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25 de febrero de 2019

  • 25.2.19
Buena parte de los suplementos culturales de este país considera que Ordesa es la mejor novela publicada en 2018, un libro testimonial en el que Manuel Vilas (Barbastro, 1962) dibuja la belleza y la poesía de la generación de hombres y mujeres nacidos en los años treinta; es decir, la generación de nuestros padres. O dicho de otra manera: el libro es un retrato material de las clases medias de entonces.



El libro arranca con la muerte de la madre en 2014. De la generación del autor, el propio Vilas dice que lleva el sentimiento de culpa “de serie”, culpa de haber perdido a los padres sin conocerlos o de no haberles dedicado el tiempo que debieron.

La obra está escrita en primera persona. Un relato confesional narrado con una voz transgresora, donde confiesa los “tocamientos” que sufrió en su infancia por parte de un cura, los estragos del matrimonio, del que afirma que es “la más terrible de las instituciones humanas”.

Pese al escozor con que narra algunas vivencias, se siente legitimado para escribir este libro porque el sentimiento dominante es el amor. Y añade: “El peor parado soy yo en el libro”. Confiesa también su adicción al alcohol, pero al final optó por vivir y no beber. De vez en cuando, se deja vencer, advierte que la familia es el lugar más humano, le gusta España, sobre todo por los españoles y recuerda con algo de nostalgia la España pobre de su infancia que muchos pretenden olvidar. Él lo dice así: “Fuimos pobres, pero con encanto”.

Durante muchos años, anduvo narcotizado con una nómina de profesor de instituto. Siempre quiso ser escritor. En 2000 vio la luz El cielo, su primer libro de poemas. Su poesía reunida se publicó en 2010 con el título Amor, y su Poesía completa en 2016. Es autor de las novelas España (2008), Los inmortales (2012) o El luminoso regalo (2013). Tiene la mirada cansada de explorar los lodazales de su alma. Pero su último libro ha despertado en los lectores el interés por conocer otra mirada, esta vez más personal, en el mapa literario español.

—Escribiste en un artículo en 'Babelia' que en 'Ordesa' quisiste reflejar la belleza y la poesía de la generación de hombres y mujeres nacidos en los años treinta, la de tus padres. Hombres y mujeres que no tuvieron acceso a la cultura pero que estuvieron vivos y que sus vidas fueron buenas.

—Sí. Pensé que, aunque esa generación, por ejemplo mi padre, no pudo tener una enseñanza superior, eso no significaba que su vida no fuera plena. Yo he vivido mejor que mi padre, en el sentido de que yo he podido ir a la Universidad, pero no significa que mi padre haya sido más infeliz que yo. Quería dejar claro eso.

—'Ordesa' también es un retrato material de las clases medias de entonces. En el libro describes sus vidas cotidianas, sus electrodomésticos, sus coches, sus vacaciones.

—Para mí eso es importante. Lo que podría llamarse la prosperidad de las clases medias, porque sin prosperidad no hay crecimiento político, no hay libertades, no hay nada, si en tu casa no tienes una buena nevera o un coche. Y en la democracia española fue posible gracias a que de repente hubo una prosperidad económica y eso facilitó la transición.

—Tu padre no fue al entierro de tu abuelo. Escribes: “Me moriré sin saber si mi padre le dio alguna vez un beso a mi abuelo”.

—Esa es la familia de la que yo procedo, de las familias de los sesenta. Hablar de sentimientos no se hacía. Más o menos tú sabías que te querían, pero verbalizar sentimientos los lectores ahora me lo están diciendo que en sus familias ocurría lo mismo. Ahora sí. Tienen una relación donde se dicen los sentimientos. Pero en la mía no se decía. Porque había un aparato social, eso no formaba parte de ella. Era una inmoralidad.

—El libro arranca con la muerte de tu madre en 2014. Dices que tu generación lleva el sentimiento de culpa “de serie”. ¿Culpa de no haber dedicado a los padres todo el tiempo de debimos? ¿Culpa de haberlos perdido sin haber llegado a conocerlos lo suficiente?

—Por las dos cosas. Culpa de no haber estado más con ellos, sobre todo los últimos años donde ellos se convierten ya en personas mayores. Y de no haber hablado. El libro está todo el rato invocando que teníamos que haber hablado más. Y eso, por lo que veo, le pasa a todo el mundo.

—El libro está escrito en primera persona, con una voz transgresora y valiente, en una obra que tiene más de texto confesional y testimonial que de novela de autoficción. ¿Por qué mezclar realidad y ficción cuando lo que te interesa de verdad es la veracidad con todos sus vacíos? De hecho, escribes: “La verdad es lo más interesante de la literatura”.

—No. El libro es confesional. Lo que pasa es que, evidentemente, siempre hay cosas que imaginas o inventas. Sobre todo, cuando tienes que recordar la vida de tus padres. Pero hay más veracidad que ficción.

