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17 de mayo de 2016

  • 17.5.16
La sesión de control al Gobierno del Parlamento de Andalucía del pasado jueves me dejó abochornado, noqueado, inquieto y preocupado. Vi a una Susana Díaz agresiva, violenta, chabacana, ordinaria y vulgar, que llegó a insultar a Teresa Rodríguez, la líder andaluza de Podemos, y a tratarla con una ira y un odio injustificado y exarcebado en el punto en el que la presidenta rechazó el acuerdo con la izquierda para echar al Partido Popular del Senado.



Desgraciadamente, no es una excepción. Las sesiones de control al Gobierno andaluz están protagonizadas por las malas formas y la violencia verbal de Susana Díaz con Teresa Rodríguez, a quien Díaz ha convertido en la líder de la oposición a fuerza de despreciarla y hablarle con altas dosis de inquina.

Lo peor es que en las filas del PSOE aplauden este chunguismo de la presidenta y lo justifican porque ella, Susana Díaz, “es una mujer muy andaluza, muy de barrio”, como si las mujeres de las clases populares andaluzas fueran chabacanas, ordinarias, insultaran y fueran por la vida escupiendo odio.

Todo lo contrario. Las clases populares andaluzas son irreverentes, alegres, ingeniosas, vehementes y educadas, saben estar y su comportamiento está más cerca de la ternura que de la soberbia y la mala educación. Susana Díaz en las sesiones de control al Gobierno parece más una Rita Barberá con acento del sur que una mujer andaluza de barrio, que es la etiqueta que a los feligreses del PSOE les gusta vender de la presidenta.

La vergüenza ajena del pasado jueves fue parecida a la de aquella tarde en la que, desde las filas socialistas, invitaron a callar a Teresa Rodríguez: “¿Por qué no te callas, bonita?”, le espetaron unos diputados socialistas sin que las parlamentarias del PSOE se levantaran a defender a Rodríguez del insulto machista de sus compañeros.

Lejos quedan aquellos tiempos, recién investida presidenta, en los que recibió clases de oratoria de un coaching y José Antonio Griñán, todo un caballero, le recomendó unos libros de cultura general para que estuviera a la altura de lo que merecen los andaluces. Quienes la conocemos de sus tiempos aguerridos de concejala en el Ayuntamiento de Sevilla sabíamos que la impostura no tardaría en descafeinarse para pasar a ser ella, en toda su plenitud.

Susana Díaz no es Andalucía. Los andaluces hablan en andaluz pero no se mueven con instintos de odio, ira y usan el insulto contra quienes tienen opiniones contrarias. Tampoco son los andaluces soberbios ni tienen en su pensamiento la bronca continua como manera de resolver sus conflictos sociales.

Todo lo contrario: si algo caracteriza a los andaluces, y especialmente a las andaluzas de las clases populares, es el humor, la irreverencia y la gracia para ir salteando las dificultades de la vida cotidiana; que no son pocas en una tierra con el 51 por ciento de niños y niñas en la exclusión, la mitad de los trabajadores cobrando menos de 650 euros y casi un millón de personas sin ningún tipo de ingresos.

No son pocos los periodistas que dicen en los corrillos privados que las formas de Susana Díaz rozan el esperpento, la vergüenza ajena y van en contra del decoro y de la ética democrática. Sin embargo, pocos lo publican en sus medios; porque otra característica de esta Rita Barberá del Sur y de la estructura de medios andaluza es premiar el servilismo y castigar a quienes intentan practicar la libertad de prensa y el derecho a la información que tanto le gusta controlar a la presidenta, quien últimamente parece un animal salvaje en peligro, dando los últimos coletazos antes de su rendición.

RAÚL SOLÍS

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