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25 de septiembre de 2020

  • 25.9.20
La semana pasada una tormenta endiablada se metió en las playas de Isla Cristina hasta donde ya no había sombrillas ni turistas, sino solo dunas, matorraje mediterráneo y pinos. El único chiringuito de la Playa Central levantó una barricada de arena para protegerse de aquella amenaza que venía del otro lado del mar.



Era un día hermoso y apocalíptico, sensorial. Las gaviotas volaban cercando el chiringuito y los turistas –nacionales, por supuesto– las fotografiaban como si las hubiésemos puesto allí para entretener a los forasteros que apuraban los últimos días de un verano que se apagaba día a día.

Después del confinamiento, las gaviotas entendieron que los seres humanos habíamos abandonado para siempre su territorio y, quizás, el mundo. Así que, cuando inauguramos los baños estivales, a estos pájaros carroñeros les costó entender que el ser humano es el único mamífero que siempre vuelve al lugar del crimen.

Este verano no esperaron al anochecer para ocupar su espacio, sino que compartían la arena con los intrusos que se tendían en la toalla a olvidar una pandemia que les costaba asumir. Veías a un niño y, a dos metros, la gaviota. Y otra. Y otra. Como palomas que se alimentan de cuanto desechamos u olvidamos. No agreden. Al menos, de momento. Pero vuelan por las poblaciones costeras a dos metros de tu cabeza. Se creen con el derecho a recuperar la patria arrebatada.

No me gusta la mirada de la gaviota. Porque toda ave carroñera se embravece frente a la posibilidad de perder la carne muerta de la que se nutre. No es casualidad que Alfred Hitchcock pensara en la gaviota cuando filmó en 1963 Los pájaros (The Birds), una película de suspense y terror basada en una novela corta homónima de 1952 basada en cuentos de terror, y escrita por Daphne du Maurier.

Volví a cambiar de opinión cuando leí otra novela brevísima y hermosa de Richard Bach, Juan Salvador Gaviota, una extraordinaria fábula que era un canto a la libertad y que enseñaba a cualquier lector que la libertad es posible siempre que se luche por ella.

La gaviota, terca y de vuelo corto y raso, como la mayoría de los seres humanos, prefiere no moverse de su zona de confort. Juan Salvador Gaviota fue traducida a más de treinta idiomas, lleva vendidos más de treinta millones de ejemplares, ha sido llevada al cine y ha inspirado obras musicales, como el álbum del mismo título de Neil Diamond, su mejor obra.

En ocasiones, parece que el mundo se volviera del revés, que se retorciera hacia adentro y nos enseñara sus entrañas. No solo las gaviotas se rebelan, aunque estas ya lo hicieron hace tiempo buscando alimento. Caco Senante cantaba Una gaviota en Madrid, pero si hubiese indagado un tanto se hubiera percatado de que estos pájaros se habían metido tierra adentro buscando la vida en los estercoleros de todas las grandes ciudades.

Cuando nos confinamos –o mejor, el Gobierno nos confinó– muchos madrileños escucharon por primera vez el canto de los pájaros en la Gran Vía. La SER reprodujo este descubrimiento como si fuese una primicia y, a través de las ondas, con detalles exhaustivos, nos informaron que dentro de nuestro mundo habitaba un mundo menor cuyos habitantes se pasaban todo el día gorjeando. En el asfalto vacío de toda España los gorriones reinventaron su existencia y los vencejos volaban de locura descubriendo el cielo usurpado.

Cualquier día, la rebelión en la granja, como escribió George Orwell, se torna real y, abandonando una esclavitud de siglos, los animales se nos rebelan para siempre. Quizás será la revolución más moderna y legítima, también la más aplazada. No solo la tierra y el cielo están en peligro.

Desde agosto se han conocido varios casos de orcas que golpean barcos en las costas gallegas. A finales de este mes, un velero francés llamado Daito fue golpeado ligeramente a la altura de Ons mientras navegaba hacia Baiona, aunque sin sufrir desperfectos. Las acometidas se han repetido en distintas ocasiones.

Primero fue el Mirfak, buque de la Armada, al que embistieron y arrancaron el timón mientras navegaba cerca de Corrubedo. El sábado pasado le tocó al velero británico Beautiful Dreamer, que fue golpeado hasta quince veces cuando pasaba cerca del cabo de Prior. Lo mismo ocurrió después con tres embarcaciones de recreo.

Nos parece un mito, claro, la posibilidad de que los animales se puedan rebelar después de siglos sometidos a la voluntad humana. Tal vez necesitemos de unos cuantos confinamientos más para entender que la vida ha dado un vuelco, y mirándola ahora, del revés o bocabajo, la ecuación no es ya la misma.

Hemos abusado tanto de este planeta que el cambio climático no es una amenaza sino una sombra cada vez más visible en el horizonte. Insiste Hare Jahren en que la pobreza del mundo no existe porque somos demasiados o porque la Tierra tiene sus propios límites, sino porque no compartimos. Dice la geobióloga estadounidense: “Si todo lo que tiramos lo guardásemos, podríamos dar de comer a todas las personas que habitan hoy el planeta”.

Y quizás, añado yo, las gaviotas no tendrían que cruzar montañas y mesetas de nuestra península en busca de estercoleros urbanos donde alimentarse. Claro, que también algunos cantautores tendrían que inspirarse en otros pájaros menos carroñeros para componer sus canciones pegadizas.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO


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