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7 de abril de 2018

  • 7.4.18
Nadie aprende en cabeza ajena y, además, lo que aprendes por ti misma se queda grabado en tu ADN: es una enseñanza para siempre. La primera vez que me dijo que el chico que acaba de conocer era un bohemio y que la llamaba poco, y ella justificaba esa falta de interés a su forma de ser, yo me callé. Ella estaba cada vez más prendada de él y él seguía con su ritmo, el ritmo del que se deja querer y coge la fruta que le ofrecen sin contraprestación.



Lo bueno de ir cumpliendo años y tener muchas vivencias, propias y ajenas, es que si no malgastas las derrotas, aprendes mucho y vas descubriendo cómo se mueve el mundo y qué habita en los corazones humanos.

Cuando alguien se enamora, no es una elección, no es una decisión racional: simplemente ocurre. Y si no pasa, es algo irremediable. El amor sigue siendo una materia pura en la que no existe el engaño, y en la que no hay esfuerzos posibles. Es un regalo que, a veces, puede estar envenenado por no ser correspondido.

Me ha costado mucho aceptar esta realidad. Yo no decido de quién me enamoro, ni el otro puede decidir si se enamora de mí o no. Cuando nos rechazan vamos corriendo al espejo a ver si nos falta algo; repasamos mentalmente conversaciones para encontrar fallos, porque somos tan ilusos que creemos que si hubiésemos hecho las cosas de manera diferente, aun estaríamos con el ser amado.

Aunque no puedo negar que el rechazo me deja indiferente, lo que sí he conseguido es verlo como algo irremediable. Esa persona no podía quererme. Tema diferente es que me engañe y me diga cosas que no siente con algún fin. Ahí no hay perdón. A veces es difícil saber qué sentimos: la maraña del miedo puede crear engaños en nuestra mente.

Ahora ya no me siento tan culpable cuando tengo que hacer frente a una mirada emocionada que quiere más y a la que yo no puedo corresponder porque mi corazón no lo siente. La verdadera suerte ocurre cuando amas y eres correspondido. Y si esto no se da, solo nos queda seguir caminando porque, a lo mejor, la vida nos reserva una bonita sorpresa en una esquina cualquiera.

Estoy contenta porque Marina ha aprendido la lección sin que yo haya tenido que explicársela o convencerla de nada. Me ha llamado para contarme que se ha dado cuenta de que el problema no era que no fuera el momento de él para enamorarse. Es, solamente, que no se ha enamorado de ella, y ella sí. No había habido promesas. Lo hablaron, fueron sinceros y se despidieron con un abrazo y un "te deseo lo mejor". Un final que si no es feliz, sí que es digno de una buena película.

MARÍA JESÚS SÁNCHEZ

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