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7 de octubre de 2020

  • 7.10.20
Se acaba de publicar un estudio realizado entre estudiantes de tercer curso de diez universidades españolas sobre el conocimiento y aceptación de la teoría de la evolución de las especies. El resultado sobre el conocimiento de dicha teoría es del 54 por ciento, o sea que hay un ¡46 por ciento! de universitarios que, en el año 2020, desconocen el contenido de una teoría absolutamente esencial para entender el desarrollo de la vida en nuestro planeta.



Por otra parte, el estudio Percepción social de la ciencia y la tecnología publicado por el Ministerio de Ciencia e Innovación refleja las respuestas obtenidas en todo el territorio español, en 2018, a una serie de preguntas sobre dichos temas.

Algunas respuestas son bastante significativas: hay un 11,9 por ciento de mayores de 15 años que piensan que el sol gira alrededor de la Tierra, pero lo que es realmente descorazonador es que un 7,7 por ciento de ellos sean universitarios.

Por otro lado, hay un 15 por ciento que cree que los primeros humanos convivieron con los dinosaurios (9,8% universitarios). Así que no es de extrañar que nada menos que un 23,3 por ciento (un 18,1% de personas con estudios universitarios) consideren la acupuntura como científica y un 21,6 por ciento (22% entre los que han recibido una enseñanza universitaria) crean que la homeopatía tiene fundamentos científicos.

Igual tiene algo que ver con estos resultados el hecho de que España ocupe el primer puesto entre los países europeos con más jóvenes sin estudios de Bachillerato o FP equivalente, un 30 por ciento, el doble que la media (15%) de los países de la OCDE.

Además, la financiación de la educación no ha hecho más que bajar desde 2009, cuando suponía un 5,04 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB), hasta el actual 4,21 por ciento, por debajo de otros países europeos como Francia (5,5%), Reino Unido (5,4%) o Portugal (4,9%).

Parece que nos encontramos con un terreno abonado para el éxito (sobre todo económico) de las seudoterapias y de las seudociencias. En este contexto no es de extrañar que se publique, en un importante diario digital, un artículo con título tan “científico” como este: Llamadores de ángeles, ¿tienen beneficios científicamente probados para el feto?. ¿De verdad? ¿Ángeles y ciencia?

En este fértil terreno de las seudociencias tienen especial importancia los mitos de la neuroeducación. Por ejemplo, la creencia en los estilos de aprendizaje como forma de optimizar el mismo, sin que haya ninguna prueba científica que lo haya demostrado; o la creencia de que solo se usa el 10 por ciento de la capacidad cerebral. Pero lo más preocupante es el elevado número de docentes dispuestos a creer en dichos mitos. Y lo más llamativo es como cualquier texto o conferencia parece necesitar la palabra “neuroeducación” para adquirir un valor “más científico”.

Y es que, junto al progreso de los métodos científicos y de sus resultados, se ha dado un fenómeno paralelo de mitificación de la ciencia. Paradójicamente, la ciencia, nacida como alternativa al mito, se ha convertido en protagonista de su propio mito: la autoridad incuestionable del profesional de la ciencia, o simplemente de quien invoca su sagrado nombre.

Y así frecuentemente se hacen afirmaciones sin ningún valor científico pero sustentadas en una supuesta autoridad científica: “Los médicos han asegurado…”; “Un científico afirma…”; “Mi primo que es investigador me ha dicho que…”. Estamos ante una versión de la falacia ad verecundiam que pretende apoyar una afirmación recurriendo a una autoridad “indiscutible”. No estamos ante una verdadera argumentación basada en los resultados del método científico sino ante la espuria utilización de la ciencia como autoridad mítica.

Frente al mito popular del genio científico solitario, la verdad científica es siempre, y necesariamente, colectiva. Y debe estar sujeta a la revisión y la comprobación por la comunidad científica. Un científico, por brillante que sea, aunque haya obtenido un premio Nobel y haya hecho importantes aportaciones al conocimiento científico, puede expresar opiniones personales tan erróneas y acientíficas como las de cualquier otra persona. Y se pueden encontrar bastantes ejemplos.

Volviendo al estudio que citaba al principio sobre el conocimiento de la teoría de la evolución, es bastante curioso encontrar que a pesar del escaso 54 por ciento de conocedores del contenido de la teoría, cuando son preguntados sobre la aceptación de la misma, el porcentaje sube al 87,2 por ciento. Así, que 87,2-54=33,2 por ciento de estudiantes que, sin conocer la teoría, la aceptan: creen en ella como si de un mito popular se tratara: “Sí lo dicen los científicos, y los programas de televisión será verdad…”. Aceptación acrítica y acientífica de una teoría científica.

Como ya dijo Gramsci a principios del siglo XX: “Al esperarse demasiado de la ciencia se la concibe, en realidad, como una brujería superior y, por esto, no se consigue valorar de forma realista lo que la ciencia ofrece de concreto”.

Da la impresión de que la estupidez y la ignorancia se reproducen tenazmente siglo tras siglo. Emilio Lledó nos cuenta cómo en la Grecia clásica se denominaba dóxa a “todo aquello que me parece que es, todo aquello sobre lo que soy capaz de hablar, sin tener suficientes pruebas, todo aquello que ha llegado a mí, encauzado a través del lenguaje y que me transmite el saber almacenado en ese lenguaje, pero que no he comprobado nunca, porque ni siquiera se considera interesante o necesario comprobar”. Para qué perder el tiempo investigando, comprobando, estudiando metódicamente, si podemos emplearlo opinando, discutiendo…

Y, desde luego, un conocimiento que pretenda cierta solidez y aplicación práctica necesita partir de presupuestos radicalmente diferentes. No se trata de sustituir la autoridad de la religión por la autoridad de los científicos o de la ciencia sino de cambiar la forma de acceder al conocimiento, basada no en la autoridad sino en la observación rigurosa, metódica, y en la construcción de hipótesis que sean comprobables y aceptadas por la comunidad científica. Y para ello sería importante un mejor conocimiento y divulgación de las nociones científicas esenciales.

JES JIMÉNEZ

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