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18 de marzo de 2018

  • 18.3.18
Las viejas democracias occidentales, tanto en Europa como en Norteamérica, están sucumbiendo a los cantos de sirena de los populismos y los ultranacionalismos más viscerales, basados en propuestas simples para resolver los problemas complejos a los que se enfrentan, en estas primeras décadas del siglo XXI, las sociedades más avanzadas, ricas y presuntamente tolerantes del mundo.



Una crisis económica de efectos desestabilizadores para el sistema financiero, que dejó a los Estados sin recursos para proveer servicios públicos esenciales (sanidad, educación, pensiones, ayudas al desempleo y la dependencia), junto al incremento explosivo del fenómeno migratorio en aluvión y a la desesperada desde regiones castigadas por la pobreza y las guerras hacia los países prósperos, desarrollados y seguros del entorno (de África y Cercano Oriente hacia Europa y de Sudamérica hacia Estados Unidos, fundamentalmente), han bastado para desencadenar un miedo irracional en la población a la globalización del comercio y la economía y a los inmigrantes y refugiados, hasta el extremo de considerarlos fuente o causa de todos los problemas que agobian a las otrora abiertas y tranquilas democracias.

Los partidos tradicionales del denostado bipartidismo, que propugnaban un modelo de sociedad conservadora o progresista, de acuerdo a la ideología de sus postulados (liberales o socialdemócratas, principalmente), son vistos ahora por los ciudadanos como obsoletos instrumentos incapaces de responder a las necesidades del presente y, por ende, ineficaces para afrontar los problemas que preocupan a la mayor parte de la sociedad, como son esa globalización que externaliza el trabajo hacia países de mano de obra barata y esos inmigrantes que suponen un peligro para nuestra forma de vida y que, encima, arrebatan los pocos empleos a los que recurrir cuando no hay otra cosa.

Por lo que parece, a la gente ya no le interesa ni la ideología ni valores con los que aspirar a transformar la realidad, sino soluciones drásticas a problemas concretos, justamente lo que los populismos y los grupos de extrema derecha ofrecen desde la transversalidad de sus recetarios, ofertas que superan la caduca división entre izquierdas y derechas para establecerla entre ellos y nosotros, los de arriba y los de abajo, las élites y el pueblo. Todo mucho más comprensible y fácil.

Las amenazas –reales o imaginarias– y las dificultades que nos acechan constituyen el caldo de cultivo en el que proliferan estos profetas demagógicos del paraíso terrenal –nacional y exclusivamente nuestro, por supuesto–, con solo evitar el contagio de un mundialismo patógeno.

Son adalides del retorno a la pureza de la tribu, la raza, y se nombran, sin que nadie los elija, en representantes del pueblo verdadero, de aquel “volk” fundacional del que procede la gente corriente que está harta de élites y de un “establishment” que los engaña y empobrece.

De ahí que el aislacionismo, el proteccionismo comercial, la antiglobalización y la xenofobia o intolerancia cultural o religiosa emerjan enseguida en los discursos del populismo de izquierdas y del ultra nacionalismo de derechas.

Son discursos sumamente seductores por la simplicidad tajante de sus argumentos y diagnósticos, con los que centran las culpas de todos nuestros males en el terrorismo, la inmigración, la globalización y, por supuesto, en la irresponsable debilidad de unos gobernantes “profesionales”, maniatados por intereses clientelares o la corrupción, para actuar y defender al “pueblo” con firmeza.

De este modo, logran ganarse la confianza de un número cada vez más creciente de votantes desengañados y crédulos en muchas de las democracias de Occidente, hasta el punto de convertirse en fuerzas determinantes a la hora de acceder o influir en los gobiernos de muchas de ellas. Representan un peligro para el orden global, la paz y las relaciones internacionales, y una amenaza cierta a la cohesión de Europa.