—En 'Ordesa' también confiesas los “tocamientos” que sufriste en tu infancia por parte de un cura, algo que todos callaban pero que, desgraciadamente, era el pan de cada día.

—Esto que yo creía que era un episodio horroroso y que yo llevaba en silencio, el 90 por ciento de la gente ha sufrido esto. Sobre eso había un silencio brutal pero resulta que le pasaba a infinidad de chicos y chicas.

—¿Tan ciega estaba la sociedad, tan permisiva, tan oprimida?

—Tan ciega. Sí, sí. Era el franquismo y era la Iglesia. Y hacían lo que les daba la gana.

—Ante todo, tu novela es un texto autobiográfico, un género poco frecuentado en España. Sin embargo, en América, en literatura como en periodismo es muy habitual. Tú dices que es por influencia del catolicismo. Sin embargo, en América Latina se ha cruzado esa frontera sin ningún trauma y produciendo obras de primera magnitud.

—Yo creo que es paralelo. En la literatura española también había una laguna en libros de carácter confesional, autobiográficos. Yo creo que provocado por esta incomodidad por hablar de sentimientos, que tiene que ver con el catolicismo y que, cuando hay más libertad, en estos momentos estamos viviendo una expansión de la libertad, pero hemos colonizado esos territorios literarios que faltaban. En el mundo anglosajón llevaban más tiempo con libros de estas características.

—Estuviste casado. En el libro dices que el matrimonio es la más terrible de las instituciones humanas. De hecho, en un libro confesional como este, apenas asoma el perfil de tu exmujer, de los años vividos, sí el de tus hijos. Un silencio premeditado.

(Ríe). Las personas vivas no quería que estuvieran en el libro más que lo justo, para que la historia se entendiera. Fundamentalmente, si los personajes tienen más de dos o tres líneas en el libro es porque están muertos.

—Eras hijo de una familia modesta. Escribes: “La confesión de la pobreza en España parece una inmoralidad, algo repudiable, una afrenta. Y, sin embargo, es lo que hemos sido casi todos”. Y añades: “Fuimos pobres, pero con encanto”.

(Ríe). Sí, sí. Fuimos pobres, pero con encanto. En realidad, todos ocultamos, sobre todo en esa sociedad de mis padres, que a uno no le iba bien. Se ocultaba porque era una vergüenza. Hoy en día, no. Hoy en día la gente no tiene por qué ocultar si no le va bien. Lo dice y ya está. En aquella sociedad si tenías problemas económicos, se ocultaba o intentabas aparentar que no.

—Cuando se escribe un libro confesional como este, ¿se tiene miedo o te paras a pensar qué puede pensar la gente próxima a ti, la gente que ha vivido contigo?

—En el entorno más cercano y que conoce la historia de primera mano, sí que uno tiene un poco de miedo, de precaución y de cautela por ver un poco cómo se ha tomado. Pero a excepción de ese entorno, lo demás no me preocupa en absoluto. Creo que yo estaba legitimado para escribir este libro en tanto que creo que el sentimiento dominante era el del amor.

Y yo entendí el libro como una carta de amor a mis padres, lógicamente con momentos tristes en esa vida en común, pero que el sentimiento final que dominaba la historia era el amor, y el de la compasión, y el de la comprensión de sus vidas. Entonces yo creo que eso, desde un punto de vista moral, legitima la historia pese a que, lo que tú me acabas de contar, a las personas más implicadas en esa historia pueda, a lo mejor, no parecerles tan bien.

—¿Miedo a que ellas puedan ver la realidad alterada o a que la cuente según a él le interesa?

—Pero no creo que eso se pueda decir, porque el peor parado soy yo en el libro. Lo que pasa ya es que el recuerdo es siempre subjetivo. De hecho, nadie recuerda de la misma manera. Entonces, claro, si se lo leen familiares míos no van a reconocer exactamente ese pasado o van a pensar que lo recuerdo de una manera muy tergiversada. Cada uno tiene una visión del pasado diferente. Bueno, pueden escribir también ellos un libro.

—Confiesas también tu adicción al alcohol, algo inherente a varias generaciones en España. Dejaste de beber. Llevas más de cuatro años sin hacerlo. Y escribes: “Todo alcohólico llega el momento en que debe elegir entre seguir bebiendo o seguir viviendo”. ¿Así fue?

—Entre la be y la uve. Jaja. Así de simple. El alcohol, evidentemente, para una persona lleva a la muerte directamente, a la destrucción. Lo que pasa que antes de la muerte lleva al jolgorio de destrucción, de sordidez y de miseria y, bueno, hay que dejarlo. Yo lo dejé.

—Durante mucho tiempo estuviste narcotizado con una nómina como profesor de instituto. Comenzaste a vivir del viento. Te gusta esa expresión.

