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31 de mayo de 2020

  • 31.5.20
Hace unos días salí temprano para realizar una caminata a paso ligero, como suelo hacerla diariamente, con la intención de pasarme después por Carrefour para comprar algunas cosas. Como ya es obligatorio portar la mascarilla, aunque en los espacios abiertos en los que se puede mantener la distancia de más de dos metros no es necesario tenerla puesta, la llevaba en la mano, dado que el centro comercial se encuentra en la zona norte de Córdoba con grandes espacios libres por los que podía caminar sin cruzarme con nadie.



Mientras hacía el recorrido me vino a la mente el Trabajo Fin de Grado que he dirigido a un alumno acerca de la etapa dorada del cómic español correspondiente a las décadas que van desde la posguerra hasta finales de los setenta. En medio de ese pensamiento ensimismado, apareció uno de los míticos personajes que el alumno analizaba en su trabajo: El Guerrero del Antifaz.

Tengo que reconocer que El Guerrero del Antifaz para mí quedaba en relevancia detrás del Capitán Trueno, por cuyas aventuras sentía verdadera pasión. De todos modos, hay que entender que estos personajes han formado parte de una generación que creció con las historias de los héroes de los cuentos gráficos, ahora denominados cómics.

Una vez que pasé al centro comercial, fui bastante rápido en la compra. Tras haber introducido en el carrito todo lo que llevaba apuntado, me puse en la fila, aunque no esperé mucho dado que me encontraba entre los primeros en entrar. Al momento tuve una pequeña sorpresa cuando puse todas las cosas en la cinta para abonar el importe.

“Buenos días, don Aureliano”, me saludó el joven rubio y con coleta que se encontraba en la caja que me correspondía. “A pesar de que ahora todos llevemos mascarilla le he reconocido, pues en ocasiones ha pasado por esta caja que hoy me toca mí”.

Me llamó la atención que me recordara incluso con la mascarilla puesta. “Te agradezco que me identifiques entre tanta gente que tienes que atender”, le respondo. “Y además es curioso esto de las mascarillas, puesto que nos tapa parte de la cara, por lo que antes de venir aquí estaba pensando en un personaje de cómic de mi generación que se llamaba El Guerrero del Antifaz, del que nunca nos llegamos a enterar quién era por llevar parte de la cara tapada”.

“¡Yo también conozco al Guerrero del Antifaz, pues mi padre era un gran aficionado a los cómics y tenía muchos de él, por lo que yo también los he leído!”, me dice para mi asombro, ya que pensé que no habría oído hablar de este singular personaje.



Como algunos de los que estén leyendo estas líneas no sabrán de quién estoy hablando, conviene que echemos una mirada hacia atrás retrocediendo bastantes décadas. Así, corrían los años cuarenta del siglo pasado –para ser más exacto, en 1944– cuando inicia su andadura un jinete enmascarado con una gran cruz negra en el pecho: era El Guerrero del Antifaz, cuyas historias aparecerían semanalmente en los quioscos.

Un héroe atormentado, puesto que, según se nos narraba, era hijo de la condesa de Roca, que con tan solo dos meses embarazada fue raptada por el malvado reyezuelo musulmán Alí Kan que la convierte en su mujer. Al nacer el niño, su raptor cree ser su padre, por lo que es educado bajo la creencia de que él será el heredero de Alí Kan. De este modo, el futuro Guerrero del Antifaz se batía con toda ferocidad contra las fuerzas cristianas allá por los últimos tiempos de la Reconquista.

Sin embargo, a los veinte años su madre le revela la verdad, razón por la que es asesinada por el malvado Alí Kan. A partir de ese momento, jura vengar la muerte de su madre, batiéndose con quien hasta entonces había creído que era su progenitor, aunque solo consigue herirle. Huye y, abrumado por el sentimiento de culpa, se pasa al bando cristiano, disfrazándose con un antifaz para que no se le conozca su verdadera identidad.

Con este sorprendente principio, que parece extraído de una auténtica tragedia griega, se inician las aventuras de El Guerrero del Antifaz que creara el dibujante Manuel Gago. Aventuras que tuvieron una vida de casi veintidós años, ya que su primer período alcanzaría hasta 1966, tras haberse publicado 668 cuadernos apaisados, en los que solamente la portada aparecía a color, puesto que el interior era en blanco y negro.

Como es de suponer, quien no tuviera o no hubiera leído el primer ejemplar se introducía en las eternas batallas entre guerreros cristianos y musulmanes que se desarrollaban en la península (aunque posteriormente se desplazan a otros países árabes) sin que pudiera conocer las razones por las que el protagonista nunca mostraba el rostro. Un enigma que yo no llegué a entender hasta pasado bastante tiempo.



