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10 de agosto de 2019

  • 10.8.19
Aire que entra por la mañana e invita a sabanita de algodón suave. Cielo que se resiste a abandonar el sueño de la oscuridad. Estrellas que se desperezan y desaparecen. Pajaritos que cantan a los rayos del sol dorado; murciélagos que buscan penumbras; colores que despiertan a la luz. Verde hoja, blanca pared, gris acera, marrón ladrillo y gente que anda entre bostezos que se pegan.



Autobús callado, cabeza que busca una almohada en el respaldo del duro asiento de plástico. Ojos que tratan de amoldarse a la claridad brillante de los amaneceres de verano. Ojos que miran sin ver; ojos abiertos que aún están cerrados en el sueño. Olor a café que se escapa de los pocos bares abiertos.

Autobús que se desplaza como si lo hiciera sobre una superficie pulida, sin frenazos, sin miles de paradas. Tráfico ausente y solicitudes de bajadas que apenas suenan. Somos pocos los despiertos. Ciudad libre que invita a pasear y a sentir el fresquito matutino en la piel desnuda. Pensamientos que vuelven como olas a la orilla de una cama blanca de sabanitas acariciadoras.

Se activa el cerebro para contar las horas que aún restan hasta volver al abrigo del sofá, lugar donde reposar el cansancio de la canícula. Fuera del bus, las piernas se ven obligadas a moverse, a realizar el juego de un paso tras otro. Ya todo es de color, un pato en el río pasea sobre una superficie que es un espejo en calma.

Miras alrededor y el tiempo se ha parado, La ausencia de carreras ha atrancado las manecillas del reloj. Hay que andar, pero todo invita a sentarse y a contemplar. Un instante, un solo instante de los pocos instantes que somos. Solo tiempo, no somos otra cosa. "¡Cómo pasa el tiempo!", decía la vecina. Y mi abuela siempre le contestaba: "Pasamos nosotros".

Empieza el ajetreo, las tareas, las obligaciones... Y la tranquilidad de la mañana se convierte en un sueño, en un anhelo imposible.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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