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22 de junio de 2019

  • 22.6.19
La reciente sentencia del Tribunal Supremo en la que dictamina que los cinco miembros de “La Manada” ejercieron un delito continuado de ‘violación’ a quien fuera la víctima, rectificando la sentencia a la Audiencia Provincial de Navarra, supone un alivio a gran parte de la sociedad española que asistía entre atónita y escandalizada ante hechos que de ninguna manera cabían calificarlos de ‘abusos’.



Y es que la violación contra la mujer, un terrible delito, se convierte en una de las brutales manifestaciones del machismo que se resiste a desaparecer, no solo en las sociedades más arcaicas sino también en aquellas que se consideran desarrolladas.

De este modo, hace poco Daniel Guerrero, en estas mismas líneas, habló del caso reciente de Noa Pothoven, una chica holandesa que tenía 17 años cuando decide que no puede más, que el dolor que le dejaron los abusos sexuales sufridos a los 11 y 12 años y una posterior violación a los 14 años le habían conducido a un sufrimiento psíquico insoportable.

En su cuenta de Instagram, Noa había dejado por escrito: “Seré directa: en el plazo de 10 días habré muerto. Estoy exhausta tras años de lucha y he dejado de comer y de beber. Después de muchas discusiones y análisis de mi situación, se ha decidido dejarme ir porque mi dolor es insoportable”.

Decidió despedirse de esta vida que había sido tan cruel con ella no comiendo ni bebiendo. Durísimo final de una chica que debería estar gozando como todas las chicas de su edad cargada de ilusiones y del entusiasmo juvenil que corresponde a estas edades.

Cuando leí el caso de Noa, a la mente me vino uno paralelo, pero de cuatro siglos más atrás. Se trataba de la gran pintora Artemisia Gentileschi que también sufrió una violación siendo adolescente como Noa, ya que tenía 15 años cuando fue violada por parte de quien tenía que ser su mentor en el campo de la pintura.

Sobre esta magnífica pintora hablé en cierta ocasión, pero no me importa volver a retomar su caso para que entendamos lo que supone para una mujer, y más aún si se encuentra en la adolescencia, ser agredida sexualmente.

Si tenemos en cuenta que Artemisia había nacido en Roma en el año 1593, nos podemos imaginar las enormes dificultades que debió atravesar para dar a conocer, por aquella época, que había sido objeto de una violación. Pero tuvo el coraje de hacerlo y la valentía de sobrevivir a las torturas posteriores.

Quizás los temas que abordó en su pintura le sirvieron como atenuante a sus imposibles deseos de venganza y, así, no caminar por la vida arrastrando el dolor, la ira y la impotencia ante la agresión y las torturas posteriores que había sufrido. Y si hay dos cuadros que ejemplifican la rabia que acumulaba en su interior son los que llevan por título Judith decapitando a Holofernes, y el posterior, Judith y su doncella. De este último muestro un fragmento en la portada del artículo.

Pero antes de analizar esta obra, y explicar su significado desde la perspectiva actual, conviene que conozcamos algo de la vida de una pintora que, sorprendentemente, es de los pocos personajes femeninos reconocidos dentro de la historia de las artes plásticas, al menos hasta que se llega al siglo veinte, en el que sí aparecen algunos nombres femeninos.

Comienzo apuntando que Artemisia Gentileschi (1597-1651) fue hija del artista romano Orazio Gentileschi, uno de los destacados seguidores de Caravaggio, con quien mantenía una estrecha relación de amistad.

Muy temprano muestra una capacidad excepcional para la pintura, de modo que de sus años de juventud procede su obra titulada Susana y los viejos, escena tomada de un relato bíblico, en la que se aprecia la lascivia de dos ancianos que susurran entre ellos al contemplar el bello cuerpo desnudo de la mujer, levemente tapado por un paño.

En la obra, despliega un enorme talento creativo, tanto que muchos críticos sospechan, sin fundamento, que fue ayudada por su padre para finalizarla.

Puesto que Artemisia destacaba entre sus hermanos en el campo de la pintura, su padre termina admitiéndola en su taller para que desarrollara su gran creatividad. Conviene apuntar que por entonces era inconcebible que una mujer se dedicara a las artes plásticas; sin embargo, encontró un firme apoyo en la figura paterna para el desarrollo de sus dotes pictóricas.

