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6 de marzo de 2017

  • 6.3.17
El pasado 25 de febrero murió en Marbella Pablo Ráez, el joven de 20 años que había revolucionado con sus mensajes en las redes sociales la donación de médula ósea. Su juventud y su optimismo por superar una grave enfermedad conmovieron a miles de seguidores hasta el punto de que las donaciones aumentaron hasta un 1.300 por ciento en su ciudad, lo que no deja de ser una excelente noticia para tantos enfermos de leucemia que precisan un trasplante de médula como el que recibió el joven Pablo.



Desgraciadamente, tantas muestras de solidaridad y hasta un segundo trasplante no pudieron evitar el fatal desenlace de una enfermedad que todavía, a pesar de los adelantos de la ciencia médica, no es posible curar en el cien por cien de los casos.

La vitalidad y el activismo en las redes del paciente malagueño consiguieron hacer llegar a la sociedad la existencia de esta enfermedad, la leucemia, que como muchas otras requiere de la contribución de las personas sanas para que faciliten, mediante la donación altruista y voluntaria, aquellos productos biológicos (médula ósea, sangre, plasma, plaquetas y órganos) que son imprescindibles para el tratamiento y la probable curación de los pacientes afectados. Y no todos ellos tienen la habilidad ni la posibilidad de hacer uso de las redes sociales para despertar esa imprescindible solidaridad ciudadana.

Ahora que, desgraciadamente, ha fallecido quien había despertado semejantes muestras de solidaridad en la gente, habría que mantener ese compromiso como el mejor homenaje que podría rendirse a su memoria. Y ello, además, por una razón que sobrepasa el vínculo emocional y se inserta en los hábitos adquiridos de manera racional.

Porque es imperativo que la conducta solidaria se afiance entre nuestros hábitos para poder garantizar la atención de los muchos enfermos que precisan, como el joven Pablo, productos procedentes de la donación que hasta la fecha no se pueden fabricar de manera artificial.

Quien necesita, en cualquier hospital de España, una transfusión de hematíes, plaquetas o plasma o algún trasplante de médula ósea u otro tejido y órgano depende vitalmente de los donantes, personas que facilitan esos productos sin esperar a campañas mediáticas ni a la compasión de un rostro concreto y simpático.

Porque es, precisamente, esa masiva respuesta dirigida hacia una persona en particular lo cuestionable de la campaña que el paciente malagueño extendió por las redes sociales, con su imagen e icónico gesto del brazo doblado en posición de fuerza, ya que extinguida la causa que la motiva, la respuesta suele decaer o extinguirse.

Conmovidos por la situación de una persona en particular, nos olvidamos de esas otras desconocidas que aguardan diariamente en los hospitales de España a esas transfusiones y unos trasplantes con los que tratar la enfermedad que los queja y, en la mayoría de los casos, salvarles la vida.

Son millares los enfermos anónimos, comprendidos desde niños de pocos meses hasta adultos que peinan canas, que dependen de la generosidad y la solidaridad de unos donantes que, de manera altruista y continuada, se prestan y acuden a ofrecer lo que solo ellos pueden dar en beneficio de cualquier paciente que requiera tales productos de imposible elaboración artificial.

Por ello, en estos momentos de abatimiento por el fallecimiento de Pablo, a quien el Ayuntamiento de Marbella había concedido la Medalla de la Ciudad, confiamos en que su lucha no quede en flor de un día y la solidaridad que despertó en todo el país no sea pasajera.

Su ejemplo ha de permitir que llegue el día en que sean innecesarias campañas mediáticas para conseguir donantes, que esté cercano ese futuro en que campañas como la del propio Pablo Ráez no hagan falta porque todas las necesidades de transfusión y trasplantes estarán cubiertas en los hospitales españoles por donantes suficientes que, sin aguardar a ninguna convocatoria, están dispuestos a “regalar” lo que solo ellos tienen posibilidad de hacer: “regalar” vida a los enfermos que dependen de la solidaridad de la donación.

Cuando eso suceda, todos los Pablo Ráez que no tienen rostro mediático en los hospitales podrán ser atendidos, sin la angustia de un llamamiento público urgente, simplemente por la generosidad anónima y desinteresada de personas cuya solidaridad permanente no precisa de estímulos en los medios para ser ejercida. Esos donantes solidarios son los que merecen todo nuestro reconocimiento y gratitud.

DANIEL GUERRERO

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