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6 de septiembre de 2020

  • 6.9.20
Una de las grandes transformaciones, lenta pero de manera inexorable, que se está dando dentro de la sociedad es aquella que se origina en el seno de las familias, es decir, en los grupos básicos de la colectividad humana. Esto lo podemos entender si echamos una mirada hacia atrás y comparamos las formas familiares de generaciones precedentes con las que actualmente existen: comprobaremos que los cambios han sido enormes; aunque conviene reconocer que no todos se han producido en sentido positivo.



Uno de los aspectos que ha cambiado sustancialmente es la idea del padre como autoridad inapelable que en décadas pasadas existía. La denominada figura del páter familias (término de origen latino como símbolo de la ley y del orden), prácticamente, ha desaparecido en las culturas de Occidente.

Quedan lejos aquellos años en los que, por ejemplo, escuchar al maestro la frase “Esto se lo diré a tu padre” suponía ponerse a temblar, pues el castigo que se infligía en el aula se duplicaba cuando la falta cometida, real o sobredimensionada por el propio maestro, llegaba a oídos paternos.

Bien es cierto que, por otro lado, la figura del docente ha quedado también muy debilitada en estos tiempos en los que las atenciones a los hijos han caminado por el lado de concederles todos sus deseos, convirtiendo al profesorado en un cuerpo a vigilar para que tenga mucho cuidado de no sobrepasarse, pues ahora parece que niños y adolescentes se encuentran rodeados de tantos peligros que, incluso, quienes tienen encomendadas las funciones educativas que complementan a las familiares no son de fiar del todo.

Sobre este tema tan relevante, quisiera señalar que el psicoanalista italiano Massimo Recalcanti ha escrito diversos libros, entre ellos el que lleva por título El complejo de Telémaco. Padres e hijos tras el ocaso del progenitor, y que me gustaría comentar por el significado que tiene, tanto en el título como en la explicación del declive de la figura paterna.

Para que podamos entender a qué se refiere cuando habla del ‘complejo de Telémaco’ y del ‘ocaso del progenitor’ nos tenemos que remitir a la obra clásica griega La Odisea que escribió Homero, pues en ella se habla del padre, Odiseo o Ulises, y su hijo, Telémaco.

En mi caso, debo apuntar no la he leído directamente la obra de Homero; sin embargo, sí que lo he hecho a través de un libro autobiográfico del profesor estadounidense Daniel Mendelsohn titulado Una Odisea. Magnífico libro en el que describe las clases que mantenía con el grupo de sus alumnos que estudiaban lenguas clásicas y en las que va desmenuzando, paso a paso, esta genial obra, por lo que acabas de conocerla bastante bien.

A modo de síntesis, indicaré que en este libro de Homero se nos narra el viaje que realiza Odiseo (o Ulises en la versión romana), el rey de Ítaca, una de las islas jónicas que se encuentra actualmente en el oeste de Grecia. Esposo de Penélope y padre de Telémaco marcha a Troya para participar en la guerra, de modo que tarda veinte años en regresar, pues diez de ellos los pasó luchando en la guerra troyana y otros diez intentando regresar a Ítaca, puesto que a la vuelta se tropieza con múltiples obstáculos que van apareciendo a lo largo del relato.

Entre los problemas que tiene que afrontar se encuentran los cantos de las sirenas que quieren seducirlo. Esta es la razón por la que ordena a los remeros del navío con el que regresa que lo aten al mástil para no dejarse cautivar por las bellas voces de estos seres míticos que por entonces poblaban los mares. (Es lo que refleja la imagen del cuadro que muestro en portada del pintor inglés Herbert James Draper, nacido en Londres en 1863.)

Dada su tardanza en regresar, y ante el caos que reina en el palacio de Ítaca por la ausencia del padre, Telémaco decide ir en su busca para que ponga orden, ya que él se siente impotente para asumir esta tarea. Puesto que apenas ha contado en su formación con la figura paterna, carece de la suficiente fortaleza moral para frenar a todos aquellos que desean seducir a su madre, Penélope, que se entretiene tejiendo de día y destejiendo de noche para cubrir el vacío de un esposo que no acaba de regresar.

En la búsqueda de ese padre ausente, Telémaco también se tiene que enfrentar a las bellas ninfas de la isla de Calypso que desean que se quede con ellas, buscando el modo de cautivarlo con sus encantos. (Puesto que el arte, como vemos, suele recoger los relatos míticos, muestro a continuación un fragmento del lienzo que realizó la pintora suiza Angelica Kauffmann en el que vemos al joven Telémaco rodeado de tres hermosas ninfas que buscan encandilarlo.)



Una vez que ya entendemos el significado del ‘complejo de Telémaco’ que emplea Massimo Recalcanti, acudo a un párrafo de este autor que nos dice lo siguiente: “La autoridad simbólica del padre ha perdido peso, se ha eclipsado, ha llegado irremediablemente a su ocaso (por lo que) cada vez es más raro que nuestros hijos puedan hallar en los adultos encarnaciones creíbles de lo que significa ser responsable”.

Esto puede dar a un equívoco, pues Recalcanti no reivindica aquella figura autoritaria que tiempo atrás conocimos. “Personalmente, no siento la menor nostalgia por el ‘páter familias’. Su tiempo está irremisiblemente acabado”, asegura en las distintas obras que ha escrito sobre esta temática.

Cuando el autor italiano habla de autoridad se refiere a una autoridad razonable, la que se ejerce de manera no impositiva, con diálogo y sin caer en eso tan fácil como es “esto se hace porque lo digo yo”, expresión tan recurrente en generaciones precedentes.

Su crítica va en el sentido de que algunos padres, en la actualidad, han renunciado a algo tan esencial en la formación de los hijos como es el uso del principio de autoridad, decantándose por algo tan equivocado como puede ser la figura del padre-colega que quiere estar a la misma altura que el hijo.

Quisiera cerrar este escrito indicando que la idea del padre-colega, bastante extendida en la actualidad, conlleva a que con el tiempo el hijo se sienta perdido en un mundo en el que constantemente hay que tomar decisiones, por lo que necesita encontrar apoyo en otras figuras que difícilmente pueden suplir a la paterna, puesto que la seguridad y la confianza en sí mismo se van adquiriendo, paso a paso, a medida que se crece y con la ayuda de los progenitores.

AURELIANO SÁINZ

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