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23 de abril de 2020

  • 23.4.20
La pandemia que estamos sufriendo nos ha cogido por sorpresa y con retraso. Somos uno de los países (descartando China) con más incidencia en los tres compartimentos cercados por el virus: Hospitales, depósitos de muertos y prisiones en las viviendas. De las múltiples parcelas que configuran los centros sanitarios ya recibimos información –digamos que suficiente– aunque, a veces, jueguen al escondite con los datos.



Hace ya más de un mes que vivimos prisioneros entre las reducidas paredes de un piso. Guisar para comer, dormir, limpiar, leer (a quien le guste), ver la tele, teclear en el ordenador o pasear por un universo digital es todo lo mas que podemos hacer. El paso del tiempo pesa en la terraza del cerebro. ¿Hasta cuándo? Buena pregunta. La respuesta, cada día que pasa, está más confusa.

Me centro en los fallecidos cuyo número es bastante significativo. En el momento de escribir estas líneas sobrepasamos con creces los 21.700 muertos que se han quedado en el rincón de nuestra memoria tras exhalar un ¡uff! impotente por nuestra parte. Me refiero a los vivos en general.

En las altas esferas quedan reducidos a un número más o menos limpio o manipulado, según intereses políticos. Tengo claro que dar inmediata sepultura a todos es difícil de realizar, por no decir imposible. Y complicaría aun más las posibles infecciones si son acompañados por sus familiares. ¿Entonces?

Pero ofrecer un detalle de adiós costaría poco y podría ser un calmante emocional para los familiares. Me refiero al llamado luto como “signo exterior de pena y duelo…, por la muerte de una persona” (sic). Unos podrán decir que ocuparse de ello en estas circunstancias no ha lugar; otros, que el llamado “duelo, pena, aflicción” (sic) ha quedado depositado en un rincón del corazón familiar y punto.

Parece ser que desde las altas esferas se pidió no guardar luto. En cierta manera se ha llegado a prohibir el duelo porque “se hace necesario deshumanizar a los muertos”, según dijo alguien. La frase en cuestión hiela todo tipo de sentimiento. La pena puede ser general y desde luego familiar, pero sin más montajes, creo que nos dice. ¡Ya está…! Nunca fue más verdad aquello de “que solos quedan los muertos”.

En España, en distintos momentos y por razones varias, se han declarado día o días de luto oficial empezando por la bandera a media asta y con un crespón negro, añadiendo unos minutos de silencio y terminando con acto oficial de entierro. No siempre, por no decir casi nunca, dichas ceremonias han tenido acatamiento general. Con cierto amargor me viene al recuerdo el atentado de Barcelona. Nosotros somos “asín”.

Oficialmente, en estas circunstancias que estamos atravesando, no hay manifestaciones de luto de ningún tipo. A lo más, aisladamente suele aparecer algún dato. Por no haber ni tan siquiera se usa la corbata negra entre quienes la llevan por el cargo. La orden es que se prohíbe el luto. Punto.

Parece ser que el jefe de Estado “homenajea a los fallecidos” a título personal, noticia a la que no se le ha prestado ninguna atención por aquello de "nada de luto". Punto. Aclaración para mentes agudas u obtusas: hago referencia al jefe de Estado al margen de cualquier planteamiento político. En estos momentos me importan los muertos y las circunstancias que nos coartan.

Politizar el dolor es una acción de mentes raquíticas y enfermizas. Incluso en Internet, ante la muerte de algún médico, se han babeado ofensas y desacatos en contra de dicha muerte. Somos un pueblo cainita. Desde nuestros balcones aplaudimos la labor de sanitarios y fuerzas de seguridad y, a renglón seguido, “expulsamos” de nuestro bloque de viviendas a ese vecino sanitario (médico, enfermera) porque nos pueden contagiar. No invento: esta información ha salido en prensa y televisión. Para más inri (“escarnio”), en Internet han saltado algunas voces escupiendo desacatos.

