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30 de agosto de 2020

  • 30.8.20
Estaba por titular esta columna como Turismo rupestre, pero pronto imaginé que tendría que dedicar un largo espacio del texto para hacer ver que no se trataba de irse a una cabaña aislada sin electricidad y, por supuesto, sin conexión wifi. Cuando inicialmente lo pensé, quería hacer con ello una referencia a las pinturas prehistóricas que se encuentran en los entornos del lugar en el que pasaría cinco días. Lo reconsideré, intentando reflejar otra de sus cualidades como es la sensación de tranquilidad y silencio que se palpa nada más llegar… Pero comencemos por el principio.



Cuando se acerca el verano, todos pensamos qué vamos a hacer durante el tiempo que disponemos de vacaciones. Ya sabemos que este año la situación ha cambiado radicalmente. Los planes se han trastocado. Tenemos que considerar la situación anómala en la que nos desenvolvemos, por lo que salir allende las fronteras se convierte en un potencial conflicto. Hemos tendido, pues, a buscar la solución dentro del país. Es lo más razonable si se quería salir de casa y tomar unos días con carácter lúdico o de descanso.

Sucede, por otro lado, que en esta ocasión el fuerte calor veraniego no nos ha dado tregua hasta mediados de agosto. Y en lugares como Córdoba la solana se convierte en un verdadero problema, pues las temperaturas alcanzan cotas difíciles de soportar.

Vista la situación, Flora y yo esperábamos que bajaran para salir unos días a algún hotel ‘lejos del mundanal ruido’, es decir, que a ser posible se encontrara ubicado en un entorno natural. Estuve mirando en distintos medios y, casualmente, en un diario digital vi un artículo que hablaba de diez sitios privilegiados del país para contemplar la Vía Láctea. Curiosamente, uno de ellos se encontraba en la Sierra Madrona, cerca del pequeño pueblo de Fuencaliente, en la provincia de Ciudad Real.

Tengo que apuntar que siempre me ha gustado mirar al cielo. Contemplarlo despacio nos conmueve profundamente al sentir la infinitud del universo en el que se encuentra nuestro pequeño planeta. Y, claro, observar un firmamento inmensamente estrellado se convierte en un gozo y en una intensa emoción que siempre ha acompañado al ser humano desde sus orígenes.

Localicé, pues, un pequeño hotel que tenía el mismo nombre que la sierra en la que se encuentra ubicado. Una vez que nos decidimos, reservamos para cinco días, puesto que nuestra intención era la de tener una pequeña estancia en un lugar algo apartado y conectado con la naturaleza.

Salimos el domingo temprano tomando la autovía para Madrid; al llegar a Montoro, giré hacia la izquierda en dirección a Cardeña. Era la primera vez que cogía esta carretera que conducía al lugar en el que se encuentra el hotel Sierra Madrona.



Cuando llegamos, tuvimos la grata sorpresa de que era más amplio de lo que imaginábamos. Especialmente nos llamó la atención que estuviera rodeado completamente de arbolado y que la fachada apenas se distinguiera porque a su alrededor aparecían enormes bambúes que cubrían no solo la parte frontal, sino también los laterales. Y todo ello con el rumor del agua que caía para que las numerosas plantas estuvieran regadas.

Pronto entendí que era un negocio familiar, ya que su dueño, Antonio, una persona de gran afabilidad y con un alto sentido del humor, nos contó que inició la aventura de embarcarse en este trabajo de hostelería en el año 1992, cambiando el rumbo de sus anteriores actividades.

El hecho de que ambos tengamos una edad algo similar daría lugar a que pudiéramos charlar con amplitud de temas muy diversos, mientras que él iba atendiendo a su trabajo.

“Antonio, ¿sabes que es muy difícil hacerse la idea de la imagen del hotel? La razón es que al estar rodeado de tantos árboles, plantas y flores, acaba alejándose de las formas convencionales de los edificios o las casas en las que las fachadas se muestran con cierta claridad para ser reconocidos”, le explico, al tiempo que le hacía ver las semejanzas que presentaba con la arquitectura ecológica que ahora se desarrolla en distintas partes del mundo. Él, en cierto modo, asintió, aunque imagino que era la primera vez que le hacían esta observación.



Una vez que nos asentamos, pronto Flora y yo comenzamos a realizar caminatas por los entornos, iniciándolas por la zona denominada Peña Escrita, una sierra rocosa en la que se encuentran varios vestigios de pinturas rupestres de tipo esquemático.

El acceso a las primeras pinturas no era excesivamente complicado puesto que había tramos de calzada de piedras que encauzaban el ascenso. Sin embargo, ya cerca del final, le indiqué a Flora que permaneciera en el lugar al que habíamos llegado en ese momento, puesto que el resto era bastante complicado para ella.

Cuando alcancé lo más alto, comprobé que las pinturas estaban protegidas por un enrejado que se había colocado para resguardarlas del vandalismo de algunos que no distinguen entre un tesoro prehistórico de una vieja pared en la que pueden hacer pintadas.



El hotel, con una cocina magnífica, contaba con una piscina en uno de los diversos espacios que tenía su alrededor; sin embargo, nuestro objetivo en esta ocasión era el de realizar recorridos por los bosques de pinos y de alcornoques de las sierras. Sentíamos un verdadero placer marchar en medio del silencio absoluto de la naturaleza, escuchando únicamente los sonidos del viento al chocar con las ramas de los árboles.

Pero nos quedaba por contemplar el cielo completamente estrellado. Este era uno de los objetivos que nos habíamos marcados. Así, en una de las tardes, cuando empezaba a anochecer subimos a la altura de la explanada de Peña Escrita. Nos sentamos en unos asientos de madera para ir contemplando las paulatinas apariciones de las luces estelares, al tiempo que el cielo se iba oscureciendo.

Nos mantuvimos un par de horas, hasta que el firmamento se cubrió de esas luces que nos llegan emitidas hace millones de años de las estrellas. Asombro, emoción, sentimiento de pequeñez ante infinitud del cosmos. Sin lugar a duda, contemplar un fragmento de la Vía Láctea es uno de los más bellos espectáculos que podemos recibir de la naturaleza.

Fueron solo cinco días. Los hemos vivido con gran intensidad. Ha sido un auténtico descubrimiento conocer este hotel, así como a su dueño. El regreso a Córdoba estuvo marcado por la convicción de que no será la única vez. Pero antes de montarnos en el coche, le digo a Antonio que debemos hacernos una fotografía delante de la puerta, ya que pretendo hacer un artículo que explique un poco nuestra breve estancia.

Con la pulcritud que ha caracterizado todo el tiempo de nuestra permanencia, acordamos quitarnos en ese momento las mascarillas y situarnos algo separados. De esta forma, en la instantánea que utilizo como portada queda registrado algo de estos magníficos días. Como despedida, y mientras pongo rumbo a Córdoba, solo nos queda por decir: ¡Volveremos!

AURELIANO SÁINZ

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