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29 de marzo de 2020

  • 29.3.20
Cumpliendo con esa invitación a la lectura que días atrás hice para estos tiempos de confinamiento (y que lógicamente yo tenía que ser el primero en cumplirla), al rebuscar entre los numerosos libros que tengo, me he tropezado con un breve texto de mi admirado Mario Benedetti que se encuentra en Vivir adrede, volumen que dormía pacientemente en los anaqueles tras su primer encuentro conmigo allá por el 2008.



Dentro del primer bloque de esos textos breves que contiene la obra, me he detenido en el que lleva por título Guarida. Lo que allí expresa el escritor uruguayo parece, en cierto modo, un vaticinio de lo actualmente nos está pasando con la reclusión forzada. Es por ello por lo que creo oportuno mostrar algunas de sus primeras líneas para reflexionar sobre los sentimientos más profundos que portamos los seres humanos. Dice así:

“El mundo es tan cambiante, tan inesperado, que es bueno construirse una guarida, no solo para desalentar al azar sino también y sobre todo para borrar las culpas que los buenos vecinos nos endilgan (…) En la guarida estamos ilesos mientras cunde algún desastre. Y nos contamos cuentos y encendemos la antorcha”.

¡Y vaya que si es cambiante e inesperado el mundo! ¡Que nos lo digan a nosotros que en los comienzos del siglo XXI creíamos, o nos hacían creer, que los grandes problemas estaban solucionados, por lo que simplemente era cuestión de paciencia para resolver los ‘flecos’ que quedaban pendientes!

Quizás fueran su larga vida, ya que falleció en el 2009 contando 88 años, y las múltiples experiencias vividas las que le indujeron a manifestar lo incierta que es la existencia, por lo que no conviene descartar del todo acontecimientos que nos pueden parecer insólitos.

El futuro, el porvenir, el destino, el azar son distintas formas de expresar que el camino hacia adelante nunca puede estar prefijado del todo, por mucho que intentemos apagar las dudas que nos agobian buscando fórmulas mágicas que anímicamente nos tranquilicen. Pues, tal como apuntaba Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, hemos de ser capaces de soportar un cierto nivel de incertidumbre en nuestras vidas para no caer en la intolerancia y en los dogmatismos.

Bien es cierto que tiempo atrás nadie podía imaginar que un desconocido virus procedente de una provincia del interior de China iba a crear un estado de tensión y alarma a nivel mundial tan alto que parece que tiemblan los cimientos de todos los países del planeta.

Pero, aparte de su socarrón humor cuando alude a esos ‘buenos vecinos’ que nos vigilan para echarnos las culpas, lo que sí me interesa destacar es la idea de que conviene construirse un refugio como protección ante la actual sensación que nos persigue al vivir en un mundo inhóspito y amenazante. Y él habla de ‘guarida’, comparando, de manera metafórica, nuestra casa con el cobijo que las distintas especies animales crean para asegurarse la protección de las agresiones externas.

Ciertamente, de repente ha asomado un sentimiento ancestral que nuestros lejanos antepasados tuvieron que albergar cuando necesitaron refugiarse en las cuevas que encontraron en las zonas rocosas, ya que la vida en el exterior abierto suponía estar pendientes de las amenazas que podrían llegarles de las especies animales depredadoras.

Allí se cobijaron. Allí se sentían seguros. En las cavernas organizaron sus vidas al calor de las hogueras. También comenzaron a realizar los primeros dibujos, cuando con grasas animales pintaron en las paredes de las rocas y a la luz de las antorchas que utilizaron para iluminarse. Por suerte, algunos de esos dibujos nos han llegado, caso de Altamira, y ahora, milenios después, admiramos la belleza de los animales y las figuras humanas representados



Con el paso del tiempo la caverna se transmutó en casa, nombre con el que llamamos al espacio íntimo en el que vivimos dentro nuestro mundo desarrollado. Eso sí, ahora rodeados de numerosos aparatos que nos facilitan la vida, más aún en estos tiempos inciertos que los sentimos como amenazas.

Así, en estas fechas, percibimos la casa con un renacido sentimiento primario, como una huella arcaica que anida en el fondo de todos nosotros y que ha resurgido a partir de la necesidad vital de aislarse.

La vivienda, piso o casa, la sentimos como si fuera un refugio que nos protege del exterior, que ha pasado de ser espacio de relaciones, de contactos, de encuentros, a lugar hostil en el que tenemos que estar el menor tiempo posible. Y, en el caso de que nuestra presencia fuera totalmente necesaria, conviene volver pronto a nuestro personal abrigo (al que Mario Benedetti llama ‘guarida’) para así guarecernos de esa pequeña alimaña que no hemos visto pero a la que tememos enormemente.

De todos modos, tengo que apuntar que los niños expresan en sus dibujos ese sentimiento primario de protección plasmando la casa cuando se les pide que representen la familia. Muchos de ellos, ante esta propuesta, no solo trazan a los miembros que la componen, sino que lo hacen dibujándose en el interior del hogar, como símbolo de calidez y protección, o poniéndola al lado o detrás del grupo familiar.

Así, he seleccionado dos dibujos que explican visualmente lo que he comentado. El de la portada, de un chico de 11 años, muestra con claridad ese sentimiento de protección que le proporciona verse junto a sus padres y a su hermano siguiendo un programa de televisión. En el segundo que acabamos de ver, de una niña de 9 años, la casa adquiere un enorme protagonismo en el conjunto de la escena familiar.

De lo que no podemos tener constancia es de que en las cavernas se contaran relatos, puesto que la lengua hablada no era posible registrarla. Es de suponer que los cuentos, tal como nos dice el escritor uruguayo, aparecieran de manera tardía. Lo cierto es que en nuestra cultura se han configurado como un placer compartido, que ayuda a la imaginación y al desarrollo de la fantasía de los más pequeños.

Y qué decir en estos tiempos en los que se hace casi necesario evadirnos durante unos ratos para distanciarnos de tantas noticias tristes y desalentadoras que nos abruman. Sin lugar a duda, los cuentos, para pequeños y mayores, forman parte de los grandes placeres que se viven en distintas etapas de la vida, hecho que debemos tener en cuenta en esta etapa de reclusión o de vuelta obligada a la ‘caverna’ que habíamos olvidado.

AURELIANO SÁINZ

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