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9 de noviembre de 2017

  • 9.11.17
Dadas las circunstancias políticas en las que nos movemos desde hace algún tiempo y dado que se nos llena la boca de derechos, quisiera matizar algunos conceptos alrededor de la tan traída y llevada Democracia de la que todos hablamos según nos conviene. Si la actuación del contrario no gusta, se le tacha de "antidemócrata", "izquierdoso", "facha" o de lo que se nos antoje. Adjetivos hay muchos. Conocimientos, a veces, no tantos.



La historia de la humanidad ha conocido múltiples formas de Estado y de gobierno, y ha mostrado también que no todas han sido valiosas y apreciables. Entre ellas, y hasta el momento presente, la democracia ha demostrado ser la más deseable y la que responde mejor a las exigencias y necesidades organizativas de los humanos.

Para poder hablar de democracia es preciso partir de la aceptación de unos derechos y unos valores que se le deben reconocer a todo ser humano como la libertad, la igualdad y la solidaridad, entre otros. Dichos valores son básicos en un sistema democrático; otro cantar es cómo se entienden desde cada trinchera. La época actual sabe de algún truco al respecto.

La libertad permite participar en las decisiones públicas y elegir nuestra forma de vida. La igualdad nos lleva a reconocer el valor que posee todo ser humano por su dignidad como tal, más allá de las discrepancias que puedan existir entre los diferentes grupos. La solidaridad nos compromete a respetar a los otros, a interesarnos por ellos y ayudar en todos los proyectos comunes posibles.

Para entender el alcance e importancia de la democracia hay que remitirse a sus inicios y, a renglón seguido, comparar con los modelos actuales. Indudablemente, el entorno y las circunstancias que encuadran los distintos momentos sociopolíticos del devenir humano no son los mismos en la Grecia antigua que en las democracias modernas.

El concepto de democracia, tal como lo entendieron los griegos de la próspera Atenas (siglo VI antes de Cristo), incluye la participación directa de todos los ciudadanos. El bien del individuo y el de la polis coinciden, aunque habría que matizar diciendo que deben necesariamente coincidir, aunque no siempre sea así.

Ser ciudadano es ser “hombre político”, es decir, con derecho y obligación de participar en las asambleas, ocuparse de la dirección del Estado y desempeñar cargos en la magistratura. El ciudadano se realiza como tal en la participación política.

Aristóteles entiende que la democracia es el gobierno de todos los hombres libres de una sociedad, cuando dicho gobierno se realiza en y para el interés general. La autoridad descansa en el pueblo y no en un grupo minoritario compuesto por ricos o nobles.

Dicho grado de implicación y participación solo se entiende en unas condiciones muy determinadas. Gozaban de una situación económica que permitía, junto con el ocio, la dedicación a los asuntos públicos. En segundo lugar, vivían en una ciudad reducida en la que era posible reunirse todos y participar directamente en las deliberaciones.

Dato importante a tener en cuenta es el sentido restringido que poseía el concepto de ciudadano. No todos los habitantes de la polis gozaban de dicha condición. Esclavos, mujeres, extranjeros e, incluso, en ocasiones, trabajadores y artesanos estaban privados de este derecho.

Si el invento de la democracia se debe a los griegos, su redescubrimiento e implantación en la Edad Moderna se basa en el desarrollo de las ideas de la Ilustración cuyo momento clave corresponde al llamado “Siglo de las Luces” (siglo XVIII).

Entendemos por Ilustración todo un movimiento de renovación intelectual, ideológica, científica, cultural y política que se propaga por Europa principalmente. Se caracteriza por la defensa de la racionalidad frente al conocimiento sensible y la ignorancia.

El Siglo de las Luces cuenta con filósofos de primera talla y que son mentores señeros en el ideario democrático moderno. Ofrezco un breve apunte de algunos de ellos por la importancia e influencia que han tenido en cuanto al tipo de gobierno y forma de vivir en sociedad que proponen.

