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14 de julio de 2020

  • 14.7.20
Me pregunto concienzudamente qué retos y qué compromisos debemos adquirir los jóvenes para poder construir la sociedad que queremos. En la ecuación encajan muchas variables y todas deben convivir con la incertidumbre. Los jóvenes que hemos nacido en la década de los noventa somos hijos de aquellos que vivieron la movida de los años ochenta. Así que una mezcla de alegría, alivio y libertinaje es nuestra herencia.



Supongo que en la década de la movida se esnifaban en el aire las emociones que emergieron a partir de la entrada a la democracia que tanto se anhelaba. No se planteaba tanto la reconstrucción de una nación sino hacer todo aquello que antes no estaba permitido.

Nosotros, los jóvenes nacidos en los años noventa, recogemos el legado de un país que se ha preocupado más de la modernización y de encajar dentro de los países del Primer Mundo que de la construcción de nuestra idiosincracia propia, esa que debe guiar a las generaciones futuras. Nosotros hemos estado sumergidos en la incertidumbre de quiénes somos y, ahora, nos ha engullido la incertidumbre de no saber qué vamos a hacer.

Y confieso que nos hemos acostumbrado a esa incertidumbre: la adoptamos como una cualidad más en todos los ámbitos de nuestra vida. Cuanta más libertad de elección, más incertidumbre. Si viviéramos en la Edad Media, cada uno de nosotros estaría tranquilo porque, desde que el mismo momento del nacimiento, sabría a qué atenerse y a qué se iba a dedicar durante toda la vida. Tendría claro qué rol necesita la sociedad que interpretemos, esto es, el conjunto por encima del individuo.

Por suerte o por desgracia, ahora tenemos la posibilidad de elegir lo que nosotros sentimos que queremos ser y hacer. Nosotros elegimos qué rol interpretar dentro de la sociedad, dejando a un lado lo que la sociedad necesita de nosotros, es decir, el individuo por encima del conjunto.

El hecho de tener esta posibilidad de elección debemos considerarlo como un derecho y un deber que otros no pueden obtener, por lo que la posibilidad se convierte en responsabilidad. Tener el derecho a elegir quiénes somos y qué queremos hacer no significa que hagamos ni que seamos lo que nos apetezca. Pienso que debemos tener un compromiso y una alienación entre lo que queremos y lo que necesitan de nosotros.

Y nosotros que, como ya he dicho en otras ocasiones, somos la generación mas cómoda de la historia, será muy difícil que revisemos nuestros valores y adquiramos un compromiso que sacrifique los deseos individuales por las necesidades del conjunto.

Estamos acostumbrados al progreso, a la diversidad, a los cambios paulatinos y a los cambios bruscos, por lo que puedo llegar a entender que el momento que estamos viviendo ahora mismo lo interpretemos como otro cambio más de paradigma, en el que nosotros no podemos hacer nada. Tenemos más derechos que deberes y entendemos que las soluciones pertenecen a otras esferas de la sociedad.

Quizás sea el momento de dar un paso hacia delante, decir que los cambios son normales, que la incertidumbre forma parte de la vida, que los valores nacionales no son estáticos en el tiempo, que nosotros podemos crear el país que queremos… Quizás sean estos los principales retos y compromisos que debamos adquirir.

Pero para que ese momento llegue, primero tenemos que aprender a andar, después correr y, más tarde, disfrutar del paisaje mientras corremos. Es decir, primero debemos tener compromiso con nosotros mismos, interpretar lo que la sociedad necesita de nosotros y, por último, alinear nuestras necesidades con las necesidades del conjunto.

Sí, es una utopía. Pero las utopías sirven para poner el ideal bien alto, para intentar llegar a través de nuestras acciones.

DANY RUZ



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