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13 de noviembre de 2017

  • 13.11.17
Periodista y columnista, Manuel Vicent es autor de novelas como Tranvía a la Malvarrosa (1994 y 2014), Jardín de Villa Valeria (1996) o Desfile de ciervos (2015). Nacido en Vilavella (Castellón), también es autor de la antología Los mejores relatos (1997) y de las colecciones de artículos Nadie muere la víspera (2004), Viajes, fábulas y otras travesías (2006), Los últimos mohicanos (2016) o Antitauromaquia (2017), con ilustraciones de El Roto. Ahora publica su última obra: La regata.



—Con ‘La regata’, vuelve a Circea, aquella ciudad inmortalizada en ‘Son de mar’. ¿Le podía ya la nostalgia o era el mejor escenario para contar esta historia?

—Bueno, el Mediterráneo es un paraíso. Todos los paraísos son los paraísos perdidos. Y el destino de un literato, de un narrador, siempre es volver a ese paraíso para recuperarlo y convertirlo en literatura.

—Aunque ya poco queda del territorio ideal que fue esa Ítaca recreada en la anterior novela.

—En la anterior novela, eran dos amantes que mueren en el Mediterráneo, en la orilla prácticamente. En esta, es una travesía a través de la convulsión del Mediterráneo, de la armonía, de la belleza, de la sangre y de la corrupción.

—La novela arranca con la intención de atrapar al lector. Una muerte súbita en la que están comprometidos una actriz y un empresario influyente.

—Es la metáfora de una actriz bellísima que sueña con la Ofelia de Hamlet pero que en un acto sexual, atada de pies y manos, su amante, un gran empresario, muere encima de ella. Cómo se libera de las ataduras es todo el misterio de la novela.

—El dinero fácil, la corrupción, la burbuja del cemento han ido cambiando el paisaje, a las personas, en fin, la vida.

—Es inevitable si escribes sobre el Mediterráneo. El Mediterráneo es un espejo cóncavo que saca lo peor y lo mejor de ti. Hay un Mediterráneo, que es el que hemos perdido. El Mediterráneo de los viejos pescadores, marineros, de los puertos pequeños. Y está el Mediterráneo de los clubes náuticos, de los pantalanes llenos de popas, llenos de lujo y esplendor, y de vanidad.

—¿Inevitable hacer una radiografía del mundo actual?

—El mar es una escuela moral. Se supone que navegar es navegar contra el viento sirviéndote del viento en contra. Pero también es una enseñanza moral para las travesías de tierra, que es enfrentarte a la adversidad sirviéndote de esa adversidad para hacerte fuerte.

—Su memoria “está unida a todas las sensaciones que se derivan” del mar Mediterráneo. ¿Logra que viva en usted como “un ideal del espíritu”?

—Yo creo que el Mediterráneo es un mar muerto prácticamente, un mar convulso, lleno de sangre y lleno de miles de ahogados que ya hemos incorporado a nuestro ADN, prácticamente, y los hemos sintetizado. Ese Mediterráneo, convulso y corrupto, tiene un interior que es el mar de tus deseos, el mar ideal, que al convertirlo en un mar interior se vuelve limpio y armonioso si tú eres limpio y tienes armonía interior.

—Esta frase es suya: “Para los que viven en el Mediterráneo, el ajo es casi una filosofía”.

—En el Mediterráneo, tú ya sabes que los salmonetes saben griego y latín. Y los pulpos saben árabe. Todo el esfuerzo del navegante del Mediterráneo es atravesar esa cultura hasta llegar al fondo del corazón de los salmonetes, que saben latín y griego, y tienen incorporada toda la filosofía socrática.

—“Los mafiosos del Mediterráneo son muy simpáticos”. Dice que la corrupción valenciana es muy fallera. ¿Eso lo da la tierra?

—La tierra da genios en todos los aspectos, en los buenos y en los malos. Un principio general e inamovible es que cualquier estafador tiene que ser simpático. Si no eres simpático, no puedes zafar a nadie porque nadie se acerca al estafador. Mi tierra, Valencia, tiene esa cosa exterior, natural, visible. Lo peor que existe en Valencia es cuando una falla está mal quemada, cuando un muñeco resiste el fuego, se ha chamuscado y no acaba de caer. Es también lo que ha pasado en la corrupción valenciana.

—Se habla de las muertes generadas por el comunismo. Las muertes del capitalismo son más difusas. ¿Ese es su acierto?

—El capitalismo es una forma de explotación universal. Los muertos del capitalismo no se cuentan, porque no son políticos, son económicos. Un muerto en la economía sería un número negativo más, pero no es un muerto moral.

—Hay más poetas naufragados que marineros y que dioses. ¿Tan difícil se hace descubrir el mar?

—El mar exige estar a su altura y estar a su altura significa la naturalidad. Lo primero que aprendió el ser humano es a navegar con una tabla y un trapo y a conocer el genio del mar. El mar trae humor, es irascible, es suave. Es decir, conocer ese mundo del mar es la primera sabiduría que ha tenido el ser humano.

—A los nativos del mundo digital los compara con los monos de un zoo. Se va a crear muchos enemigos.

—Yo estoy fuera de las redes. Había un dibujo de El Roto en que dos peces se hablan entre ellos y decía: “A mí esto de las redes me suena muy mal”. (Ríe).

—“El Mediterráneo es un paraíso que hemos vendido baratísimo”. ¿Su retorno se hace imposible?

—Yo creo que sí. No hay vuelta atrás, porque lo hemos destruido, lo hemos bombardeado con cemento, con ladrillos. Y es una destrucción total. Siempre quedan rincones soñados pero este es un paraíso destruido.

ANTONIO LÓPEZ HIDALGO
FOTOGRAFÍA: ELISA ARROYO

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