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7 de septiembre de 2019

  • 7.9.19
¿Quemar un bosque o una selva y a miles de especies no está castigado? ¿No vale nada la vida de los animales grandes y microscópicos? ¿Las plantas no tienen derecho a existir? Decía mi chico el otro día, viendo uno de esos maravillosos documentales que hay de nuestro hermoso planeta: "Ojalá hubieran ganado ellos; ojalá los que hubiésemos desaparecido hubiéramos sido nosotros".



Ellos son la gran diversidad y riqueza de vida que hay sobre este planeta azul y la sinrazón de la gente y la ambición rastrera se los están cargando. Si los humanos no andáramos por aquí, no pasaría nada. No somos nada. Ni en la pirámide alimenticia, ni como aporte a la vida.

Si imagino un mundo sin personas, veo un ecosistema perfectamente regulado, donde los animales se podrían reproducir, y alimentarse unos de otros para llegar al equilibrio. Donde las plantas se comerían las carreteras y los linces podrían correr por Doñana sin que un coche los atropellase o sin que algún malnacido hiciese tiro al blanco con ellos.

Nosotros, no. Nosotros estamos podridos de ambición, de cortoplacismo, de atesorar un dinero que no vale nada después de este mundo, y que en éste solo tiene el valor que le queramos dar. Los billetes no dejan de ser papeles. Un día decidimos confiar en que ese papelito morado, azul, rojo o de cualquier color te permitía comprar cosas. Pero esa capacidad se ha desvirtuado queriendo algunos seres (¿humanos?) poseer cuentas llenas de ceros y papelitos de colores.

Me encantaría gritarles: "Imbécil, te vas a morir y, cuando la enfermedad te busque, todo eso que robas a los demás no te va a servir para nada". Quemar para recalificar terrenos, especular con ellos y obtener comisiones ilegales, creando un círculo de corrupción perfecto... De eso sabemos en España.

Quemar selva para que uno o dos humanos tengan cientos o miles de metros cuadrados para ellos solos. Que desaparezca todo aquello que tiene tanto derecho a la vida como nosotros. Se pierde para siempre singularidad, belleza, aire puro, diversidad, colores, hogares, libertad, bien común y se condena a los que tienen que venir al infierno del calor. A las generaciones futuras se les roba el espacio y el oxígeno sin que haya castigo. Y, lo que es peor, sin posibilidad de volver a tener algo que por derecho natural es suyo: la naturaleza.

Cuando veo lo que está pasando, me encantaría que existiera el infierno y que allí fueran los que encienden la mecha y los que tienen las manos sucias porque les pagan. Que sintieran en su piel lo que sufren los animalitos que han sido incinerados vivos en la Amazonia; que se ahogaran con el humo, como les está pasando a esos bonitos pájaros multicolores que planeaban libres sobre miles de árboles, que crecían verdes y fuertes hacia un cielo limpio, exhalando oxígeno para todos los que vivimos en este planeta podamos respirar.

Si existiera el infierno de fuego y ellos conocieran de su existencia, quizás su ambición y su egoísmo supino desaparecerían. Y por fin respetarían a todos los que creen inferiores, a todos los seres vivos, a sus propios hijos y descendientes. Y quizás se darían cuenta de que todos somos simples viajeros temporales que pronto se convertirán en polvo.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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