:::: MENU ::::

30 de mayo de 2020

  • 30.5.20
Estoy harta de la gente que odia. Estoy harta de que este país parezca una secta maniqueísta con dos posturas enfrentadas: o blanco o negro. O estás conmigo o, si no lo estás, automáticamente estás contra mí. ¿Por qué no nos ayudamos los unos a los otros para salir todos juntos hacia delante? ¿Por qué las críticas feroces hacia todo lo que hace el otro?



La empatía ha desaparecido de golpe y porrazo y ha hecho acto de presencia el individualismo exacerbado, que me habla más de un país protestante que de uno católico."Lo que yo quiero, lo que yo necesito, a lo que yo tengo derecho y el resto de la sociedad, que se pudra". Esa es la consigna.

Lo peor es que muchos utilizan el nombre de Dios en vano para defender su egoísmo. "Por sus actos los conoceréis". Aquí no pasa, los actos y comportamientos de algunos que se autoproclaman cristianos están a años luz de ese Evangelio de paz y amor, donde se nos pide no juzgar al otro, porque seremos juzgados con la misma vara de medir que usemos.

Todos somos humanos, todos somos frágiles, como lo demuestra esta pandemia. Todos tenemos miedos y esperanzas y nadie, absolutamente nadie, está libre de pecado. Ojalá dejen ya de tirar piedras. Si siguen así, lo que hundirán será su propia Iglesia.

Cuando era pequeña me gustaba leer los Evangelios, especialmente el de San Mateo. Ahí encontraba amor de verdad y me hablaba de un Dios que en nada tenía que ver con el que nos asustaban las monjas. Pobrecillas, ellas no conocieron ese amor.

Yo quiero salir a la calle, ver a mi novio, pasear de la mano con él, darnos besitos y comer rico en algún restaurante. Pero entiendo que en el mundo no estamos solos él y yo, y estamos haciendo un esfuerzo para aceptar esta situación, para entender que somos parte de una humanidad amenazada por un ser microscópico que nos está enseñando que el egocentrismo mata.

Me dan ganas de gritar desde la ventana: "¡Vamos a unirnos! !Rememos juntos para que este barco no se hunda y nosotros con él!". Hablemos de lo que nos emociona, de lo que nos cohesiona. Digámonos cuánto nos apreciamos y queremos. Busquemos semejanzas y obviemos los mensajes de odio. Que se maten los políticos, que se den ellos hostias en la calle, que esta vida es muy corta y, cuando quieras recular y cambiar, a lo mejor ya la guadaña te espera.

Me llamó una amiga antes de morirse para pedirme perdón e irse en paz. Me borró de su vida porque nuestras ideas eran diferentes y lo hizo con rabia y sin verme a mí, a su amiga que siempre la ayudó y quiso. Nuestra última conversación estuvo ausente de reproches y llena de recuerdos felices y momentos inolvidables porque, aunque estuviéramos en las antípodas ideológicas, las dos teníamos buen fondo. ¡Amemos al prójimo como a nosotros mismos!

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ


DEPORTES - BAENA DIGITAL

FIRMAS
Baena Digital te escucha Escríbenos