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11 de abril de 2019

  • 11.4.19
La semana pasada circuló por las redes una carta que el Premio Nobel de Literatura, Albert Camus, dirigió a su maestro en noviembre de 1957, en la cual le agradecía lo que había hecho por él cuando era un escolar que malamente podía dirimir si estudiaba o no. Tanto la carta de Camus como la respuesta de su maestro, de las que ya nos hablo Aureliano Sáinz en Educar con pasión, merecen una detenida lectura.



¿Quién es Albert Camus? Simple y llanamente un “pieds-noirs” (pies negros), mote con el que los argelinos señalan a los emigrados a la colonia francesa de Argelia. Nace en la más absoluta pobreza, en el seno de una familia de colonos. Su infancia y parte de la juventud transcurre en Argelia. El tipo de apodo podría ser algo similar al que se le atribuye a los “indianos” por parte de los españoles, con la diferencia de que muchos de estos eran gente rica. Hasta aquí la parte negativa de este genio. Nace en Argelia, 1913 y muere en Francia, 1960 a la edad de 46 años.

Vamos a la cara positiva que por suerte posee. Inteligente y disciplinado, va a la escuela primaria y también cursa Bachillerato. Animado por su profesor de primaria, L. Germain, lee a los filósofos, en especial a Nietzsche. Se gradúa en Filosofía y Letras con la tesis Relación del pensamiento clásico griego y el cristianismo a partir de los escritos de Plotino y San Agustín. La tuberculosis que arrastra le impide dar clases y se refugia en el periodismo y en la creación literaria.

Novelista, dramaturgo, ensayista, filósofo y periodista, su pensamiento navega entre el existencialismo y el absurdismo. Estará muy influenciado por filósofos como Nietzsche y Schopenhauer. En 1957, por su gran aportación literaria, le conceden el Premio Nobel de Literatura.

Es una mente inquieta y productiva. En su haber hay una amplia producción de obras entre novela, ensayos y artículos periodísticos. Como escritor, sus obras más conocidas son La Peste, El Extranjero o El mito de Sísifo. Otras obras que destacan son La muerte feliz, El hombre rebelde o La caída. Sería aburrido citar toda su producción literaria.

En el trasfondo de sus escritos subyace el conflicto entre la búsqueda de un sentido a la vida y la inexistencia de dicho sentido. El esfuerzo realizado para encontrar sentido es de por sí ya absurdo. La solución, que en principio es inexistente, la encuentra en la solidaridad y en la capacidad humana de resistir. La tragedia del vivir se impone a la noción del absurdo.

Algunos detalles significativos de su vida, obras y milagros: mantiene una actitud muy crítica contra el cristianismo y el existencialismo (a pesar de Sartre) porque alejan al hombre de lo humano. Para Sartre, comunista también, “el que critica al comunismo es un perro rabioso”, amén de aceptar sin protestar los millones de muertos causados por Stalin.

Camus abandonará el Partido Comunista por discrepancias en temas como el pacto germano-soviético y pasará a ser un fervoroso partidario de las posturas anarquistas defendiendo, sin duda ni vacilaciones, la lucha por la libertad.

Muere en un accidente de coche. Sobre su muerte parece que hay rincones algo oscuros. Recientemente se ha editado el libro Camus debe morir cuyo autor, Giovanni Catelli, especializado en estudios sobre Europa del Este, trata de desenredar este accidente que parece está relacionado con muchos intereses políticos del momento. La KGB aparece en el punto de mira de la investigación.

Entro en la temática que justifica estas líneas. De la pobreza absoluta consigue llegar a las más altas cotas de la cultura. El recuerdo de su vida escolar es positivo y más aún lo es la gratitud que profesa a su maestro Louis Germain, a quien dedica el discurso del Nobel. Dicho profesor también se siente feliz con el éxito de su alumno.

Toda su corta vida estará marcada por una actividad constante. Crea una compañía de teatro para representar obras clásicas a trabajadores. Como periodista publica Bodas, conjunto de artículos de profunda reflexión. En El extranjero y El mito de Sísifo refleja la influencia que recibe del existencialismo.

Hablemos del maestro. El maestro es quien abre las ventanas del saber para que los escolares puedan otear el horizonte y aprender de las múltiples posibilidades que ofrece la gran parcela del conocimiento.