—Tenía que haberlo dejado antes, pero yo siempre había querido ser escritor. No se podía vivir de la literatura. También había que hacer un ejercicio de riesgo, que yo no quise hacer. Al final lo hice. Y no me arrepiento. Este país vive mucho con mentalidad de funcionario. Y en ese sentido, eso no sé hasta qué punto es bueno, porque nos limita mucho en las posibilidades de hacer cosas. Entonces, yo eso lo sentí así, tal como lo digo en la novela.

—Fuiste profesor en Yowa. Vendes libros. La vida te va mejor. Como escribiste en tu libro, ¿el azar castiga a los calculadores, a quienes calcularon su jubilación?

—Jaja. Esa es una ironía que dice el narrador. La gente que, de repente, está pensando en la jubilación y se jubila, y a los tres días se muere. Eso a mí siempre me ha llamado muchísimo la atención, porque lo he vivido, lo he visto. Es como si olvidáramos la vida, la vida en sí misma, y le diéramos más importancia a aspectos administrativos de la vida. Como si olvidásemos algo más importante. Vivir, sin más. Vivir sin tener en cuenta todas estas cosas que creo no son partes esenciales de la vida.

—La familia es el espacio de la autenticidad absoluta. Pero, según se deduce de tu libro, quizás no somos conscientes de ello hasta mucho después, cuando los padres ya no están.

—Lo que yo quería decir es simplemente algo tan sencillo como cuando a ti te pasa algo gordo adónde vas, a tu familia. De repente tienes un problema de salud gordo, económico gordo, la gente va a la familia. Eso me parece muy importante. A veces la gente se olvida de eso. Sigue siendo el lugar más humano, donde hay menos alienación.

—Nuestros padres querían que a nosotros nos fuera mejor que a ellos. Como padre, ¿qué sientes, qué piensas que será de tus hijos?

—En general, es una preocupación social de todo el mundo, porque hemos comprobado que esa dinámica de la Historia de que los hijos iban a vivir mejor que los padres, que de alguna manera alimentaba la Historia de España, en el 2008/2009 se vino abajo. De repente vimos que estos chavales, que son la generación más preparada de la Historia, pues tienen problemas para encontrar trabajos razonables y dignos. Están trabajando por 700 euros chavales que tienen licenciaturas, grados, estudios, que hablan idiomas. Esto es incomprensible. Esto es un fracaso político muy importante de este país. Al que se añade la desmoralización que ha habido por el problema de la corrupción política.

—Te gusta España, pero en un sentido nacionalista. La gente acostumbra a quejarse de este país. Pero a ti, en realidad, lo que te gusta es la gente que vive aquí.

—Me parece un país maravilloso porque existen los españoles. El Estado español no sé lo que es. Lo que sí sé qué son los españoles, la gente que está en la calle, la gente que es como tú y como yo. A veces se dice el Estado español. Pero vamos a ver. Dónde está el Estado español. Lo que hay son clase media, gente que madruga, que va a trabajar, gente que cumple, gente que se esfuerza y gente que intenta salir adelante. Yo creo en esa gente.

—Aunque aquí el español se queja mucho de su país.

—Eso es una cosa muy española que se cura yéndose a vivir un tiempo fuera. Cuando tú te vas a vivir un tiempo fuera, te encuentras un montón de cosas que las hacen peor que en tu país. Y entonces, dices, mi país no está tan mal.

—Justificas el tono confesional de tu obra con esta frase: “Me ha pasado algo tan sencillo como que me hago viejo y prefiero buscar la verdad alejado de cualquier retórica”.

—Sí. Yo creo que a cualquier ser humano que va cumpliendo años pues lo que quiere son certezas, verdades, y ya no le sirven los juegos de palabras ni el ingenio ni los fuegos de artificio. Quiere alguna verdad. Una verdad en la que poder apoyarse y que le sirva para comprender lo que ha sido tu vida, pues alcanzas un poco la serenidad, la paz. Con eso ya está bien.

—Un epílogo en verso. ¿Querías decir lo mismo de otra manera?

—Decir lo mismo de otra manera. Añadir una perspectiva nueva que completara un poco el cuadro.

—Hay en tu libro una definición de este país que me gusta y me perturba a la vez. En España, para 44 millones de españoles es ver cómo un millón de españoles pilla un chollo y tú no lo pillas. ¿Así de simple?

—Esta es la España que hemos vivido todos, que es lo que ha desmoralizado a este país. Ves cómo le gusta, sobre todo, en la corrupción política, lo que teníamos delante ha sido eso. O sea, ha sido ver cómo tú con tu trabajo no podías seguir adelante, la gente tenía dificultades de llegar a fin de mes con trabajos normales y otra gente se estaba forrando.

—¿Y ahora?

—Tengo una novela empezada y tengo cosas ahí.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: MANUEL VILAS - ESCRITOR (FACEBOOK)

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