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4 de abril de 2020

  • 4.4.20
Con la palabra "distopía" se designa, según Google, un tipo de mundo imaginario, recreado en la literatura o en el cine, que se considera indeseable. Hoy mi chico me ha dicho por videollamada que Madrid es una distopía, que parece como si fuera 1 de enero por la mañana todo el tiempo: nadie se mueve por la calle, no hay ruido, es un silencio raro y carente de vida.



No nos podemos ver porque él tiene que trabajar y entra y sale a su oficina y yo estoy recluida sin un papel que me permita visitarlo. Yo no miro fuera: yo he decidido mirar dentro. La luz que se cuela por la ventana en este día frío de primavera, mis cincos macetas que permanecen ajenas a todo, ellas siguen pidiéndome agua y luz y hacen su fotosíntesis como si no pasara nada. Es primavera y ellas lo saben: están más verdes, más bonitas y alegres.

Entiendo el amor a la tierra, a los árboles, al olivo... Al fin y al cabo, ellos tienen su ritmo que nos habla de serenidad y vida. Contemplar cómo una semilla crece y se convierte en una flor y en un fruto más tarde es una magia que a menudo despreciamos, pero que es la única verdad que existe.

Ahora me busco más, escribo más, escucho mi cuerpo y sus necesidades. Ahora los rituales son la preparación de la comida, el descanso, elegir un buen libro o una buena película. Tengo tiempo para hidratarme la piel. La ducha no es algo automático: siento el agua y el gel que me limpian, que me protegen.

Bebo más agua, trato de pasear por mi casa, por mi hogar. Es verdad que ahora descubro lo bueno que sería tener un balcón por pequeño que fuera, en el que sentir el viento y el calor del sol. Pero no lo tengo. El tiempo frío acompaña porque me invita a estar dentro, a taparme con esa manta que compré hace tiempo y que es tan "gustosita".

El día no es plano, ni yo estoy siempre feliz y contenta, pero como me recordaba ayer una amiga, los días en los que no estamos encerrados tampoco son siempre felices. Las ondulaciones dibujan nuestros estados de ánimo. Es el tiempo de practicar la compasión con uno mismo; es el momento para callar esa voz que siempre nos exige y para la que uno nunca es suficiente.

Mirémonos como a niños y permitámonos errar y acertar, reír y llorar, estar alegres y estar tristes. Al fin y al cabo, de todo ello estamos hechos.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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