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11 de septiembre de 2020

  • 11.9.20
Hoy veo el mundo a través de la ventana cuando todavía no ha amanecido. Hay ya un otoño que apuesta por arrebatar su espacio a un verano impostado, diferente, extraño. Hay una luz que no es la de siempre, pero es, quizás, nuestra mirada la que no está limpia y observa por el retrovisor del cerebro para escudriñar el paisaje muerto del ayer. Hay, a lo lejos, huellas equivocadas, restos de confeti, colgajos de alegrías innecesarias, de promesas incumplidas. Hay en los ojos que no han visto esta vida de ahora una sensación encogida de no querer aceptar la tiranía impuesta.


Hoy amanece con una luz desviada que anuncia lugares irreconocibles, bosques deshilachados, playas muertas de olas vivas, ciudades que duermen sueños embalados en cajas de azufre, hospitales con tránsito de duelos preventivos. Hoy los pájaros buscan en el cielo vacío su libertad de otros días y las carreteras henchidas de asfalto conducen a ninguna parte o a túneles que buscan en la oscuridad la luz inexistente. No hay posibilidad de husmear en la tierra las hierbas baldías de una cosecha que ya nadie espera.

Andando a paso lento y medido, el viandante es capaz de sumar los latidos alterados de su vida hasta ahora inalterable, sus días cambiados por otros irreconocibles, horas mojadas de agua fina que alagan los pulmones, y afuera cada jornada es parte inamovible de una estructura en continuo movimiento, esa espiral de horarios elásticos y sordos que encubren otras posibilidades de la tristeza. 

Andando la ciudad, nadie reconoce los días pasados bañados de una felicidad torda que nos atrapaba hasta las cejas, aún cuando las tormentas desmochaban montes y arreciaban las calles de un lodo espeso como el chocolate y sepultaba en su alma salvaje una civilización que ya se nos iba al carajo.

En aquel mundo compartido hasta ayer nada era real ni onírico. Confundíamos los sueños con la falsa sensación de que algún día todo podría cambiar y anhelábamos de la realidad cuanto no nos iba a ofrecer. Ahora, las puertas están cerradas con un hermetismo imbatible y los puentes se mueren en su mismo proyecto de traspaso de uno a otro lugar. Los caminos, pedregosos, son intransitables y, a lo lejos, donde los ojos se pierden en un horizonte sin delinear, los árboles echan raíces hasta sumergirse en su propio tronco y alcanzar el centro de la tierra por miedo a perecer en su misma esencia.

Hay en todas estas sensaciones que amamantamos un espíritu infantil aderezado de una retórica compacta y muda, que nos encierra en nosotros mismos y nos muestra el rostro que ansiamos ver, que nunca es el nuestro. En esta equivocación que nos persigue como un perro manso, hay la sensación de que estamos en mitad del desierto con una cantimplora vacía de alternativas, apostados en las dunas a la espera de una guerra que nunca será la nuestra. Mientras tanto, escondemos los ojos a un sol inmisericorde que ciega otras dunas que tampoco esconden oasis ni rascacielos, ni señales de tráfico ni carteleras de cine.

Apenas se nos ha acabado el presente y ya escudriñamos en un futuro que no está en esa otra vida que no alcanzamos a definir. Nos gustaría construir un edificio como el de antes, donde ahora solo hay cristales muertos y recuerdos desvencijados. Hoy miro el mundo y solo veo otro mundo postizo que no entiendo. Entre el hoy y el ayer, hay una distancia ínfima que divide dos mundos que se bifurcan, aunque nunca compartieran las astillas del mismo desahucio, los olores demoledores de un adiós precipitado. Hay en todas aquellas palabras prestadas un tono de afectividad sin significado, un vacío que nunca conocimos, porque siempre lo llenamos de proyectos sospechosos e imposibles.

Ahora que amanece es otro el día, y mañana, cuando nos hayamos hecho a la vida que han fabricado a la medida de nuestro perfil, buscaremos en los lugares más inhóspitos los deseos adulterados, las pasiones sin control que logramos domeñar a base de frases en las que no creíamos. Y más abajo, donde los pies pisan una tierra de nadie, indagamos el camino dejado atrás donde nadie habita. 

Hay un color anaranjado en el cielo que se pierde a lo lejos y una imagen estática en la memoria colectiva, la fotografía de una ciudad que nadie reconoce como propia. Después de todo, la memoria solo es un depósito de ratos muertos, de rostros irreconocibles, de sueños desbarajustados.

Miro el mundo cuando amanece y, afortunadamente, sé que hoy el día será diferente, tal vez feliz, sobre todo reconocible, mío.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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