El presidente valenciano convoca un homenaje por las víctimas del coronavirus para el día 19 y se desmarca del Gobierno central. Hago referencia a la prensa local. “Ximo Puig… convoca luto oficial el domingo, banderas a media asta y tres minutos de silencio”.

El Gobierno de la Generalitat invita a los valencianos a salir en silencio al balcón, como muestra de pésame por los más de mil fallecidos. Políticos valencianos y el presidente de la Comunidad guardan tres minutos de silencio en recuerdo de las víctimas: “No os olvidaremos nunca”. La bandera ondeaba a media asta con un crespón negro.

A la decisión valenciana hay que unir Andalucía, que el próximo domingo homenajeará también a las víctimas con tres minutos de silencio antes del aplauso habitual que se viene realizando cada día desde que estalló esta debacle. Da un paso más invitando a colgar la bandera andaluza y de España con un crespón negro en señal de duelo.

El Gobierno sigue en sus trece y niega el recuerdo a los muertos, rechaza el crespón en la bandera o la corbata negra como señal de luto. Total los muertos, muertos están. ¿A quién le interesan? De paso hago justicia y creo recordar que el ministro Salvador Illa dio el pésame a la familia de los muertos el domingo pasado. El duelo oficial tendrá que esperar aunque, según parece, se empieza a tener en cuenta la necesidad psicoafectiva de prestar atención a  la declaración de luto oficial (minutos de silencio y bandera a media asta) para honrar a los muertos y mostrar condolencia con los familiares.

Prefiero usar la ironía antes que subir el tono de mis palabras. Quede claro que este tipo de cita-comentario no va contra la izquierda, el centro o la derecha. Va contra el ciego utilitarismo que nos rodea. Va contra unos políticos cuyos corazones están congelados. Es un compromiso con un pueblo, bastante castigado ya por las circunstancias y un deber hacia esas personas anónimas cuyos corazones lloran de pena por la muerte en soledad y ese adiós que no le pudieron dar.

Hemos perdido seres queridos (familiares, amigos, conocidos…) y personas anónimas para muchos de nosotros; hemos perdido sobre todo un racimo de sanitarios (todos necesarios) entre los que hay unas cuantas docenas de médicos. Hasta el momento, más de una veintena de sanitarios de distintos ámbitos han fallecido a causa de esta enfermedad en España.

Es decir, se han marchado para siempre ciudadanos de a pie y de a caballo, ricos y pobres. Hemos perdido personas mayores que desde residencias y hogares se han ido en silencio. Todo está ocurriendo a buen ritmo. Es como si estuviéramos en un barco zarandeado por aguas picadas, siempre a punto de naufragar.

Mañana está pintado de incertidumbre y amarrado a una seria crisis sanitaria que no anuncia nada nuevo. Por no anunciar nada nuevo ni tan siquiera puede predecir el final de esta hecatombe. Confieso que le tengo envidia a nuestros vecinos portugueses (su frontera con España tiene muchos kilómetros) y a Grecia, país que me encanta por muchas razones, y que creía estaba ya desaparecida.

El mañana augura nubarrones. Habrá subida de precios en distintos sectores, aumentará el paro cuando volvamos a una ansiada normalidad. Crecerá la deuda pública cuyo pago habrá que saldarlo a empujones y desde una fuerte subida de impuestos. ¿Cuántos pequeños comercios tendrán que cerrar? Mejor no pensarlo.

¿Cómo afrontar la muerte de un ser querido? Con la pandemia, las defunciones se disparan. Los psicólogos explican que “el dolor queda en pausa hasta que el encierro deje paso al choque con la realidad...” ¡Cuan largo me lo fiáis, don Juan…!

Con estas líneas quiero dar mi pésame a tantos familiares hundidos por sus tragedias particulares. Y un reconocimiento a aquellos profesionales que arriesgan sus vidas por salvar las de otros. Nuestro encierro, a su lado, es una minucia, una insignificancia.

PEPE CANTILLO

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