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3 de marzo de 2018

  • 3.3.18
Con el paso del tiempo, pareciera que las generaciones más jóvenes habían asimilado la igualdad que debe existir entre los hombres y las mujeres. Y, efectivamente, los cambios que se han producido son verdaderamente importantes: cada vez hay más jóvenes que sienten que los derechos de las mujeres hay que defenderlos y llevarlos a la práctica.



De todos modos, la corresponsabilidad del trabajo en la casa es la gran asignatura pendiente que se resiste a ser realmente asumida por la pareja. Todavía pesa mucho en la mentalidad esa idea de que el hombre es “el cabeza de familia”, tal como tiempo atrás se decía para indicar que era el padre el que se convertía en quien gobernaba la casa y al que tenían que prestar obediencia el resto de los miembros, empezando por la mujer, que le debía una clara sumisión, puesto que ella pertenecía al “sexo débil” (la RAE, ¡por fin!, ha aceptado incluir en la edición online del diccionario que es una expresión “con una intención despectiva y discriminatoria” hacia la mujer).

Lo cierto es que también hay sujetos, grupos y sectores en nuestra sociedad que luchan abiertamente para que el dominio masculino no decaiga. En el fondo de este planteamiento hay muchos intereses económicos y de poder, razones que justifican que su pétrea defensa de este dominio se perpetúe. No es necesario indicar, por ejemplo, que ciertos prelados o grupos integristas parecen que tienen como objetivo el que la mujer sea un ser sometido al hombre.

Recordemos que hace algún tiempo comenté los dos libros que había escrito la periodista italiana Costanza Miriano y que llevaban como suculentos títulos los de “Cásate y sé sumisa” (dirigido a la mujer) o “Cásate y da la vida por ella” (dirigido al hombre), publicados en la editorial promovida por el arzobispo de Granada. ¡Dos auténticas joyas del machismo más rancio y casposo, aunque su autora los vistiera con un lenguaje modernillo y desenfadado!

Y no es que yo quiera volver a hablar de este tipo de publicaciones o de recordar campañas que se han hecho contra los avances igualitarios; pero lo cierto es que nos encontramos en unos tiempos en el que los grupos integristas no cejan en sus empeños para que la mujer “vuelva al redil”, o, lo que es lo mismo y en lenguaje tradicional, que permanezca “en casa y con la pata quebrada” (expresiones que parecen exageradas, pero que si se realiza una lectura de los libros citados se verá que no hay nada de exageración).

Pienso que hay que tener un elevado espíritu sectario o un machismo insoportable para aceptar campañas como la del autobús de Hazte Oír, dirigida a niños y niñas para que mostraran rechazo hacia chicos y chicas transexuales, puesto que, en su conjunto, la sociedad ha evolucionado favorablemente tras muchos años de lucha y reivindicaciones por los derechos de la mujer y la igualdad de los géneros.

De todas formas, y tal como apuntaba anteriormente, cuesta mucho asumir que hay que repartirse el trabajo de la casa (en función, claro está, del trabajo que se desarrolle fuera de ella, sea por uno de los miembros o por los dos). De igual modo, habría que aceptar como un hecho natural el que la educación y el cuidado de los hijos les corresponde a ambos progenitores.

En la actualidad, sin embargo, es frecuente escuchar por la parte masculina la expresión “Yo echo una mano”, como si la responsabilidad total del trabajo del hogar le correspondiera a la mujer y fuera suficiente que el hombre “ayude” algo en la enorme carga que supone llevar adelante toda la labor cotidiana del cuidado de los hijos y de la casa.

Tal como apunto, las resistencias mentales y prácticas a aceptar y asumir que las responsabilidades de la casa es tarea de los dos son enormes. Esto lo he podido comprobar tras muchos años de investigación en los centros educativos a partir de pruebas basadas en la realización del dibujo de la familia y que ejecutan los escolares en la clase.

Así, los trabajos de investigación que, bajo mi dirección, llevan a cabo los estudiantes de Magisterio en los centros escolares me hacen ver que la casa se convierte en el último reducto que parece resistirse a los cambios, dado que otras cuestiones, como la brecha salarial, ya son de dominio público, es decir, se ha aceptado mayoritariamente que es una gran injusticia que sufren las mujeres en sus trabajos por el mero hecho de pertenecer al “sexo débil”.