Thomas Hobbes (1588-1679) parte de que los humanos somos malos por naturaleza reafirmando que “el hombre es un lobo para el hombre”, frase originaria de Plauto. Hay que buscar la paz mientras sea posible para evitar poner en riesgo la propia vida. ¿Cómo? A través de un pacto social que nos defienda de nosotros mismos.

Para John Locke (1632-1704) el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad privada basada en el trabajo, es inalienable. El pacto social debe garantizar el respeto a dichos derechos. Surgirán problemas si las instituciones o los políticos y sus partidos anulan al individuo relegándolo solo a votar cada equis tiempo, como ocurre en la actualidad.

Montesquieu (1689-1755) defiende una república donde sea posible la libertad basada sobre la división de poderes ejecutivo, legislativo y judicial buscando un equilibrio entre ellos para no degenerar en despotismo.

Rousseau (1712-1778) influye en la declaración de independencia de Estados Unidos, en la Revolución Francesa y en el comunismo del siglo XIX. El buen salvaje es un ser libre que carece de maldad y la sociedad lo hace malo convirtiéndolo en un lobo para el hombre. Con la propiedad privada aparece la desigualdad y los conflictos. La solución reside en un contrato social establecido en condiciones de libertad e igualdad, cuyo objetivo es el bien común.

Nuestras democracias modernas, aunque tienen como referencia la griega, son resultado directo de las revoluciones liberales de los siglos XVIII y XIX, al defender el derecho a gobernar con el consentimiento del pueblo, partiendo de la idea de igualdad política del ciudadano y del derecho que tiene a participar en el poder.

En las democracias modernas, el ciudadano establece una clara distinción entre su vida privada y pública, entre sus derechos individuales y sus obligaciones como miembro del mismo. El Estado está en función del individuo y ha de proteger sus intereses.

Los ciudadanos, todos, son los verdaderos soberanos. Ellos directamente o a través de sus representantes, pactan las leyes y ejercen el gobierno, convirtiendo en realidad la separación de los tres poderes: legislativo, judicial y ejecutivo.

Por otra parte, la dimensión y complejidad de los Estados modernos supera totalmente el marco reducido de la polis griega. Es impensable que todos los ciudadanos puedan reunirse en un lugar y tomar decisiones conjuntamente. Esto hace que la forma moderna de democracia se plasme en el modelo representativo.

Pero hablar de representación implica hablar de elegidos, de un sistema de elección, de mayoría y minorías, de grupos y partidos políticos que aspiran al ejercicio del poder. La forma en que estos elementos están presentes y actúan en las democracias, hace de ellas una realidad más o menos próxima al modelo deseable.

Un dominio absoluto de la mayoría, ignorando las demandas de los grupos minoritarios, o la existencia de un partido único, por ejemplo, pueden desfigurar la democracia y aproximarla a su antagonista: la dictadura autocrática.

Democracia se opone así a dictadura, como forma de poder político no constitucional, y a autocracia, como sistema político personalizado en alguien que se autoproclama gobernante y se considera poseedor del poder sin limitación alguna. Las monarquías absolutas eran autocracias, los regímenes militares y fascistas son dictaduras.

Sin embargo, la democracia sí puede ser la forma de organización política de aquellos países que se declaren o republicanos o monárquicos (monarquía constitucional). En la vieja Europa hay algunos ejemplos de este último modelo.

Cierro con una cita del libro Castellio contra Calvino: “Nunca un derecho se ha ganado para siempre, como tampoco está asegurada la libertad frente a la violencia, que siempre adquiere nuevas formas... cuando ya consideramos la libertad como algo habitual surge un misterioso deseo de violentarla. Siempre que la humanidad ha disfrutado de la paz durante demasiado tiempo y con despreocupación, sobreviene una peligrosa curiosidad por la embriaguez de la fuerza y un apetito criminal por la guerra”. A buen entendedor, con pocas palabras basta.

PEPE CANTILLO
FOTOGRAFÍA: JOSÉ ANTONIO AGUILAR

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