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La izquierda asalta el poder

En términos de poder, que es en política lo que vale, el Partido Popular sufrió el pasado 24 de mayo una auténtica debacle. Sin paliativos ni anestesia. Perdió todo lo que había ganado en el 2011 y algunos feudos que tenía en su poder desde hacía lustros, como Madrid o Valencia. Su poder local y autonómico ha quedado hecho añicos, lejos de mayorías absolutas y, en muchos casos, a merced de una izquierda que, fragmentada y disputándose en algunos lugares claves la primogenitura, hará valer su pacto de familia para arrojar a los populares de alcaldías y presidencias de comunidades. No existe duda sobre ello y allá donde la matemática se lo permita, lo pondrán en valor de inmediato.



El PP puede decir que ha ganado las elecciones municipales. Y en efecto lo ha hecho en número de votos –seis millones– y en número de concejales –más de 22.000–. Pero sabe muy bien que las ha perdido y con un tremendo y doloroso castigo, amén de los 2 millones largos de sufragios huídos y porque han caído sus emblemas y sus iconos.

Los que se consideraban “perpetuos” y los que tras una “perpetuidad” del PSOE había conquistado como Extremadura, Aragón y ¡ay! Castilla-La Mancha, por un pelo pero perdida y Cospedal despojada de la Junta y con un horizonte oscuro en la secretaría general del partido a causa de ello. Pero aún peor, si cabe, haberse estrellado con verdadero estrépito, las victorias de Aguirre y Barberá no son ni pírricas, en feudos que solo anteayer parecían inexpugnables, como Madrid, Valencia y tantas otras ciudades y pueblos.

Enfrente, la izquierda que, en su conjunto, tiene todos los motivos para cantar victoria. Incluso puede hacerlo el PSOE, a pesar de haber perdido medio millón largo de votos y un par de miles de concejales. ¿Y qué? Recupera territorios claves como Extremadura o Castilla-La Mancha y Aragón y puede conseguir la Comunidad Valencia, Baleares y entrar en pactos en Cantabria y a saber si no consigue alguna pieza más que llevarse a la boca.

Ha perdido pero ha ganado porque a su izquierda, tanto Podemos como lo que queda de IU y algunos partidos locales de ese signo como Compromís suman matemáticamente y, en ese sentido, la izquierda, salvo la borrada excepción extremaña, no hace asco ninguno. Ya no hay casta o no casta que valga: lo que ahora priva es la casta de izquierdas y lo demás son pecadillos.

Sin embargo, y a pesar de que en las comunidades autónomas, por lo general, Podemos como referencia esencial aparece como subordinado al PSOE y ese papel lo ocupa también Izquierda Unida en sus diferentes variantes en los ayuntamientos donde los podemitas han renunciado a presentarse, la situación en las grandes capitales donde las huestes de Iglesias sí se han lanzado es en extremo preocupante.

Porque el tener en la mano Madrid –lo de Carmona ha sido una hecatombe– y Barcelona es algo verdaderamente tremendo con el PSOE en ambos casos descolgado o hasta irrelevante, amén de situaciones como Zaragoza o alguna otra gran urbe –y no digamos ya lo sucedido en Navarra– supone un éxito de impredecibles consecuencias. Negar esa evidencia es estar ciego y la estrategia electoral de Iglesias-Errejón ha sido un acierto vistos ahora los resultados.

Porque, en efecto, a la izquierda del PSOE y al margen de la sopa de letras, los votantes han distinguido y actuado con precisión cirujana. Alli donde se presentaba Podemos les han votado a ellos (comunidades y algunas alcaldías) y allá donde no estaban han optado por las papeletas de Ganemos-IU o cualquier otra marca.

Y en multitud de lugares se han convertido o en primeros aspirantes al mando, como en la ciudad de Madrid, con el gran éxito de Manuela Carmena –que, hay que reconocer con humildad, alcanzó a predecir Metroscopia y el diario El País ante nuestra incredulidad– o en llave y clave –el caso de un exultante Emiliano García-Page como ejemplo más que señero sino calificativo de estas elecciones–.

En Castilla-La Mancha se jugaba la última esperanza del PP de mantener algo de lo ganado. 600 votos separaron a Cospedal de la mayoría absoluta. Pero esas son las reglas del juego y con ella ha perdido muchas cosas, empezando por la Junta de Comunidades. Y Page ha pasado del infierno al paraíso en un instante.

Muchas razones hay pero también una maldad muy propia de la Ley D'Hont, que es casi una perversión númerica. Podemos, con poco más de diez mil votos más que Ciudadanos, ha conseguido tres escaños, mientras que los de Rivera se han quedado sin ninguno. Sus votos han restado a Cospedal y al PP y no le han dado ni siquiera el colchón de un escaño, mientras que los de Podemos resultan esenciales para aupar a Page a la Presidencia.

Son las reglas y con ellas juegan todos. Si un día se ponen de acuerdo en cambiarlas, encantados. Porque es necesario y cada vez más reformar nuestra Ley Electoral y si conseguimos esa segunda vuelta se eliminará el espectáculo que vamos a vivir estos próximos días, porque decidiremos los ciudadanos en vez de los cabildeos entre partidos. Pero ahora esas son, hoy por hoy, las reglas y unas veces vienen bien y otras en contra y hay que aguantarse.

Por último, hay que hablar de Ciudadanos que, desde luego y junto con Podemos, está en el carro de los vencedores. Pero con menos laureles quizás y menos capacidad decisoria de la esperada, aunque es mucha y en número de votos se han colocado virtualmente como tercera fuerza en España a nivel municipal.

En su mano están algunos pactos trascendentales de gobierno –Comunidad Autónoma de Madrid como lo más visible– y de su actitud sabe muy bien que van a depender luego futuros. Y si la noche fue apasionante, creo que tan solo acerté en que supondría un reguero de cadáveres que aún está por recontar, porque algunos aún aspiran a un milagro, y que los triunfadores habrá que verlos porque bastantes van estar un tanto prisioneros, los próximos días serán igualmente intensos. Hasta llegar al definitivo match-ball allá cuando doble el año y lo que se juegue ya sea La Moncloa.

CHANI PÉREZ HENARES