Son una versión maquillada del fascismo y el anarquismo comunal anticapitalista, disfrazados ahora de demócratas asamblearios, que pugnan por imponer su ideario sectario y excluyente. Viejos lobos con pieles de cordero que reaparecen con Trump en Estados Unidos, con los euroescépticos impulsores del Brexit en el Reino Unido y con los supremacistas nacionalistas en Alemania, Polonia, Francia, Austria, Hungría, Holanda, Finlandia, Noruega e Italia, por citar ejemplos recientes.

Todos ellos se asemejan en lo fundamental y no dudan en compartir apoyos y doctrina, como se encargó de visualizar ostensiblemente Steve Bannon, el ideólogo racista de Donald Trump, en el Congreso refundacional del FN, ahora como Reagrupamiento Nacional, de Marine Le Pen, en Francia.

Y se caracterizan por ser hábiles pescadores en los ríos revueltos de la cotidianeidad de sus naciones, incitando las emociones en vez de la racionalidad crítica, en un mundo y un tiempo que les es propicio, en el que predomina el pensamiento “light” y la sociedad “líquida”, como se cansó de advertir Bauman.

Por ello, mientras más problemas nos aflijan, más oportunistas del populismo y otras demagogias aparecerán para prometernos alivio con sus proclamas. Mientras tengamos problemas complejos, propio de sociedades plurales y tiempos convulsos, brotarán populistas y demagogos que ofrecerán respuestas simples pero contundentes para resolverlos de un plumazo.

Ante fenómenos como la migración y los refugiados, causados por las desigualdades y las injusticias, surgirán populistas y ultranacionalistas que propugnarán la recuperación de las esencias tribales, la defensa de la identidad amenazada y la expulsión del foráneo, previamente convertido en delincuente, terrorista o ladrón de nuestros trabajos.

Mientras persista el paro y la precariedad laboral, habrá populistas que prometerán el pleno empleo y salarios dignos. Mientras la pobreza y las desigualdades no sean erradicadas, habrá quien se presente a combatirlas con rentas universales y recursos ilimitados para ampliar derechos y prestaciones, sin atender a sus causas.

Mientras nos invada la frustración y el desánimo con nuestros semejantes, nuestras instituciones y nuestras democracias, habrá predicadores de la felicidad y el bienestar social dispuestos a derribar todo lo construido en dotarnos de un Estado de Derecho y un sistema político democrático, no tan perfectos como serían de desear, pero preferibles a cualquier entelequia visionaria. Y ello es así porque, mientras conservemos nuestra democracia, existirá el peligro de los que la utilizan para manipular a los ingenuos con promesas falsas y discursos demagógicos.

Tan graves como las injusticias, las desigualdades, la pobreza, la precariedad laboral y salarial, los inmigrantes y refugiados, las dificultades económicas y las tensiones territoriales, son los populismos, los demagogos, los charlatanes y los radicales de izquierda o derecha que proliferan junto a los problemas y los utilizan para inocular ideas racistas y ultranacionalistas en sociedades que antes eran tolerantes, pacíficas y solidarias.

Agitando los fantasmas del miedo existencial ante el terrorismo, el miedo identitario o racial ante la inmigración y el miedo económico o laboral ante la globalización y las crisis, los populismos y otros demagogos nos incitan al racismo, la xenofobia, al supremacismo nacional, al egoísmo y la intolerancia como armas de defensa de nosotros frente a ellos, del pueblo frente a la casta, los de abajo frente a los de arriba.

Y lo peor es que lo están consiguiendo, nos están convenciendo de que pongamos puertas al campo y vallas al mar que nos blinden del mundo y nos aíslen de sus peligros, como si viviéramos solos y no dependiéramos de todos. Nos hacen creer que el mal anida siempre en los otros, en los demás. Nunca en nosotros. Por eso el mensaje de los populistas y otros demagogos es tan del agrado de nuestros oídos, tan eficaz para emocionarnos, pero tan cuestionado por la razón y la verdad.

DANIEL GUERRERO

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