Últimamente desde la política nos vienen hablando de adoctrinamiento sobre todo a los pequeños. Adoctrinar (infundir) consiste en “inculcar a alguien determinadas ideas o creencias” (sic). "Adoctrinar" es una palabra cargada de manipulación que ahoga la libertad del sujeto y sesga la capacidad crítica.

El maestro no adoctrina, no debe, abre puertas para aprender y, si me apuran, diré que tampoco enseña: solo muestra el horizonte coronado de montañas por escalar. Enseña si queremos aprender, si la curiosidad nos ronda a cada paso que damos por este supuesto valle de lágrimas –la alusión es metafórica, carente de sentido religioso–.

El maestro enseña si desde su atalaya de experiencia y conocimientos atisba el inquieto deseo que nos impele hacia la libertad, si le decimos con la mirada que nos muestre el camino. "Enseñar", "aprender", "educar", "guiar", "orientar"… son verbos que cada sujeto puede asimilar si cuenta con el apoyo de su voluntad.

El buen maestro deja entreabierta la puerta de la curiosidad para que entremos al mundo del saber pero siempre desde la libertad personal. Cuando percibe la capacidad receptiva del escolar entonces se entrega en una maniobra de siembra a voleo. Es un preceptor si queremos aprender a aprender.

Caso contrario pasará por nuestras vidas como una carga impuesta desde fuera por la familia en conspiración con la sociedad, por aquello de que todos tenemos derecho a ir a la escuela –tenemos derecho a la educación entendida como “instrucción por medio de la acción docente” (sic) en el sentido más amplio del término, es decir si queremos aprender–. Según el diccionario, se trata de “adquirir el conocimiento de algo por medio del estudio o de la experiencia” (sic).

Demos un paso hacia lo concreto. Aprendemos Juntos es un proyecto integrado por BBVA, Santillana y El País que nos ofrece, alrededor de la educación, una serie de materiales-charlas-experiencias de profesionales altamente cualificados de los cuales solo cito tres entradas que me parecen muy interesantes.

En este enlace, el doctor Francisco Mora, deja claras dos importantes líneas: la primera está referida a cada persona: “Somos lo que la educación hace de nosotros”. La siguiente cita aporta un alto valor y es contundente: “El maestro es la joya de la corona de un país”. Pura utopía. Los comentarios a estas afirmaciones dan para departir largo y tendido.

En Cuaderno de viaje de un maestro, José A. Fernández Bravo, maestro con larga experiencia, deja todo un mensaje que debemos tener en cuenta. Para cerrar, Nélida Zaitegi pregunta cómo aprende un niño a convivir. Y responde: "Conviviendo". ¿Perogrullada? Respondamos después de oír por dónde van los tiros. Añade que “debemos ayudar a que los jóvenes sigan subiendo escalones en la humanización para conseguir una sociedad mejor”.

Por desgracia, entre nosotros el docente (maestro o el profesor) está poco valorado. Leyes partidistas, padres (entro)metidos a profesores, políticos metidos en berenjenales que no les corresponden, hacen que los docentes cada día que pasa tengan mal cartel. ¿Motivos? Se podrían aludir multitud de ellos que van desde la lástima al no aprecio (¿desprecio?). Los resumo en breves líneas que corren entre nosotros.

Tiempo ha, al maestro se le tenía lástima con aquello de que “pasas más hambre que un maestro de escuela”. De la lástima hemos pasado a cierto desprecio con otra frase que también ha hecho historia: “trabajas menos que un maestro de escuela”. ¿No hay respeto? Hay que resaltar que la autoridad del maestro está muy carcomida por aquello de que su labor no está reconocida. Menospreciarlo delante de nuestros hijos es un error.

Para terminar, me referiré a El maestro es el niño, un documental sobre la Pedagogía Montessori, por si nos puede ayudar en algo, máxime si tenemos algún retoño que deba ser escolarizado el próximo septiembre. Y cierro con una frase significativa de Camus: “Buscar lo que es verdad no es buscar lo que uno desea”. La verdad hay que buscarla a pesar de que pueda ser dolorosa.

PEPE CANTILLO

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