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8 de febrero de 2017

  • 8.2.17
Se sabe que la condición humana, a la hora del egoísmo, puede aventajar a cualquier fiera, y prefiere que lo logrado por él del modo que sea, antes entre en descomposición y se pudra que repartirlo con otro. Y con toda seguridad, el individuo que realiza tal acto de desconsideración hacia los demás, en segundos dispondrá de más de meda docena de frases hechas que justifiquen, o intenten justificar, tal abominable hecho egoísta, que logran su propósito de que el hombre duerma a pierna suelta, alabando su insolidaria forma de proceder, por otro lado universalmente adoptada.



Cabe, perfectamente, la posibilidad de que no se haya dado ningún caso de que fruto de una arenga política, fruto de un mitin o programa de televisión, una persona haya cambiado su intención de voto, porque, entre otras muchas consideraciones, los llamados "indecisos" no existen, salvo que sea gente que haya perdido el regimiento, y, por consiguiente, no deberían contar como votantes en ningún censo ni expectativa.

Existen en España tan solo dos clases o tipologías de votantes: los incondicionales, que votarán, llueve o truene, lo que entiende son sus intereses; y los que suelen llamar "votantes indecisos" que, en la más pura realidad, son votantes “contra algo”, que lo tienen con rabia asumido.

Pero las llamadas "campañas políticas de concienciación" son la excusa miserable para que las hordas políticas tengan enfrente otro punto donde esquilmar dinero público, a sabiendas de que solo le puede producir rentabilidad a la empresa propagandística, siempre en poder de un amigo de los amichis, próximo al capi de todos los capis.

Este preámbulo de corte de arenga habitual, como otros muchos, está claro que no va a servir para nada. Pero sin ánimo de hacer proselitismo alguno, por lo menos la gente debe saber, si quiere saber, que entre los grandes motivos por los cuales unas empresas que fueron de todos nosotros, y siguen siendo, como son las eléctricas, son el confortable reducto en primer lugar para la propiedad accionarial de nuestros viejos políticos, tanto activos como metidos en esa reserva en la que medran ellos y sus leyes hechas a medida como sus trajes, viviendas y yates.

En segundo lugar, las empresas eléctricas, nuestras robadas a todos nosotros empresas eléctricas vía PP, PSOE, ambos de la mano, sonrientes y felices, son un lugar en extremo cómodo, sin necesidad de trabuco ni manta ni jaca trotona bandolera de trincar unos robos mensuales de los que otorgan categoría de gran ladrón intocable.

Y el gran ladrón intocable es una especie descarada y aplaudida que ha emergido poderosa en España, con la sorpresa hasta para él mismo de que con unas migajas que reparta de lo robado, lo suyo es un triunfo social seguro.

Y lo tercero es porque los españoles, hasta que no evolucionemos dentro de nosotros mismos hasta el posicionamiento a decir basta ya, sin arengas ni gaitas gallegas, el asunto del recibo de la luz seguirá igual; y el robo energético se disparará precisamente en las mismas fechas, porque el alumbrado público del Solsticio de Invierno, ese fin de año de felicidad y buenas intenciones junto al estúpido despilfarro de poner las ciudades como pavesas, es uno de los muchos robos que le luce más a nuestros políticos dueños de las eléctricas, que cuando lanzan el mensaje del miedo de que socializar la energía es comunismo, y el comunismo ya sabemos todos que es pernicioso porque es ateo; y todo lo ateo, venga de donde venga, es muy malo.

Solo con el proceso de la llamada "privatización" de la empresa Telefónica de España o el otro proceso de la llamada "privatización" de las empresas vendedoras y generadoras de energía eléctrica, sin entrar en otros democráticos procesos de robo a todo un conjunto nacional en la más completa paz de acción sin consecuencia penales, ya de por sí, con un simple análisis de su procedimiento, camino seguido, y estado actual, si el español, como otros pueblos, hubiésemos evolucionado desde nuestro interior hacia afuera de nuestro sentimiento, y no estuviéramos incididos por mítines que nos aconsejan lo bueno y lo malo, y lo único que logran, que no es poco, es generar apatía y pasotismo social, con cualquiera de los dos procesos y estado actual, hay materia suficiente para que tuviéramos que importar grandes partidas de cáñamo del extranjero para poder confeccionar el número de sogas necesaria para darle “guinda” a nuestros padres patrios y amigos de los amichis.

De nuestro interior hacia fuera en nuestro comportamiento solo hemos generalizado una evolución de desconfianza hacia los políticos españoles, basada la tal desconfianza en hechos reales, unos contados en los medios y otros vistos en lo bien que suelen administrar los sueldos en las casas de nuestros queridos políticos próximos en la distancia.

Y la citada desconfianza es la que nos conduce a pensar por una asociación muy directa y certera de ideas que muchos presidentes de partidos políticos españoles en la más pura realidad son presidentes camuflados, dueños mayoritarios de los consejos de administración de empresas que hace unos años eran públicas, de todos nosotros.

En esta España de barco vacío incondicional o barco lleno, también incondicional, que se puede pasar en un pis pas de ir en procesión detrás de los curas rezando, a ir corriendo detrás de ellos para arreglar cuentas pendientes, no hemos evolucionado internamente lo suficiente para que la espera de ese padre patrio que abra metafóricamente la ventana y nos diga que podemos coger otra vez lo que es nuestro, nunca va a llegar por la vía del pasotismo y tendremos que ser nosotros, por tanto, los que con nuestra cabal exigencia volvamos a poner nuestro letrero de dueño en algo que hoy, todavía lo es, aunque la titularidad de las acciones de las eléctricas o la telefónica, las dos empresas que hemos puesto en cuestión, más otras que no hemos mencionado pero las hay por cientos, digan que pertenecen a alguno de esos fieles servidores al servicio de los españoles que más recelo de desconfianza nos provocan: nuestros amados políticos.

Salud y Felicidad.

JUAN ELADIO PALMIS

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