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10 de enero de 2020

  • 10.1.20
Hay que ser muy serios para hablar de humor, para hacer humor, para defender la capacidad satírica y de dar opinión que tiene el humor en cualquier formato en los medios de comunicación. El periodista Jorge Bustos advierte que la mejor forma de opinión de un periodista no es el ataque frontal, sino la ironía.



El productor ejecutivo de El Intermedio, Miguel Sánchez Romero, sabe que unir humor e información es un trabajo muy complejo y que la utilidad del humor es hacer un ajuste de cuentas. Pero cabe preguntarse si vivimos en nuestro país el mejor momento para el humor. El excantante de Siniestro Total, Julián Hernández, asegura que “antes se podía hacer humor de todo y ahora parece que hay un patrón de qué es gracioso y qué no”. “Tenemos un problema”, dice, “con la ironía y el sarcasmo”.

No es ningún descubrimiento que la historia de la prensa satírica en España ha estado siempre ligada a la lucha contra la censura. Desde la primera revista, El Duende Crítico de Madrid (1735) que ya circulaba clandestinamente, múltiples cabeceras han desafiado al poder desde el humor y la sátira.

Aunque pueden parecer muy lejanas, las publicaciones del siglo XIX fueron en su momento cabeceras de gran difusión e impacto entre el público, especialmente a partir de la revolución de 1868, cuando se amplió la libertad de prensa y aparecieron las publicaciones que servirían de modelo a nuestro periodismo gráfico: Gil Blas (1864) y La Flaca (1869). Durante el siglo XX, la prensa satírica se modernizó. En los años veinte y treinta, se crearon algunas cabeceras vanguardistas de humor refinado como Buen Humor (1921) o Gutiérrez (1926).

El humor gráfico no se detuvo en España ni durante la Guerra Civil, periodo en el que coexistieron revistas satíricas en ambos bandos. Posteriormente, y ya en la postguerra, salió a la luz La Codorniz (1941) y hubo un buen número de publicaciones clandestinas que se siguieron publicando durante el periodo gris y monolítico del franquismo.

La última eclosión de la prensa satírica se produjo en la época de la transición democrática, una década de esplendor (1970-1980), con el nacimiento de cabeceras míticas como Hermano Lobo (1973), El Papus (1973), Por Favor (1974) o la decana del humor español, El Jueves (1977). Javier Domingo Gómez afirma que, aunque la prensa satírica ha sido considerada siempre prensa menor, sin embargo, ha tenido mucha importancia, a nivel popular, desde sus comienzos hasta nuestros días.

Hoy, en este sentido, parece que se inicia un renacer de esta prensa especializada. Una tendencia que se ha extendido, con distintos formatos, a otros medios. El humor se ha trasladado a la radio, la televisión o Internet, en el que tiene cabida una gran importancia las redes sociales y los característicos memes.

El humor es la herramienta idónea para decir cuanto no cabe en un editorial. Y aquí es precisamente que nos preguntamos dónde están los límites o si los límites al humor, la sátira y el sarcasmo deben existir. En todo caso, las consecuencias son previsibles.

La prensa satírica siempre fue combativa y por la misma razón la combatieron. En España, hace 40 años, los grupos de ultraderecha intentaron acabar con la redacción de El Papus. Y en París, fueron los grupos islamistas quienes atentaron en 2015 contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo.

El ensayista estadounidense Elwyn Brooks White decía que “explicar un chiste es como diseccionar una rana. Lo entiendes mejor, pero la rana muere en el proceso”. Algo así pensaría el humorista Dani Mateo que tendría que explicar al juez cuando le llamó a declarar acusado de ofensas y ultraje a símbolos de España (artículo 543 del Código Penal) y un delito de odio (artículo 510) por simular sonarse la nariz con una bandera de España.

Parece ser habitual que la sátira moleste a quien no esté de acuerdo con ella. ¿Pero Dani Mateo cruzó la línea roja? ¿Hacer humor con un símbolo significa, necesariamente, reírse del símbolo? Se ha escrito que el objetivo del sketch de Dani Mateo no era reírse de la bandera, sino de quienes creen que la bandera es un símbolo intocable. Por eso juega con los dos elementos que la componen: el valor simbólico y el hecho material.

Es decir, no es solo un trapo, pero también es un trapo. Al usar ambos planos a la vez es donde se produce la incongruencia, uno de los mecanismos clásicos del humor. El sentido del sketch de la bandera era demostrar que, cuando los ánimos están muy caldeados, las banderas se vuelven más importantes que las personas. Y eso es peligroso. Por eso, dice, “me desmoronaba al comprobar que me había sonado en ella. Nunca fue ofender”.

Una de las funciones del escritor, y también del humorista, es molestar. Y a veces ambos molestan por hacer bien su trabajo. Según escriben Peter McGraw y Joel Warnen, el humor tiene que responder a lo que llaman una "agresión" o "violación benigna". Es decir, tiene que transgredir alguna norma social o alguna idea preestablecida, pero dejando claro que no se trata de una agresión real.

El humor provoca incomodidad, pero es inofensivo. Que un chiste resulte ofensivo, no significa que sea un delito. En el Undécimo Encuentro Internacional de Lengua y Periodismo celebrado en 2016 en San Millán de la Cogolla quedó claro que el humor es opinión, una toma de postura, un desajuste con la realidad, una discrepancia con el mundo. Y que el humor aplicado a la información es un ajuste de cuentas civilizado con el poder.

Pero también quedó claro que detrás de un buen chiste hay muchas horas de trabajo serio; que a quien opina en tono de humor, se le permite exagerar. Pero hay también un aspecto ético, una responsabilidad del humorista, vinculada a la libertad de expresión: que se pueda sostener en broma lo mismo que se pueda sostener en serio. Porque los límites del humor deben estar más marcados por la sensibilidad personal y social que por las leyes.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO

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