Y ahora para que comprobemos de manera concreta cómo los escolares representan, de un modo u otro, los tradicionales roles en las escenas familiares que dentro del hogar plasman, he seleccionado cinco dibujos recientes de niños y niñas de los últimos cursos de Educación Primaria, y que son verdaderas expresiones de lo que ellos ven y aprenden dentro de sus casas.



Un hecho muy curioso dentro de los dibujos de las escenas familiares lo encarna la reiteración de aquellas en las que al padre se le representa tranquilamente sentado en un sofá, mientras que el resto de la familia está de pie y, de modo frecuente, a la madre realizando algunos de los trabajos domésticos.

Es lo que plasma esta niña de 7 años, que nos muestra a su padre de perfil descansando en un sofá amarillo, al tiempo que la madre, ella y su hermano, se encuentran erguidos y trazados frontalmente. Este modelo sería lo que suelo llamar como “el rey del sofá”, como respuesta a la idea de que el hombre no tiene que hacer nada en la casa, por lo que aparece tumbado y sin ninguna actividad.



Esta segunda escena que he seleccionado pertenece a un niño de 9 años. En este caso, la modalidad se corresponde con las de aquellas escenas que expresan la superioridad del trabajo masculino con respecto al que realiza la mujer. Así, en el dibujo, nos muestra a un padre majestuoso, de gran tamaño y sentado sobre una silla de oficina, trabajando delante del ordenador; mientras que su madre, muy pequeña e infravalorada, está barriendo el salón de la casa.

Él y su hermano, mientras tanto, escuchando música y sentados en el suelo, se encuentran entretenidos con videojuegos. Sin lugar a duda, en este dibujo el niño ha expresado la idea de la superioridad masculina basada en las diferencias de trabajos.



En este tercer dibujo que presento se vuelve a mostrar la diferencia de roles de los géneros masculino y femenino en el seno de la familia. Su autora, una niña de también 9 años, plasma el salón de la casa en el que se encuentra ella misma sentada con su padre viendo ambos tranquilamente la televisión, al tiempo que su hermano pequeño, sentado en el suelo, juega a las construcciones.

Los tres aparecen plasmados en momentos lúdicos. ¿Y qué hace mientras tanto su madre? Puesto que las madres no tienen horarios de trabajo en la casa, vemos que asoma por la puerta del salón portando una fregona. Esta es la modalidad de dibujo en la que los miembros de la casa disfrutan mientras que la madre trabaja sin descanso.



En ocasiones me encuentro con dibujos verdaderamente singulares, puesto que se salen de las modalidades que habitualmente los escolares plasman. Es lo que sucede con el que realizó un chico de sexto curso y de 11 años, ya que, cuando en la clase se les pidió que libremente realizaran un dibujo de la familia, nos mostró este sorprendente trabajo.

En él, vemos que el salón de la casa ocupa casi todo el espacio, al tiempo que, en el lado derecho de la imagen, aparece entreabierta la puerta de entrada en la que se ve al padre temeroso, que está acompañado del autor del dibujo y de sus dos hermanas. Al preguntarle por el significado, indicó que lo dibujaba con cierto temor pues era habitual que su madre le echara “una bronca” al llegar a casa con ellos, pues se “escaqueaba” de otros trabajos que ella tenía finalmente que hacer.



La última escena que presento me parece genial, por lo bien que explica su autor, un chico de 10 años, lo que acontece cotidianamente en su casa. Si en el dibujo anterior el modo que tenía el padre de “escaquearse” de las tareas del hogar era saliendo con los hijos, en esta es la de manifestar, descaradamente, que está trabajando, cuando hace cualquier cosa.

Así, vemos a su madre quien, con una sartén en cada mano y friendo un huevo y una tortilla, llama al padre diciendo: “Javier, levanta del sofá y ven aquí”. A lo que este le responde: “Estoy haciendo cosas del trabajo, llama al niño” (mientras está sentado en el sofá y con el mando de la tele al lado). Finalmente, para salir del paso, es el propio autor el que acaba manifestando: “Ya voy ¡yooo!”.

AURELIANO SÁINZ

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