron al Gobierno en la prestigiosa revista The Lancet han sido acusados de ser ‘agentes del fascismo’. Del eminente doctor Pedro Cavadas se afirma que es una “eminencia en lo suyo”, pero que “zapatero a sus zapatos”, al tener una especialidad alejada de la Epidemiología. Y a la que sí es epidemióloga, Margarita del Val, se le acusa de “chochear”. Solo por hablar de cabezas visibles.

No suelo ser amigo de hacer caso a la prensa extranjera en sus opiniones de España. No lo voy a hacer ahora. Sin embargo, sí critico a quien usa un periódico extranjero para atizar al oponente y, después, lo rechaza o ignora según su conveniencia. The Financial Times ha criticado la gestión de Fernando Simón al frente del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES).

¿Hablan los británicos con el elemento que tienen de primer ministro? ¿Serán franquistas? Tampoco pueden opinar, según los pseudoprogresistas. Todo por defender a un epidemiólogo sobrevalorado como Fernando Simón., que no deja de ocupar un puesto de confianza política, como es la Dirección del CCAES.

El CCAES es un órgano dependiente del Ministerio de Sanidad. Como puede comprobarse en la relación de puestos de trabajo del personal funcionario del Ministerio de Sanidad –no consta personal laboral en su relación de puestos de trabajo–, este órgano cuenta con once funcionarios, de los que uno es el director, mientras que otros cuatro ocupan puestos de jefatura. También cuentan con un secretario. De acuerdo con estos documentos, actualizados en septiembre de 2020, el CCAES solo cuenta con cinco técnicos especialistas.

De acuerdo con su orden de creación, el CCAES tiene como misión coordinar la información, procedente tanto de las redes existentes como de otras fuentes no integradas, y los sistemas de respuestas ante situaciones de crisis y emergencias para la salud y consumo de forma permanente, las 24 horas del día y todos los días del año. ¡Con once funcionarios, de los que solo cinco son técnicos!

Incluso aceptando que debe coordinarse con otros organismos estatales y autonómicos, así como que puede haber personal o servicios externos no contemplados, salta a la vista que el CCAES no anda sobrado de personal, con casi el mismo número de superiores que técnicos. Administración española en estado puro.

Por tanto, en redes, en la prensa e, incluso, en discursos políticos, se ataca a expertos, a profesionales e intelectuales críticos por defender a un organismo público infradotado de personal, y representado por un epidemiólogo que ocupa un puesto directivo y, por tanto, de confianza política. Y que dicho sea de paso, ha errado en no pocas ocasiones.

¿Cómo es posible avanzar si, cada vez más, la polarización política reprime a los que más debemos escuchar? Las postcensura es una realidad que dificulta el libre desarrollo de la convivencia democrática y que promueve, cada vez más, la autocensura.

Como bien señala Juan Soto Ivars en Arden las redes, a diferencia de la censura, la postcensura no necesita del concurso del poder: “no es un movimiento de masas ni tampoco un ataque deliberado contra la libertad de expresión emprendido por la hegemonía política, sino ruido blanco”.

Y sobre todo, la gran virtud de la postcensura es que el ejerce no es consciente del impacto de sus palabras: “Algunos, de pronto, notan que algo les quema en la mano y descubren que habían estado paseando con una antorcha”. Es un fenómeno que no permite matices y que, en consecuencia, obliga a exponerse o, por el contrario, a constreñirse, a autocensurarse.

Repetimos la pregunta: ¿Qué intelectual o profesional de prestigio puede tener el valor de decir las verdades del barquero en este contexto? Los necesitamos, y se les está reprimiendo en su derecho de expresarse con libertad, y en su deber moral de participar en los asuntos públicos y contribuir con sus conocimientos a la mejora de la sociedad. No siempre llevarán razón, pero darán un argumento mejor al ‘tú más’, tan extendido en la política española y en las conversaciones a pie de calle.

Haereticus dixit.

RAFAEL SOTO

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