Teniendo en cuenta que el acceso a las academias profesionales estaba reservado para un mundo exclusivamente masculino, su padre le puso a Agostino Tassi como preceptor privado, dado que este pintor estaba trabajando con él en la decoración del Casino de la Rosa de uno de los palacios de Roma.

Pero lo que no podía prever el padre de Artemisia es que su preceptor violara a su hija en 1612, cuando ella contaba solo quince años. Este hecho fue conocido y llevado al tribunal papal. Agostino Tassi entonces prometió casarse con Artemisia, pero pronto se comprobaría que ya estaba casado. Además, se averiguó que Tassi había planeado matar a su esposa; que había cometido incesto con su cuñada; que había intentado robar pinturas de Orazio Gentileschi…

A lo largo del proceso, Artemisia fue expuesta a pruebas crueles para comprobarse que decía la verdad: se la sometió a un humillante examen ginecológico y se la torturó con un instrumento con el que se apretaba progresivamente unas cuerdas colocadas en torno a sus dedos hasta que el dolor se le hacía insoportable. Con ello se consideraba que si decía lo mismo bajo tortura era que la historia que contaba debía ser cierta.

Un mes después de acabar el juicio, y condenado Agostino Tassi, Artemisia se casa con el modesto pintor florentino Pietro Antonio Stiattesi, en un matrimonio apañado por su padre para restituirle el estatus de honorabilidad que había perdido al ser violada.

Tras lo expuesto, podemos entender que el odio que acumuló Artemisia tuviera que ser, de un modo u otro, plasmado en algunos de sus lienzos. Y la salida la encontró en un tema que aparece narrado en la Biblia: la decapitación de Holofernes por la bella Judith.

En uno de los textos bíblicos se cuenta la historia en la que el pueblo judío que habitaba la ciudad de Bethulia fue cercado por el ejército babilónico mandado por el general Holofernes, buscando la rendición de la población al habérsele cortado el suministro de agua.

Judith, una viuda de gran belleza, acude con su sirvienta al campamento del general, haciéndole creer que se encontraba de parte de las tropas que cercaban Bethulia e indicando que el pueblo judío estaba siendo castigado por alejarse de las leyes de Dios.

Una vez que se gana la confianza de las tropas, logra acceder a Holofernes, al que seduce tras varias charlas mantenidas. Este, prendado de la belleza de Judith, una noche le invitó a su tienda a cenar. Cuando se dio cuenta que el general había bebido suficientemente para emborracharse y caer dormido bajo los efectos del alcohol, Judith, ayudada por su acompañante, le cortó la cabeza al general logrando llevarla a la ciudad judía sitiada.

En 1612, comenzó la obra Judith decapitando a Holofernes, que la tuvo ocupada a lo largo de varios años y que hoy puede admirarse en el Museo de Capodimonte de Nápoles. Así, como si fuera un animal al que se le secciona la cabeza, salen chorros de su cuello salpicando sangre por todos lados y alcanzando a la autora del magnicidio. Esta, ayudada por su doncella, muestra en su rostro un enorme cúmulo de desprecio, odio y repugnancia hacia el personaje que, desnudo y cubierto solo por las sábanas, se despierta sintiendo cómo la espada le está segando el cuello.

Para reforzar el espanto que provoca la escena, Artemisia sigue la técnica que por aquellos años había impuesto Caravaggio, el maestro italiano del claroscuro y que tantos seguidores tuvo. En este caso, el foco de luz, que nace en el lado izquierdo, ilumina a los tres personajes, aunque la parte más clareada del cuadro es precisamente el centro de la escena en el que se encuentra ubicada la cabeza y el brazo izquierdo de Holofernes.

* * *

Para cerrar, y tal como he apuntado, han transcurrido cuatro siglos para el lienzo que considero provoca más espanto en el espectador que lo contempla. Y sería la mano de una mujer, la de Artemisia Gentileschi, la que, en una obra maestra de la pintura, volcara en ella toda su rabia, dolor y deseos de venganza tanto por la violación, como por el cruel juicio al que fue sometida, así como el humillante matrimonio que le fue impuesto para que ella, ¡como víctima!, lavara la vergüenza de haber sido violada.

Hoy, cuatro siglos después, el caso de Noa y el de “La Manada” nos hacen ver que el machismo, esa lacra inserta en lo más profundo de la sociedad, lamentablemente se niega a desaparecer, por lo que es necesario hacerle frente sin paliativos, sin reservas y sin justificaciones. Esto último, sin duda, nos compete a todos.

AURELIANO SÁINZ

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