Desde la perspectiva actual, y para comprender el significado y los valores que se transmitían en esta colección de enorme éxito, pues se llegaron a vender 200.000 ejemplares en algunas ediciones, hemos de entender que esta serie vio la luz cinco años después de la finalización de la Guerra Civil, por lo que, lógicamente, era necesaria la exaltación de los ideales que por aquellos años habrían de consolidar el régimen franquista.

Años en los que el catolicismo se convirtió en la religión oficial del Estado, razón por la cual todo el mundo tenía que vivir bajo las estrictas normas morales que dictaba la Iglesia. Así, El Guerrero del Antifaz no solo no besa en ningún momento a su eterna novia, Ana María, sino que ni siquiera la tocaba. Bueno, pudo hacerlo en el número 362 en el que por fin se casa con su paciente prometida, por lo que nuestro protagonista, hijo de la condesa de Roca, entra de manera plena a través del matrimonio en la nobleza castellana, dado que su amada era hija del conde de Torres.

Puesto que las aventuras de estos héroes siempre se cerraban con un ‘continuará’, alargándose las historias número tras número, era necesario que se incorporase alguna novedad relevante. De este modo, llega el momento en el que el protagonista y Ana María acaban siendo padres de un niño que recibirá el nombre de Adolfito (¡vaya nombre para el hijo de un mítico personaje!).

Por otro lado, como la casta Ana María no era un modelo para las fantasías desbordantes de los muchachos de entonces, ya en las primeras aventuras del Guerrero aparecen las sensuales Zoraida y Aixa (más tarde se incorpora la Mujer Pirata) cuyas contorneadas figuras pueden verse incluso a través de insinuantes velos. Ni por esas: El Guerrero se mantiene impasible a las seductoras insinuaciones de las bellas árabes. Él tenía una gran misión que cumplir de la que no puede separarse bajo ningún pretexto.

¡Qué tiempos aquellos en los que ni los castos besos se les permitían contemplar a unos adolescentes deseosos de ver algo más que unas leves insinuaciones amorosas! Pero es que el control moral, especialmente en lo referido al sexo, que por aquellos años desplegaba la Iglesia era absoluto. Y no digamos la vigilancia que se ejercía a las jóvenes parejas.

Lógicamente, este puritanismo se trasladaba al mundo de la ficción de nuestros héroes, quienes, fuertes, valientes y en constante lucha contra el mal, parecían seres asexuados, o mejor dicho, fríos como el mármol, que no se inmutaban ni siquiera ante la presencia de las bellas huríes de un sensual y libidinoso paraíso musulmán.

Para que podamos entender lo que estoy comentando, me remito como ejemplo a la viñeta que acabamos de ver, en la que nuestro Guerrero, como héroe salvador, viene a rescatar a su amada Ana María de las garras de los musulmanes, al tiempo que le habla de un verdadero y encantador paraíso que no tenía nada que ver con el de Alá (lo sorprendente es que Ana María exclama ante esta proposición: ¡Qué horror!).



Como suele suceder con las series que han tenido éxito, pero que un día les llegó su final, pasado el tiempo se intenta resucitarlas con el fin de saber si conectan con las nuevas generaciones o reaparecen como estrategia de nostalgia para quienes las siguieron en sus orígenes. Es lo que aconteció con El Guerrero del Antifaz que, en 1972, volvió a reeditarse, esta vez a color y en formato vertical, al tiempo que se suprimían algunas palabras o se cambiaban escenas que ya no se veían convenientes.

Debido al éxito de la reedición, un paso más adelante se produjo cuando, en 1978, Manuel Gago retoma al personaje publicando Las Nuevas Aventuras del Guerrero del Antifaz, que contó con solo 110 números, ya que su creador falleció dos años después. Pero el nuevo Guerrero difería bastante del original, ya que hemos de tener en cuenta que en 1975 moría Franco, por lo que la transición a la democracia conllevaba grandes cambios en los valores y costumbres de nuestro país. Poco a poco, se dejaba atrás esa España gris en la que se desarrollaron las aventuras de los grandes héroes de los cuentos en papel.

Como cierre, quisiera indicar que los necesarios análisis y críticas que ahora debemos hacer no pueden hacernos olvidar que esos personajes llenaron de disfrute y lecturas a una generación cuyos entretenimientos eran muy escasos. Hoy, los que crecimos con ellos, tenemos que agradecerles que vinieran a fomentar la fantasía de quienes esperábamos impacientes sus llegadas semanales a los quioscos.

Y aunque parezca que me he remitido a tiempos periclitados, no podemos olvidar que todas las generaciones necesitan relatos, en las modalidades que sean, que les cuenten maravillas de épocas pasadas que les sirvan de faro y horizonte en sus incipientes sueños de aventuras por la vida, aunque conviene saber qué valores son los que fomentan, pues esos valores, positivos o negativos, van a formar parte de la educación emocional de los más jóvenes.

AURELIANO SÁINZ

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